LA LOCURA DE DON ANDRÉS
Cuento de Heber Cardozo
La locura o aventura (¿desventura?) de Don Andrés por “el asunto del ozono”, fue algo muy comentado y discutido por la gente de la iglesia, e incluso por la gente del barrio. Muchos atribuyeron su loca cruzada, a su reciente jubilación. Otros, a los trastornos propios de su edad; y no faltó quien dijera que fue una combinación de ambas cosas, agregando que Don Andrés “siempre fue un poco especial”.
Lo cierto es que no hubo nada de eso. Yo estaba ahí cuando empezó, más bien cuando se desencadenó el asunto. Pero empecemos por el principio.
Andrés (y le digo Andrés, y no Don Andrés, porque es mi amigo y aunque sé que su mujer también lo llama así, reclamo el privilegio de haberlo conocido primero), bueno, sigamos: Andrés y yo habíamos estado discutiendo por lo de las pasteras. No sé cómo, las palabras fueron cargándose de distintas emociones y en un momento determinado Andrés me largó:
- ¡Dejate de joder!, yo no acepto tu total contradicción. Cuando quieras hablar del tema, vení con la noticia de que en tu casa se limpian con toallitas de tela en lugar de usar papel higiénico; que no comprás más diarios, ni libros; que tus hijos sacan apuntes con tiza; que no le trabajás más a una empresa que se traga hojas, sobres y carpetas de oficina y que consume cajas de cartón al por mayor. Volvemos a hablar de la cuestión cuando ya no quieras cobrar con billetes y exijas que te paguen todo el sueldo con moneda metálica. Vos querés papel, pero que lo fabriquen lejos de acá, “que se jodan otros”.
Naturalmente yo también me calenté y le retruqué inmediatamente:
- ¡Pero qué me venís con esas b... !, si vos recién llegaste de una conferencia sobre el calentamiento global ¡en tu auto, que consume gas-oil! Y sabés muy bien, no te hagas el otario, que andás quemando combustible fósil por toda la ciudad y con eso estás ayudando a generar un agujero más grande que el país entero... Cuando vengas y me digas que vendiste el auto y te compraste un carro y un caballo, ahí te voy a escuchar, pedazo de incoherente.
Completé mis dichos golpeando la mesa con la palma de la mano y haciendo como que me levantaba.... Digo “haciendo” porque no me levanté. Es que ese momento Andrés se quedó repentinamente silencioso y me quedó mirando de una forma muy rara.
Yo pensé : “Ahora me encaja una piña...” , y luego de un ratito que a mí me pareció una eternidad, me dijo con una voz muy extraña y muy calma:
- Gracias, Negro, me acabás de abrir la cabeza. No sabés cuánto te lo agradezco.
Y mientras me palmeaba la mano con mucho afecto, me dijo como si nada:
- ¿Nos tomamos la última? “Aquélla” (su esposa) me debe estar esperando con la comida pronta...
No recuerdo haber dicho nada importante mientras mi amigo me arrimaba hasta mi casa. Lo que sí recuerdo es que yo lo miraba de reojo, porque manejó todo el camino con una sonrisita, chiflando intermitentemente el estribillo del tango “Silbando”, su preferido. Éste fue un primer aviso que no vi, o no quise ver, de lo que vendría después.
Esa noche era un viernes y Eva (su mujer) nos llamó el sábado para invitarnos a comer con ellos el domingo, después de la iglesia.
Como siempre que nos juntamos las dos familias, pasamos divino, sobre todo porque los hijos de Andrés y Eva vinieron con sus respectivos hijos y tuvimos un empacho de cariño de nietos prestados.
Y por ahí vino el asunto. El nieto mayor de Andrés nos contó un cuento que le habían contado en un campamento, acerca de las utopías o emprendimientos imposibles:
- Resulta que una vez estaba una ardilla a la orilla del océano, limpiando y peinando su pelaje. Estaba tan concentrada que no se dio cuenta de que venía una ola bastante grande.
(Facundo se paró sobre una silla y levantó la mano para demostrarnos el tamaño de la ola, cosa que nos hizo reír mucho). Seguía con su cuento:
- La ola no sólo la mojó, sino que ¡la revolcó por toda la arena!
(Revolcada de Facundo por la alfombra, poniendo cara de ardilla mojada. Más risas.)
- Después que terminó de escupir el agua con arena, la ardilla furiosa le gritó al océano: ¡Grandote, abusador! Te voy a dar una lección: ¡me voy a tomar toda tu agua y te voy a dejar vacío!
A esta altura estábamos muertos de risa con la actuación de Facundo, que ponía cara de ardilla enojada y se metía un almohadón debajo de la remera para simular una enorme panza...
Pero no todos reíamos. En un fugaz momento que pasó desapercibido para casi todos, Andrés se acercó a Lucía (la niña de sus ojos) su nieta más pequeña, y ella, a punto de romper en llanto le dijo casi en secreto :
- Abuelito, ¿verdad que la ardilla fue muy valiente?
- ¡Sí, mi amor, y no va a estar solita nunca más...! , contestó el abuelo.
La pregunta de Lucía me pegó en el pecho como si una mula me hubiera pateado. Pero la respuesta y la promesa de Andrés, me llenaron de zozobra porque yo sabía que algo se traía entre manos y no quise verlo. Nunca imaginé que iba a meterse en una cruzada tan irrazonable, nada más que por un tonto cuento; bueno, saquemos lo de tonto: por un cuento.
El resto de la historia puede ser que se la imaginen, pero igual hago el relato escalón por escalón: ustedes dirán si para arriba, o para abajo.
Escalón 1 - Andrés pone en venta el auto: una joyita que termino comprando yo, para que no lo regale.
Escalón 2 –Andrés (luego de un mes de búsqueda escrupulosa) compra un caballo a un hurgador (ciruja, cartonero, requechero, reciclador, etc.)
Escalón 3 – Andrés se gasta un platal reformando el garaje para poder pasar con el carro y el caballo, directo al jardín.
Escalón 4 – La pequeña barbacoa se convierte en establo para Ciriaco (el matungo de m... que me robó la amistad de Andrés).
Escalón 5 – Primer paseo en carro de Andrés, de Lucía y mío, por la ciudad (las afueras).
Escalón 6 - Primera multa de tránsito. Primera gran pelotera (bolonqui, rollo, etc) con toda la familia y amigos más íntimos (entiéndase: con la mujer e hijos de Andrés y con mi mujer).
Escalón 7 – Primera denuncia de los vecinos por el olor a pichí de caballo (me consta que a la bosta la enterraba meticulosamente, pero Ciriaco no le daba tiempo a juntar en un balde su pichí)
Escalón 8 – Otra gran pelotera con mi mujer, con Eva y con los hijos de Andrés, por mi supuesta complicidad con el sospechoso... (¡Yo estoy tan asustado como ellos, pero no voy a dejar solo a mi amigo, carajo!).
Escalón 9 – Andrés se ha propuesto limpiar de residuos contaminantes su barrio. (Se fabricó un carrito precioso en donde guarda separadamente lo orgánico de lo inorgánico. Entierra pulcramente lo orgánico y empaqueta lo inorgánico)
Escalón 10 – Multa por denuncias de los vecinos (antes amigos) por olores extraños (?!)
Escalón 11 – Intento de agresión de un grupo de cartoneros hacia Andrés (casi lo matan a trompadas), porque les está sacando el laburo
Escalón 12 – Gran trifulca con Eva por la propuesta de él, de sacar los primorosos rosales
porque ya le queda poco lugar en el jardín para enterrar los desechos orgánicos.
Escalón 13 – Cuarta Junta Familiar para decidir quién le sugiere a Andrés que vea a un sicólogo. Obviamente salgo electo por ser su mejor amigo (a esta altura, el único visible). Andrés me manda a la p... que me parió y no se habla más del tema.
Escalón 14 – Manifestación de protesta con pancartas frente a una estación de ómnibus (colectivos, buses, etc) por las emisiones de los caños de escape. La manifestación está compuesta por Andrés y el nabo de su amigo (yo). Resultado: nos revientan a patadas.
Escalón 15 – Por primera vez en la vida -Elena la hija de Andrés- le impide a Lucía ir de paseo con el abuelo el domingo de tarde después de la iglesia. Resultados: Lucía empieza con una fiebre extraña. Los médicos perplejos, luego de un mes de exámenes y análisis concluyen que es un asunto sicosomático y preguntan a sus padres si la niña ha pasado por un duelo o algo similar. Los padres dicen que no.
Escalón 16 – Último paseo de Andrés en carro, con su amigo (yo). Andrés hace algo que no hacía desde que falleció su vieja. Andrés llora; su amigo (yo) también llora.
Escalón 17 – Andrés me encarga que venda el carro y a Ciriaco.
Escalón 18 – Lucía, que ya ha mejorado, va a visitar al abuelito que se repone favorablemente de sus sorpresivos tres infartos (pero... ¡si era un vecino que vendía salud!)
Escalón 19 – Gran lío con mi mujer y mis hijos porque decido quedarme con Ciriaco.
Escalón 20 – Primera salida y breve caminata de Andrés convaleciente por el barrio, acompañado por su nieta Lucía y por su amigo (yo). Los vecinos lo saludan afablemente. El sol de otoño nos acaricia, la hora es la adecuada. A lo lejos las olas del océano hacen oír su murmullo. El océano aumenta su nivel. Ya no quedan ardillas valientes... ¿o sí?
Ciudad de Mercedes, Dpto. de Soriano – R.O.U.
29 de noviembre de 2007
Tomado de Red de Liturgia del CLAI
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