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El reino de Amila


Cerca de Antequera, existe un lugar donde el agua y los elementos jugaron con la piedra, transformando grises rocas calcáreas en auténticas esculturas. Unas parecen obras de arte abstracto, otras aparentan ser figuras de hombres y mujeres, o de animales. Algunas simulan pilares y fachadas de extraños edificios, y en una de las explanadas se puede admirar un original palacio.

El sitio es llamado "El Torcal", y es muy visitado por gentes que acuden a admirar las formas peculiares que allí se encuentran. Pero ni las voces de los hombres y mujeres ni las risas de los niños pueden quitarle su misterio, acentuado por la abundancia de líquenes y musgo, que cubren las piedras y las ramas de los arbustos dándoles una apariencia fantástica. El Torcal apaga la voz del último visitante de cada día, y queda de nuevo silencioso y misterioso.

La vegetación resalta su verdor entre las piedras grises de una forma admirable. Allí se encuentran orquídeas de montaña, y muchas otras especies de las que podría hablar un entendido. Abundantes animales hallan refugio en los laberintos de piedra, escondiéndose a las miradas de los visitantes ocasionales.

Varias preguntas quedan en el corazón después de contemplarlo. ¿Es sólo imaginación el misterio del lugar? ¿Fue alguna vez habitado el palacio de piedra? ¿Las figuras que se ven son únicamente obra de la Naturaleza, o algunas son realmente criaturas petrificadas por un poderoso encantamiento? Pregunté a las piedras, y ellas me susurraron una historia.

Mucho antes de que llegaran las primeras personas a la comarca, El Torcal era el reino del hada Amila. Su corte la componían duendes y hadas. Entre éstas últimas, Amila resaltaba como la principal. Era alta y majestuosa, y dotada de una gran belleza. Sus ojos eran grises como las piedras sobre las que reinaba, pero animados de amor por todos los seres vivientes. Sus cabellos eran negros y ondulados como el mar al caer la noche, y su rostro era la Luna que lo alumbraba. Los días soleados caminaba entre senderos casi invisibles vestida de azul celeste. Envuelta en un manto gris con hebras de plata paseaba por su reino los días de niebla, vaporosa como una nube.

Cuando estaba en su palacio de piedra lo animaba como el alma anima al cuerpo. Ella y su corte vivían en armonía con la Naturaleza, tomando solamente lo que precisaban. Los duendes cultivaban curiosos huertecillos, donde con la protección de las hadas hacían crecer las mejores frutas y hortalizas, que ningún agricultor ha sido capaz de hacer crecer de nuevo en esos terrenos. Los días de fiesta en las salas del palacio los duendes tocaban instrumentos y saltaban como bufones, y las hadas bailaban a su compás adornadas con guirnaldas de flores. Todo era paz y armonía en el reino de Amila.

Pero, como sucedería a menudo después entre los hombres, donde no falta un alma mezquina que envidie y trate de destruir la felicidad del que es más afortunado, la felicidad de Amila y su reino fue envidiada. Su belleza y alegría llegó a oídos de la malvada bruja Barena, que se sintió llena de envidia. Barena había sido en otros tiempos una poderosa hada buena, pero se convirtió en una bruja cuando en vez de proteger la parte de la Naturaleza que le correspondía vigilar, se dedicó a explotarla y esclavizarla. Era rubia y de ojos azules, pero aunque conservaba su belleza original su rostro era frío y sus ojos tenían un matiz de crueldad.

Un día Barena fue hasta los límites del Torcal, y desde allí extendió un hechizo que petrificó a duendes y hadas en medio de sus tareas cotidianas, quedando convertidos en parte del paisaje. Amila no fue afectada, porque era tan poderosa como ella. Sabiendo que una malvada bruja había sido la responsable de lo sucedido a sus súbditos, se apresuró a buscarla. Encontró a Barena frotándose las manos por su obra. Amila le ordenó que deshiciera el hechizo, pero Barena se negó. Entonces lucharon como dos torbellinos de fuego. Amila era poderosa, pero ella estaba acostumbrada a usar su poder para proteger, no para atacar, y fue vencida por Barena. Barena la petrificó como al resto de sus súbditos, y se marchó de allí.

Estos hechos fueron conocidos por una prima de Amila, que acudió a ver lo sucedido. Comprobando lo ocurrido, reflexionó sobre cómo podría remediarlo. No era tan poderosa como para deshacer el hechizo inmediatamente, pero sí podría hacer que fuera roto en el futuro, cuando llegaran criaturas humanas al antiguo reino de Amila. Para que el hechizo fuera roto, bastaría con que una criatura humana, fuera hombre o mujer, reconociera que tenía ante sus ojos algo más que piedra muerta, y tocara la mano derecha de Amila.

Excitada por esta respuesta pregunté a las piedras dónde estaba Amila, pero dijeron que no podían ayudar, porque entonces no valdría. Miré a mi alrededor, pero no fui capaz de reconocer a Amila, y su reino continuó silencioso, aguardando el toque capaz de despertarlo.


M. Auxiliadora P.

 

M. Auxiliadora P.



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