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El fruto de la meditación

Amartillo mi mente y la golpeo con fuerza,
Por ver si extraigo de la dura roca alguna piedra preciosa.
Algún mineral hermoso y chispeante, de esos raros, que
solo vemos algunas veces, que cautivan nuestra atención,
por no estar a ellos acostumbrados,
siempre están cotizados y no caen en devaluación.

Algo de plata reluciente, que como en un espejo
descubra en ella algún semblante,
abundantes figuras, reflectantes visiones.

Un poco de oro, metal dorado, con sus rayos de fuego,
color templado, sol refulgente que da calor.

Quizás extraiga alguna verde esmeralda
en cuyo profundo matiz se pierda mi vista,
absorto y atraído por su belleza,
como en un océano sin fondo, en cuyas aguas me sumerja y en ellas bucee
y me distraiga contemplando su vida, atraído por su fantasía
colorida.

Tal vez, consiga extraer algún diamante,
en que su prisma se refleje la luz del sol naciente
y el fulgor de mil estrellas relucientes,
en múltiples colores chispeantes que me deleiten con su natural arte.

A veces desisto en mi empeño y descanso y reposo.
Entonces como venida del cielo una ráfaga de viento lo remueve todo
y siento que vuelo y me remonto hasta las más altas cumbres,
Como inspirado por Dios descubro los más preciosos secretos, los más hermosos tesoros que existen en el firmamento, minas ocultas, vetas secretas, profunda sabiduría divina.

Minerales preciosos que engarcen las joyas de mis ideas,
en blanco papel expuestas en que otros las contemplen y disfruten.
O revestidas de verbo, palabra y voz, se oigan fluyendo en orden,
cual notas musicales haciendo eco en las abundantes cavernas de la tierra.

Repartidas como semillas que el sembrador en el campo esparce;
La lluvia temprana y la tardía aguardan con paciencia.
En ver que crezcan al ser empapadas, tendrá con ello el labrador su recompensa.
Pues de suyo la simiente lleva fruto, a treinta, a sesenta y a ciento por una.




Pedro Jurado.
© sentirCristiano.com


Pedro Jurado


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