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Hermano, hermana...
Hermano, hermana: ¡qué dulce
se hace tu voz, qué cercana!
Se borra toda distancia
cuando noto tu presencia
a través de las palabras.
No he visto nunca tu cara,
ni sé el color de tu piel...,
pero disfruto tu risa
y tu tristeza padezco
porque es la mía también.
Quizá en tu tierra amanece
cuando el sol se oculta aquí;
siento emoción cuando pienso
que velas mientras yo duermo,
que estás orando por mí.
Hermano, hermana: ¡qué dulces
tus versos en cada carta!
Me hablas con el idioma
que transforma nuestras vidas,
que sana nuestras heridas,
que llena de paz el alma.
Tu voz es mi voz, hermana,
orando, pidiendo fuerzas
para la misma batalla.
Tu voz es la mía, hermano,
desde el oriente al occidente
para gritar: “Señor, gracias”.
Loida Rodríguez Alonso.
(En La Calle Recta)
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