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Primeras Lluvias


“La oscuridad del cielo
detiene el canto de los pájaros,
se estremece mi piel
y espero”.
(Miguel Ángel Villar)

Esta tarde en que hemos decidido salir al aire libre para festejar tu regreso, todo parece danzar con una particular magia. Pues nos llega una brisa inesperada colándose, primero por entre los troncos de los árboles del campo. Luego, se precipita con más fuerza hacia los pétalos de las pocas flores silvestres que, en esta época del año, aún permanecen abiertas, y  se desprenden sin ofrecer resistencia. Tropieza, además, con las ágiles ramas de los sauces. Las enreda. Hace revolotear las hojas secas que han caído en su conquista, provocando un balanceo circular que finaliza amontonándolas sobre la escasa agua del cauce.

Comienzan a verse, a lo lejos, nubes grises ataviadas con luces de relámpagos, llegan acompañadas con son de truenos. Una especial sinfonía. Sobre nosotros, el cielo intenta emparejarse. Revientan al chocar unas con otras, y al romperse, derraman la esperada catarata que llega ya por fin a socorrer las huertas colindantes.

De la tierra brota ahora un vaho húmedo, tibias esencias y perfumes ancestrales que aguardaban atrapados bajo su manto reseco. Por un instante, se detiene el trinar de los pájaros que vuelan a refugiarse a toda prisa, entre los nidos equivocados de algunas ramas.
 
El agua dulce refresca la desnudez de nuestros cuerpos, vestidos aún con ropa de verano. Son las primeras lluvias de este otoño y es hermoso formar parte en familia del evento. Corremos, todos juntos, al refugio de las cañas, que se balancean al son de los crujidos.

Al rozarnos, tu sentir y el mío se vuelve transparente, y saboreo la delicia del amor que de nuevo acerca nuestros cuerpos, haciendo de nuestras soledades pasadas una compañía deliciosa. Y te miro callada, resbalando mi mirada por tu cuerpo. Y tu me correspondes también con tu mirada. Y sonreímos al saber, que hoy todo se conjura a favor nuestro; que anochecerá antes porque no habrá luna, ni estrellas, ni luceros; y al regresar a casa, los niños se irán pronto a la cama.

Será entonces, cuando el eco de la lluvia susurrará melodías furtivas detrás de los cristales. Será entonces, cuando yo entone a tu oído un poema nuevo. Tú cerrarás los párpados, oirás mi canto y visualizarás la letra. Hará frío esta noche, más con nuestro fuego, daremos luz y calor a la oscuridad de la alcoba. Entre el laberinto de las sábanas, encontraré a ciencia cierta tu premura. A tientas buscaré tus manos, y con las mías, inventaremos sombras de la China, que ascendiendo arderán, y escaparán por la rendija de la ventana con alas de paloma.

Me harán falta tus gestos y tu voz, de madrugada.  En mi propio deseo de ti me amparo al pensar esto. Bien mío, si te arrimas, saciaremos la noche con la abundancia de nuestros labios, en la búsqueda de mi boca hacia tu boca, hoy que tenemos, a causa de tu regreso, el corazón recién nacido,  y abiertos de par en par los deseos.

Llega un viento inesperado que arranca de nosotros los rencores que se fueron acumulando en el pasado. De lejos, acuden nubes ataviadas con luces de relámpagos para alumbrar la noche; refresca el agua dulce la desnudez de nuestras almas, las revive, las ilusiona de nuevo.

Bien mío, hoy he sabido que jamás cicatrizan las ausencias. Aquí estoy, bajo estas frágiles cañas, queriendo que el viento del amor me enrede en tus lazos; queriendo que mi ser entero quepa hoy en el hueco de tus manos.
Aquí estoy.
Si te arrimas...

(Publicado en el nº 8 de la revista Alma Literaria de la AME (Asociación Malagueña de Escritores)


Isabel Pavón.
© sentirCristiano.com

Isabel Pavón



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