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La forja de un plumifero
Calculo que habré escrito en mi vida, hasta la fecha, como entre 200 ó 300 veces más de lo que he publicado; por eso mi refrán —glosado del que dice “Cada maestrillo tiene su librillo”—ha sido siempre: “Más vale maestrillo de menos que librillo de más”. Tal vez sea una coartada de mi inseguridad o, más probablemente, que como estoy irrecuperablemente anclado en el Ancien Régime y todavía escribo con el anticuado deseo de tener razón y de convencer a alguien de que algo me parezca cierto, tanto la duda de todo “tener razón” como el descorazonamiento de no lograr convencer nunca a nadie de nada me animan cada vez menos a publicar, aunque siga escribiendo y escribiendo eternamente.
“Todavía escribo con el deseo de tener razón” R.S.F
“...y finalmente, tras muchos años de gramática, encontré la lengua” R.S.F
Mi padre, pensando, sobre todo, en cierto culto estilista de escritores italianos, solía decir que lo peor que puede pasarle a un escritor es convertirse en autor de “bellas páginas” (lit. belle pagine). Ése fue, sin embargo, mi primer gran yerro. Pero, tal vez cegado por el cariño y porque la invención era a veces divertido, no supo advertirlo en el Alfanhuí, donde no faltan ejemplos demoledores de “bella página”, como en el capítulo XV. Hice allí lo que después más he aborrecido: algo como entre Azorín y Miró. Lo cual me ha sugerido ahora dividir, un poco abstractamente, tres fases de escritura como éstas: primero incurrí en “la prosa”, o sea la “bella página” (el Alfanhuí); después quise divertirme con el habla (El Jarama), y finalmente, tras muchos años de gramática encontré la lengua (representada no tanto en la última novela, sino particularmente en los escritos no literarios).
Fragmentos extraídos de La forja de un plumífero, publicado por la Fnac y Ediciones Destino para conmemorar el Premio Cervantes 2004.
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sentircristiano@hotmail.com
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