Con Acento Poét.

  Enfermería

  ERE

  Evangelismo

  Misión Urbana

T por una Sonrisa

  Visita a los asilos

  Álbum de Fotos

  Arqueología

  Artículos

  Entrevistas

  Forwards

  Locura General

  Reportajes

  Testimonios

  Enlaces

Inicio

 Lupa Protestante es una publicación de Ateneo Teológico

Carta de Jonás a la Iglesia del siglo XXI

Hola, me llamo Jonás y soy un profeta. Creo que todo el mundo me conoce por un episodio singular que marcó un antes y un después en mi experiencia personal: Fui tragado por un gran pez durante tres días. Afortunadamente, eso sucedió  mucho antes de que la humanidad hiciera de los mares auténticos estercoleros provocando vertidos tóxicos contaminantes.  Sin embargo, ese dato tan popular es sólo el comienzo  de una larga historia que cambió para siempre mi concepto de Dios, del mundo y de mí mismo. 

Empecemos por el principio. Mi vida antes de ese momento transcurría plácidamente entre el pueblo durante el reinado de Jeroboam II, un monarca que amplió los límites de nuestra nación, mejorando sus relaciones políticas y consiguiendo un estatus socio-económico antes desconocido. Eso hizo posible el nacimiento de una incipiente burguesía que se enriqueció rápidamente a costa  de los sectores más desprotegidos de la sociedad, creando unas diferencias sociales alarmantes y escandalosas.  En fin, nada que vosotros no conozcáis por experiencia, teniendo en cuenta que la condición humana es la misma en todas las épocas.

Aunque la situación del pueblo era intolerable por la injusticia social, la corrupción moral y la falta de temor de Dios,  tuve el privilegio de servir  en esta coyuntura de aparente prosperidad a todos los niveles. Durante mucho tiempo disfruté de la popularidad, el prestigio, la tranquilidad y la paz a que aspira cualquier profeta. Todo parecía ir perfectamente. Disfrutaba de una estabilidad personal que me hacía sentir seguro de mí mismo. El pueblo estaba confiado, se respiraba bienestar, los sacrificios y la liturgia del Templo funcionaban con  precisión. No sospechabamos la aparición de cambio alguno que pudiese provocar un giro de los acontecimientos hasta que, incomprensiblemente, apareció Dios interviniendo  para estropearlo todo.

Jonás capítulo I

 La historia que os voy a contar no es sólo mi propia historia, porque según he oído que afirman  los grandes exégetas, representa también  de modo emblemático la historia del pueblo de Dios. Por lo tanto, no perdáis detalle de todo  cuanto voy a contaros porque, como escribiría mucho tiempo después un tal apóstol Pablo en cierto lugar: 
 “Estas cosas sucedieron como ejemplos... para amonestarnos a nosotros” (1ª Co. 10:6, 11).
 
 Ahí va el relato. Después de tanto tiempo sin vivir situaciones de crisis,  cuando pensaba que todo iba “sobre ruedas” y que mi reconocimiento como profeta se estaba consolidando entre el pueblo, recibí un mandamiento de Dios al que mis oídos no daban crédito. A mí, el profeta de la prosperidad, el hombre que había contribuido a la paz, la convivencia y el renombre internacional de mi pueblo con predicciones que siempre tuvieron su cumplimiento, pretendía enviarme nada menos que a Nínive, la capital del mayor enemigo de Israel,  para “Pregonar contra ella” el mensaje de Dios.

 ¿Qué haríais vosotros si se os mandara tomar la iniciativa de acercaros a vuestro mayor enemigo? ¿Y si encima ese enemigo fuera “peor” que vosotros? ¿Merecería algún trato de favor? Era algo intolerable. Durante mucho tiempo mantuve este criterio y actué conforme a él, hasta que ciertas circunstancias me persuadieron de lo contrario. Pero aprenderlo fue un trabajo muy duro para mí, como os voy a relatar más adelante.

 Lo cierto es que después de escuchar aquellas palabras que pretendían enviarme como misionero a Nínive, no podía salir de mi asombro. De modo que, sin mediar palabra quise desaparecer de la escena poniendo tierra de por medio: Me levanté para huir de la presencia de Dios a Tarsis, el confín del mundo.  Si, ya se que de Dios no se puede huir, pero yo tenía que dejar claro lo que pensaba sobre todo aquello. Así que,  gasté todos mis ahorros pagando el billete en un barco de largo recorrido y me dispuse a irme lo más lejos que pudiera. Después de todo, dos no andan juntos si no están de acuerdo. Por lo tanto,  no estando conforme con Dios no podía seguir allí por más tiempo. Me dije a mí mismo: ¡Si él no actúa de acuerdo con criterios más sensatos, dimito!. Así que, me fui sin más comentarios.

 Sin embargo, en el fondo ¡ya sabía yo que la cosa no iba a ser tan fácil! Tan pronto como subí al barco, me tumbé y me hice una siesta  para intentar desconectar de tantas tensiones acumuladas. Pero, a renglón seguido, comenzó “el baile”. Se desató  una  tormenta tan grande e intensa que ni siquiera los marineros pensaban que podríamos sobrevivir. Así que aligeraron la carga echando los enseres al mar y comenzaron a clamar a sus diosecillos de pacotilla pensando ingenuamente que iban a obtener respuesta.

 La cosa se puso muy fea, y el capitán del barco vino a despertarme a toda prisa, sorprendido de que pudiera dormir en medio de semejante desastre. Así que no tuve más remedio que despejarme un poco e intentar ayudar en todo aquel berenjenal. A pesar de la intensidad de las plegarias, los pobres dioses de estas gentes no parecían ayudar en nada. Yo trataba de disimular pensando que la cosa no iba conmigo, pero la conciencia no hacía más que recordarme que era mi huida la que había desencadenado todo aquel drama. Así que, casi sin querer, resonaba en mi memoria como un “martillo” el texto del Salmo 139:
 “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estas tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente la tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día...”
 
Pensando  en estas cosas una y otra vez, me armé de valor y confesé a todos mi identidad, el pueblo al que pertenecía y el Dios al que había servido hasta poco antes, dando por hecho que aquella tormenta era por mi causa. De modo que les pedí que me echaran al mar,  asegurándoles  que con mi desaparición en las agitadas aguas todo volvería a la normalidad. Y, después de mucho meditar, así lo hicieron.

 En aquel momento sentí que todo iba a terminar. Imaginé que aquello era el fin y, por un instante, experimenté la profunda angustia de una inminente muerte violenta. Sin embargo, alguien que me amaba más de lo que yo podía imaginar, quiso que yo no muriera y preparó un gran pez que evitó lo que parecía irreversible.   

 Jonás capítulo 2

 ¿Qué hacía un hombre como yo en semejante lugar? ¿Por qué no había muerto? ¿Qué podía hacer en un momento límite así?

Estas preguntas me llevaron a recordar a aquel de quien había decidido no acordarme. De modo que, empecé a pensar y a sentir que  el Dios del que intentaba huir estaba tratando de enseñarme algo. Percibí su presencia en esta situación desesperada haciéndome experimentar la plenitud de su salvación, la misma que yo le había negado a Nínive. No hay nada como sentirse perdido para compadecerse de los perdidos.  A partir de aquí, lo que parecía sólo un episodio de oscuro e incomprensible sufrimiento causado por una rebelión infantil, de pronto comenzó a iluminar mis convicciones desde una perspectiva distinta. Tuve que aprender lo que hasta ese momento sólo había oído y que más tarde escribiría un tal C.S. Lewis: “Dios nos susurra en los placeres, habla a nuestra conciencia, pero nos grita (con megáfono) en medio del dolor”. Desde ese momento, di por hecho que a pesar de mis impresentables actitudes escapistas, Dios siempre había estado dirigiendo los acontecimientos de modo que  llegase a comprender y a  confesar lo que antes no entendía, ni reconocía: La salvación es del Señor. 

 Esta intimista declaración de fe fue el detonante de un segundo milagro absolutamente inverosímil: El gran pez que primero me había tragado me vomitó en tierra. No me lo podía creer. 

Jonás capítulo 3

 De pronto me encontré situado ante el mismo desafío del principio. Dios me dijo: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad y proclama en ella el mensaje que yo te diré”.

 Sin embargo, en esta ocasión mi respuesta fue distinta, aunque sólo fuera una concesión puntual. Por fuera, estaba dispuesto a ir a Nínive, pero por dentro, seguía pensando que aquello era un error imperdonable. De modo que, a pesar de todo, comencé a recorrer toda la ciudad calle por calle. ¡Qué lugar más grande y polvoriento! ¡Aquello era un antro de perversión! Los pies me ardían y el calor me aplastaba; después de tres días estaba rendido,  pero soporté todo aquello y terminé mi trabajo por no  armarla de nuevo.

 El resultado fue inesperado: Una conversión masiva de toda la ciudad. Increíble pero cierto. Desde el mayor hasta el menor, desde el rey hasta el esclavo, todos como un solo hombre respondieron al mensaje con arrepentimiento, ayuno y conversión de sus malos caminos.  Hasta tal punto fue sincera y genuina la respuesta de los habitantes de Nínive, que Dios les perdonó y no cayó sobre ellos el mensaje de juicio.   

 Yo no salía de mi asombro. Por una parte, este pueblo gentil era una cuadrilla de idólatras inmorales sin ningún temor de Dios; por otro lado, el mensaje era duro, interpelador, desafiante y,  además,  la desidia con la que yo les había proclamado el mensaje me hacía pensar que la cosa sería algo así como “predicar en el desierto” para cumplir el expediente. ¡Y mira por dónde van y responden todos! Esto me parecía inaudito, impresentable y un auténtico desacato. Los peores temores y sospechas que albergaba  desde el principio de este episodio,  se habían confirmando como un mal sueño convertido en realidad. 

 ¿Cómo podía ocurrir que mi peor predicación produjese la mejor respuesta de Nínive? ¡Después del “precio” que me había costado la obediencia, las cosas no podían tener este final tan catastrófico! ¿Es posible perdonar a quien no lo merece? ¿Qué clase de Dios es capaz de tener misericordia de los enemigos? ¿Acaso él no paga a cada uno según sus méritos? ¡La “teología de la retribución” y asunto arreglado! ¡Esa “aritmética” divina no me cuadraba! En momentos así,  resonaron en mi interior unas  palabras muy precisas de mi colega Isaías, pero a las que entonces no les presté ninguna atención:

 “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mí boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”. (Is. 55:8-11)

Jonás capítulo 4

 Ahí lo tienes ¡Mira que me lo había imaginado desde el principio! ¡Ya sabía yo que las cosas no serían tan sencillas! ¿Entendéis ahora mis argumentos para huir lejos? ¡Tenía más razón que un “santo” a pesar de todo! Si Dios quería perdonar a este pueblo allá él, pero yo no iba a ser su cómplice por nada del mundo. Así que le pedí que me quitara de en medio. No quería vivir más. Prefería mil veces “morir de pie” antes que “vivir arrodillado”, soportando a un pueblo pagano a quien se le había perdonado lo imperdonable.  

 Por si acaso, salí de esa condenada ciudad en la que no quería contaminarme por más tiempo y busque un lugar para ver si, finalmente, las cosas tomaban un rumbo distinto. Sin embargo, lo único que experimenté fue un conjunto de pequeñas impertinencias que acabaron poniéndome “de los nervios”.

 Primero, me construí una “sombrilla” para protegerme de las inclemencias climatológicas. Por suerte, en muy poco tiempo creció una gran planta para protegerme del sol abrasador. Pero a continuación, para mi desgracia  apareció un gusano gigantesco que “se fundió” mi sombra en cuestión de segundos. Yo seguía queriendo morir cada vez con más intensidad. A renglón seguido, por si no tuviera bastante con aquello, comenzó a soplar un viento de poniente que, junto con el sol abrasador, casi me produce una insolación mortal. El resentimiento, la amargura y el enojo acumulados me condujeron al borde de la neurosis.  

 Entonces, Dios me dirigió unas  preguntas que volvieron a romper todos mis esquemas:
 Jonás: ¿La muerte de una planta es capaz de hacerte reaccionar,  pero el arrepentimiento de todo un pueblo te deja indiferente?
 ¿Dónde está tu corazón en todo este asunto?
 ¿En qué has demostrado tú ser mejor que Nínive?
 Y aunque mi libro termina aquí, tenía interés en escribiros algunas reflexiones que me hice andando el tiempo, luego de haber analizado cuidadosamente todo mi itinerario:

 1. Tarsis,  para mí sólo significó evasión, peligro, desobediencia y pérdida de toda sensibilidad. Huir del verdadero Dios  me convirtió en un pobre  “dios menor”, encadenando error tras error y disgusto tras disgusto. La experiencia me ha enseñado que perjudica seriamente la salud  escuchar la voz de Dios y poner distancia de por medio.    

2. Lo que yo interpretaba como una sentencia justificada hacia Nínive, obedecía solamente a una comprensión parcial y distorsionada de la gracia de Dios, que llega siempre mucho más lejos de lo que yo puedo imaginar y comprender. A partir de aquí, estoy aprendiendo a  practicar más con el “espejo” que con la “lupa”. Así que, cuando me miro a mí mismo y percibo que, aún siendo como soy,  la gracia de Dios me alcanza, no me escandaliza ver que esa misma gracia se muestra en otros. Eso me ha ayudado a descubrir que Dios, ni rechaza al perdido, ni paga a cada uno según sus méritos. Su misericordia compasiva se muestra en todos, quienes quiera que sean, como quiera que se llamen, donde quiera que estén.
 
 3. Con Dios siempre es posible volver a empezar. Si alguien tan necio como yo todavía puede ser restituido para servir en el Reino de Dios, entonces todos podemos serlo. No hay pecado que sobrepase el perdón y el poder restaurador de Dios.

Eduardo Delás

http://www.lupaprotestante.com


    -Indice general de artículos


© SentirCristiano.com

Quiénes somos      Contacto      Preguntas Frecuentes