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Ética cotidiana y ética cristiana

« ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»  Lucas 10, 25-37


Cuando surge la pregunta ¿Qué tengo que hacer?, aparece una problemática ética. Mientras somos espectadores de las situaciones que deben protagonizar otros/as, es un lugar sencillo y cómodo; sin embargo, cuando nos toca ser protagonistas surge una postura ética desde la que decidimos, justamente, “qué hacer”.  En la parábola conocida como la del buen samaritano (Lc 10, 29-37), Jesús presenta una situación donde una persona necesita ayuda y en la que otros tienen que decidir una determinada acción sobre esa persona, y esa decisión responde a una postura ética, es decir a una determinada manera de ordenar los valores.  El sacerdote como el levita (Lc 10, 31-32), dentro del orden de valores que tenían incorporado, relegaron del primer lugar la ayuda al necesitado, priorizando otras cuestiones que seguramente estaban vinculadas con sus responsabilidades; no se les puede acusar de irresponsables, porque seguramente llegaron a tiempo y cumplieron con lo que se habían comprometido hacer, pero dejaron en el camino a una persona que necesitaba ayuda.  La elección fue de ‘hacer lo que hay que hacer’, y lo que había que hacer estaba relacionado con sus obligaciones, esto les llevó a perder de vista al hombre afectado, con ello se evidencia no tener en la mirada (ergo en sus obligaciones), la responsabilidad sobre el cuidado de aquellos/as que resultan víctimas de un sistema de convivencia social. 

Hoy, en medio de una convivencia donde presenciamos cotidianamente robos, la falta de trabajo, asesinatos, corrupción, niños y ancianos desprotegidos de los estafadores y abusadores, y una juventud desconcertada ante las ambivalencias del mundo construido por los adultos (donde los extremos de pobreza y riqueza conviven hasta en una misma zona geográfica); nos confrontamos a la difícil y cotidiana tarea de decidir ¿qué hacer?  Y sin lugar a dudas, una de las mayores dificultades las encontramos en aquellas rutinas que determinan nuestro quehacer diario, un quehacer diario que posterga el abordaje a aquellas cuestiones estructurales generadoras de víctimas, y que también desmerece el abordaje circunstancial de las urgencias que necesitan ser atendidas.

La propuesta ética que trae Jesús con el concepto de ‘prójimo’ (Lc 10, 33-37), nos invita a reflexionar sobre las obligaciones que demandan la prioridad de nuestros tiempos, y nos recuerda que en cada cumplimiento de obligaciones es necesario priorizar la necesidad de cualquier persona, que debe ser asistida.  En nuestra convivencia social debemos reflexionar sobre estas prioridades, sobre todo a la hora de decidir el destino de los recursos: ¿Qué es lo que motiva las decisiones que se toman respecto a la utilización de los recursos?  Es una pregunta que podemos hacérnosla sobre los recursos del país, de las provincias, de los municipios, de los capitales familiares, y desde la administración hogareña de los ingresos.  Desde una ética cristiana, lo que motiva estas decisiones tiene que ver con las necesidades básicas que deben ser satisfechas, pero por sobre todo hay que tener en cuenta que no se trata solo de las necesidades básicas propias y de los familiares y amigos, sino de todos/as.  El resultado de la práctica de esta ética aspira para toda la población la dignidad lograda por el trabajo, educación, salud, recreación, vivienda saludable, etc.  El contraste de esta ética propone una riqueza proveniente de la corrupción (estafas, coimas, narcotráfico, etc.), falencias y condicionamientos en la educación y en la salud, explotación, viviendas insalubres, etc., etc.  Este contraste de la ética cristiana es el que -lamentablemente- vemos con mayor generalidad en nuestras sociedades, por lo que podríamos considerarla una ética cotidiana, esa generalidad demuestra que también es sostenida por un quehacer diario de los estilos de convivencia instalados o instituidos en nuestra convivencia.

Desde la perspectiva cristiana, asumimos que la vida no finaliza con la muerte en este mundo, aquello que nos hace participar hoy de una Vida que va más allá de la muerte, tiene que ver con la maduración de una ética cristiana en las realidades actuales que nos tocan vivir.  Esto significa que dentro de las obligaciones que tenemos, nos predisponemos en la búsqueda de dar prioridad a la atención y acompañamiento (desde lo que esté a nuestro alcance), de la necesidad que sufren las personas que conviven en nuestro mismo tiempo y espacio.

Tomado de Red de Liturgia del CLAI

Fabián Paré.


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