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La visita del ángel
“…Él enviará su ángel (mensajero) delante de ti…” (Génesis 24:7)
Llega un momento en la vida en el que te amanece un día cualquiera y tienes la sensación de que los olores son diferentes, de que el brillo del sol está más apagado, de que el trepidar de la calle es más brusco, de que los niños son más ruidosos y los jóvenes más agresivos, de que el mundo camina demasiado deprisa. Tal vez notas el primer chasquido en la rodilla y percibes que subes con mayor lentitud las escaleras. A partir de ahí tomas conciencia de que ya hace algún tiempo aparecieron los primeros síntomas del colesterol, que tienes que controlar la tensión arterial, que te han diagnosticado glaucoma o que la visión se te va nublando a causa de las cataratas, que el cabello pierde su fuerza y es más escaso, que las cuestas resultan más pronunciadas, que los días son más largos y las noches más cortas.
Nada ha cambiado aparentemente. Y es probable que esas sensaciones sean fruto de la suma de varios días, tal vez semanas, incluso meses. Tú continúas adelante con tus proyectos, sigues aceptando compromisos, fijando citas, pero terminas dándote cuenta de que has sido visitado por un ángel portador de un mensaje que, al fin, terminas por descifrar: ha dado comienzo la vejez. De forma incipiente, apenas perceptible, pero tomas conciencia del aviso, como el rayo que anuncia la tormenta. Y notas que cada vez son más los que te dicen lo bien que te ven, que da la impresión de que no pasa el tiempo por ti, que no aparentas los años que tienes, que ya quisieran ellos encontrarse la mitad de bien que tú cuando tengan tu edad. Mal augurio.
Es esa época de la vida en la que las palabras juegan a esconderse en los recovecos del cerebro y, por más que te esfuerzas, no las encuentras cuando las buscas para explicarle a tu interlocutor el nombre del pueblo dónde has estado, o el del personaje histórico que has estado investigando, o el de la enfermedad de que murió tu padre, o la matrícula de tu coche o el número de tu teléfono móvil. No pasa nada, al cabo de un rato encuentras la palabra, recuerdas el nombre; posiblemente tú eres el único que le das alguna importancia al incidente. ¿Y quién no tiene un fallo en la memoria?
Todo sigue ilusoriamente igual. Quizá lo primero que cambia es que los nuevos proyectos se cifran ahora a plazo más corto; que los placeres comienzan a ser más escasos; que la carcajada ha sido sustituida por la sonrisa y la sonrisa por una leve mueca; que soportas con mayor dificultad la estulticia; que añoras más a los amigos, ¡tan escasos!; que la ambición se amortigua; que la esperanza se acorta; que la melancolía te acompaña; que ya no solamente fallecen los padres de tus amigos, sino tus propios compañeros de viaje; que todo (el café, el transporte, la ropa) se te antoja excesivamente caro, sobre todo si traduces su valor a la anterior moneda, la peseta; que tu agenda se va llenando de citas médicas y ahora te reconocen como cliente asiduo en la farmacia; que en las reuniones de trabajo, encuentros familiares o entre amigos, observas que la gran mayoría, cuando no todos, son mas jóvenes que tú. Nada ha cambiado y, sin embargo ¡es todo tan diferente!
La visita del ángel ha sido muy fugaz, apenas perceptible, una nebulosa, como la culebrilla que anuncia en el cielo la llegada del trueno, tal vez tan sólo una ensoñación, pero ha marcado un antes y un después. Algo dentro de ti te dice que las cosas ya no van a ser lo mismo, que ha comenzando la cuenta atrás, sin fecha, es cierto; que la inmensidad de la autopista de la vida que antes no tenía fin, y si lo tenía jamás pensabas en él, se ha convertido en carretera comarcal que te obliga a circular más despacio y cuyo final intuyes a la vuelta de cualquier curva. Nada ha cambiado, pero ahora todo es distinto.
¿Y qué hacer? Ha llegado el momento de poner en orden algunas cosas. La primera de todas es ajustarse uno mental, física y espiritualmente a la nueva situación. Y tomar conciencia de que la lucha contra Cronos está perdida de antemano. Nadie le ha vencido hasta ahora y previsiblemente nadie le vencerá. Hay que aceptar la realidad y aprender a convivir con ella. Mentalmente hay que admitir que el río de la vida sigue circulando, que los avances científicos y tecnológicos son imparables y que tal vez no seamos capaces de seguir su ritmo; que hay nuevas generaciones que nos empujan hacia un lado, para ocupar nuestro lugar; físicamente hay que asumir la realidad de un cuerpo al que cada vez le cuesta más trabajo responder a las demandas de la vida cotidiana con la energía que lo había venido haciendo hasta entonces; espiritualmente es la hora de la autenticidad, no valen máscaras, hay que desterrar los tópicos, es preciso hacerle cara a la Verdad, frente a frente, y afrontar sus consecuencias.
Y vivir. Para la juventud todo es futuro, para la ancianidad todo es pasado. Pero si afrontas los primeros avisos del ángel con sabiduría, podrás comprobar que también existe el presente. Un presente que todavía puede aportarte grandes satisfacciones, tal vez mayores que las que hayas podido disfrutar en épocas anteriores. Ahora sabes, ¡por fin!, que eso de “matar el tiempo” es uno de los crímenes más nefastos; antes bien, tienes que cuidarlo con esmero y sacarle todo el provecho que te sea posible.
Máximo García Ruiz
Publicado en: http://www.lupaprotestante.com
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