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Masculinidad desde los niños - Un mundo nuevo, un ser humano nuevo, un nuevo proyecto
Edesio Sánchez Cetina
Resumen
A partir de la exégesis del Salmo 8,2.7-9 y su relectura en Mateo 21,14-17, y de la comparación de ambos con Isaías 11,3-6, se intenta articular una definición de masculinidad que haga a un lado el estereotipo de la masculinidad como práctica hegemónica y de la bienvenida a una masculinidad más humana y más humanizadora. Esos tres textos se leen desde la perspectiva infantil, y a través de ese recurso hermenéutico se busca hablar de la humanidad o nueva humanidad a partir de la metáfora del niño y no del adulto. Por ello, en la segunda parte del ensayo, se ofrecen dos ejemplos de relecturas, una del AT y otra del NT, en las cuales se revela el proceso por el cual dos varones adultos logran su liberación y salvación al “hacerse niños”.
Abstract
Psalm 8,2.7-9, Matthew 21,14-17 and Isaiah 11,3-6 help the author of this essay to find, in the Bible, a suitable way to define masculinity away from the hegemonic perspective. Building on the two first chapters of Genesis, those three passages help us to move from considering the adult as the paradigm of humanity to considering a child as the true representative of the human being. Thus, with this metaphor, those texts offer new means of dealing with the powerful and the violent. In the second part of the essay, two texts, one in OT and one in NT, are presented as examples of “re-readings” in which two male adults find their salvation and liberation by “becoming children”.
Cuando en la Biblia hablamos del principio de todas las cosas, salta a la memoria de manera casi automática el libro del Génesis, especialmente sus primeros dos capítulos. En efecto, ese es el lugar privilegiado que un buen número de biblistas y teólogos han elegido para iniciar sus reflexiones sobre el proyecto de Dios para el mundo y la humanidad. No cabe duda de que los dos primeros capítulos del Génesis ofrecen varios elementos para esa reflexión, y nos sirven de ayuda para nuestro tema particular.
En primer lugar, en esos textos, desde dos perspectivas distintas se habla del origen de la humanidad, enfatizándose el aspecto de la igualdad entre hombre y mujer sin comprometer las diferencias entre ambos. En el primer capítulo de Génesis (v.26-28) se afirma que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios y que esa imagen solo se manifiesta en la pluralidad (nada homogenizadora) de hombre y mujer. En esa imagen, que sin duda acentúa el elemento comunitario del ser humano, se elimina toda idea de superioridad o inferioridad de en alguno de los dos componentes: hombre/mujer. En conjunto se les pide a ambos realizar todas las tareas que de acuerdo con la teología de la creación les pertenece como imagen de Dios.
En segundo lugar, en ninguno de esos dos capítulos de Génesis se mencionan diferencias sociales, raciales, étnicas, lingüísticas o de inteligencia. Nada hay en ellos que coloque a ningún ser humano, varón o mujer, por encima de otro u otros.
Con estos dos asuntos anotados, se puede decir que los dos primeros capítulos de Génesis son un buen punto de partida para una teología bíblica que ofrece una alternativa viable («más humana y humanizadota») respecto de la masculinidad hegemónica. Sin embargo, la intención de este ensayo apunta hacia una definición de la masculinidad a partir de la metáfora del niño/a. Me interesa hablar del tema de la masculinidad a partir de una relectura bíblica desde la perspectiva infantil. Digo metáfora, porque en mi lectura de los textos bíblicos pertinentes, los autores no idealizan al niño o a la infancia en su dimensión total, sino que toman ciertos elementos propios de la infancia para destacar características claves del proyecto utópico de Dios y que en la teología bíblica tradicionalmente se ha denominado «el reino mesiánico».
En la relectura desde la perspectiva del niño, y si se quiere empezar, como ya hemos hecho en parte, de textos relacionados con la creación, el punto de partida es el Salmo 8. En este salmo, tal como ocurre en los textos del Génesis, la creación gira en torno al ser humano. Sin embargo, este texto muestra un sesgo, una especie de «clave» o «pista», que hace a un lado al adulto, para darle al niño la posibilidad de convertirse en «modelo» de ser humano, en un «mejor» ejemplo de imagen de Dios. Después de cantar la grandeza de la creación divina, el poeta afirma lo siguiente:
“Con las primeras palabras
de los niños más pequeños,
y con los cantos
de los niños mayores
has construido una fortaleza
por causa de tus enemigos.
¡Así has hecho callar
a tus enemigos que buscan venganza!” (Salmo 8 TLA )
¡No es el varón adulto, grande y poderoso, quien tiene el liderazgo para afrontar la maldad y vencer al enemigo! ¡Es el niño! Tanto aquí como en la relectura que hace Jesús de ese versículo en Mateo 21,14-17, el triunfo sobre el mal y el hacer callar al que detenta el poder, al hegemónico, es a través de la liturgia, a través del canto, a través de ese ritual que evoca aquello que los niños saben hacer muy bien: el juego. De acuerdo con el texto de Mateo, los líderes religiosos se oponen a dos elementos que realiza Jesús y que lo colocan en la masculinidad que hemos definido como «humana y humanizadota»: la sanidad de ciegos y cojos (los marginados de la sociedad) y la aprobación y celebración de la algarabía infantil.
De regreso al Salmo 8, podemos afirmar que todo lo que sigue del salmo y la afirmación de la sujeción de todo lo creado (v.7-9) bajo el liderazgo del ser humano queda definido por ese nuevo sesgo o pista: el niño. ¡Qué bien se conecta esto con lo que dice Dios por medio del profeta Isaías en 11,3-6! (TLA):
“No juzgará por las apariencias,
ni se guiará por los rumores,
pues su alegría será obedecer a Dios.
Defenderá a los pobres
y hará justicia a los indefensos.
Castigará a los violentos,
y hará morir a los malvados.
Su palabra se convertirá en ley.
Siempre hará triunfar la justicia y la verdad.
Cuando llegue ese día,
el lobo y el cordero se llevarán bien,
el tigre y el cabrito descansarán juntos,
el ternero y el león crecerán uno junto al otro
y se dejarán guiar por un niño pequeño.” (Isaías 11,3-6)
En la nueva creación, en el nuevo proyecto de Dios, en el enfrentamiento con la injusticia y la maldad, en el establecimiento del reinado de Dios, el líder es un «niño pequeño».
Para destronar la injusticia y para crear un nuevo mundo y un nuevo reinado, la masculinidad hegemónica tiene que hacerse a un lado, con todas las instituciones, organizaciones y estructuras creadas desde esa perspectiva. Tanto en la creación, de acuerdo con la relectura del Salmo 8, como en la «nueva creación» — proclamada por el profeta Isaías y el mensaje del evangelio de Lucas —, la encarnación de Dios y la definición del «nuevo adam»» privilegia a lo infantil, al niño. Emmanuel, el Mesías, viene con todo su poder transformador y creador en la persona de un niño:
“Porque nos ha nacido un niño,
Dios nos ha dado un hijo,
al cual se le ha concedido el poder de gobernar.
Y le darán estos nombres:
Admirable en sus planes, Dios invencible,
Padre eterno, Príncipe de paz.
Se sentará en el trono de David;
extenderá su poder real a todas partes,
y la paz no se acabará;
su reinado quedará bien establecido,
y sus bases serán la justicia y el derecho
desde ahora y para siempre.
Esto lo hará el ardiente amor del Señor todopoderoso.” (Isaías 9,6-7, DHH)
La primera navidad celebró no la llegada de un guerrero adulto y poderoso, armado hasta los dientes, sino la irrupción del Dios «todopoderoso» en la persona del niño de Belén, el bebé nacido en una cueva, acostado en un comedero de animales y rodeado por humildes pastores que habían escuchado el anuncio angelical:
“No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo.” (Lucas 2,10-12; DHH )
¡Qué paradoja! El mesías, salvador del mundo, está presente con nosotros en la persona de un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Para Lucas y Mateo, el evangelio de salvación empieza con Dios niño. ¡Qué cosa más tremenda! El hecho de que el Dios eterno, todopoderoso, Señor del universo, decidiera irrumpir en la historia humana como niño se convierte en declaración teológica de cómo definir, de principio a fin, el proyecto salvador de Dios y al ser humano que vislumbra. Porque Dios decide hacerse humano y presentarse ante nosotros como niño, y presenta ante nuestros ojos al reino mesiánico desde una perspectiva infantil. Estos dos elementos, al principio y al final de la encarnación, deben considerarse seriamente al definir y entender a Jesús y su actividad aquí en la tierra.
A los adultos que acompañaron a Jesús les costó entender el proyecto de Dios de crear una humanidad cuyos rasgos más importantes se los imprimiera la metáfora niño. Por eso, en varios momentos y de distintas maneras Jesús tuvo que recordárselos: “te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (Mt 11,25, RV60 ); “dechad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,14-15, RV60).
La metáfora del niño, aplicada a los conceptos de creación, nueva creación, encarnación y salvación, nos lleva a una deconstrucción del estereotipo de la masculinidad como práctica hegemónica. Y es primeramente en Jesús que de manera concreta se hace realidad cada uno de los elementos resaltados en la reflexión anterior respecto de la búsqueda de una masculinidad definida de manera distinta: el ejercicio de un liderazgo estilo infantil en el que impera la armonía, la paz y la justicia, en la que el triunfo sobre el mal se realiza por vías ajenas al poder y a la destrucción violenta. En varias ocasiones, Jesús utilizó la imagen del niño para contrarrestar la perspectiva hegemónica del varón adulto (Mc 10,14-15; Lc 9,46-48).
El reemplazo del «viejo hombre» - De la masculinidad hegemónica a la humanizante
La historia de Naamán (2Reyes 5)
En 2Reyes 5 se narra la historia de Naamán, el general del ejército sirio. En los versículos de apertura, el narrador presenta a un hombre definido por el poder, la autoridad, la fama, el éxito y la riqueza (v.1-2, 5). Su poder, autoridad y éxito se hacen manifiestos con la información que se da en el versículo dos: en una de las varias escaramuzas exitosas llevadas a cabo en territorio israelita, el ejército sirio bajo el mando de Naamán captura, entre otras, a una niña que se convierte en su sirvienta. Su riqueza y gloria se perciben de manera abrumadora con la cantidad de oro, plata y vestidos lujosos con los que llega a visitar al rey de Israel y al profeta Eliseo (v.5 y 9). Todo en Naamán se define como el varón hegemónico, ¡hasta en su enfermedad! Ignora a la niña que tiene la información correcta para lograr su sanidad, recurre solo a quienes detentan el poder y la autoridad, usa el dinero y la riqueza para lograr sus intereses y se muestra altanero y orgulloso ante las alternativas de salud que se le ofrecen. Así lo presenta la primera parte del relato.
La trama de la historia se ha urdido de tal manera que con tal desplante de poder y pompa, Naamán no llegará muy lejos en su objetivo de alcanzar la sanidad. De acuerdo con el relato, cada vez que Naamán recurre a uno de los personajes similares a él (con poder, autoridad y riqueza), el rey de Siria y el rey de Israel, su sanidad y restauración total se retrasan, se ven en peligro.
Pronto se descubre en la historia que la solución a su problema de salud y a su situación humana en general no está en los que como él detentan el poder y la gloria, sino en aquella figura infantil, vulnerable, esclavizada e ignorada, a la que el relato define como na‘erah qetonah, una “niña pequeña” (v.2). Esta niña no llega con la pompa de Naamán ni rodeada de dignidad y poder, sino como esclava de guerra, pertenece a la nación conquistada y no se conoce su nombre. Pero esa niña fue el instrumento para lograr la salvación de Naamán. Ella, como na‘erah qetonah, es quien ofrece la solución al problema de salud de Naamán (v.3) y se constituye en la meta o paradigma de perfección a la que deberá llegar Naamán: na‘ar qaton “niño pequeño”, “niñito”. A ella se unen otros “niños” que forman el grupo de protagonistas que entran en el juego de Dios y sirven de instrumentos para la sanidad de Naamán: los siervos de Naamán y el profeta Eliseo. La actitud de estos actores contrasta, claramente, con las acciones de los otros personajes de la historia: el rey de Siria, el rey de Israel y Guehazí, el hombre oportunista, mentiroso y sediento de riquezas y poder.
La historia se desarrolla de tal manera que el protagonista principal, Naamán, vaya convirtiéndose paulatinamente de ser un adulto rodeado de pompa y poder (v.1-2), orgulloso y refunfuñón (v.11-12), hacia un niño perfecto, totalmente curado (v.14, donde aparece la frase na‘ar qaton, “niño pequeño”, “bebito”), y con el candor y libertad del niño dispuesto al juego (v.17-19).
El proceso es realmente aleccionador. El hombre que tiene el poder y la gloria llega a Israel y conmueve a la nación (v.7-8), y se presenta con toda su “maquinaria pesada” en la puerta del profeta (v.9). Su misma actitud muestra lo consciente que era de su importancia: “Naamán se enojó y se fue diciendo: ‘Yo pensé que el profeta saldría a recibirme, y que oraría a su Dios. Creí que pondría su mano sobre mi cuerpo y que así me sanaría de la lepra. ¡Los ríos Abaná y Farfar, que están en Damasco, son mejores que los de Israel! ¿No podría bañarme en ellos y sanarme?’ Así que se fue de allí muy enojado” (v.11-12, TLA). En efecto, el profeta no sale a recibirlo con “bombos y tambores”.
Es más, envía a su sirviente y ordena a Naamán “lavarse siete veces en el Jordán” (v.10). Así empieza la dura lección de aprender a definirse como hombre pero en una perspectiva más humana, más humilde, menos hegemónica, como niño. Al final del proceso de sanación, El señor se vuelve siervo, el “mandamás” se convierte en el “mandado”: “ve y lávate siete veces en el Jordán” (v.10). Naamán no cede tan fácilmente; su orgullo nacionalista le impide ver que Israel tuviera algo mejor que Siria: “No, no obedeceré la orden del profeta”. Y cuando está a punto de perder la posibilidad de sanidad y nueva vida, de nuevo se levantan “los niños”, sus “siervos”, para hacerlo llegar en razón (v.13); y Naamán obedece. De adulto enojón y refunfuñón, Naamán pasa finalmente a niño perfecto. Al obedecer la orden del profeta su piel y carne quedan como la de un niño pequeño.
La conversión de Naamán, el hacerse niño, se marca con la presencia del verbo shub (“volver”) dos veces en el relato: “su carne se volvió como la carne de un niño (v.14); y volvió al varón de Dios” (v.15). A partir de este momento, Naamán ya no es más el que da órdenes, sino el que obedece (v.15.17.18). Naamán se volvió niño y actuó como tal. Después de haber rechazado al río de Israel, ahora pide tierra de Israel (v.17) y se convierte en adorador del único Dios, Yavé (v.17). Pero el “niño” no solo pide tierra para poder tener su “cajón de arena” o playpan para poder realizar su nuevo juego de fe, a la manera de la niña israelita y de Eliseo. Naamán pide también un favor que pertenece más bien a la lógica infantil: “sólo espero que Dios me perdone, cuando mi rey vaya a adorar al templo de Rimón, y yo tenga que acompañarlo. El rey se apoyará sobre mi brazo y tendré que arrodillarme en ese templo” (v.18). Ante esa petición que solo nace del corazón de un nuevo Naamán, el profeta no tiene otra alternativa que responder: “vete tranquilo”.
Llama la atención que esta lección de humanidad y de cambio de perspectiva o construcción de un nuevo «imaginario más humano y humanizante de masculinidad» se diera a través no de un miembro del «pueblo elegido», sino de un extranjero. De un individuo adorador de otra divinidad y ciudadano de una nación adversa a Israel. En este el relato, en el que se respira un aire de festividad y juego, los «niños» son los líderes y guías y, través de su juego, no solo se logra salud y salvación para el extranjero enfermo, sino que también se desenmascara al truhán, al antihéroe. Porque nuestro relato termina demostrando que Guehazí, más que servidor del profeta de Dios, era un hombre malvado sediento de riqueza y poder y no deseoso de servir y entrar en el juego salvador de Dios. Por eso, la enfermedad de la piel que tenía Naamán, ahora la hereda Guehazí (v.25-27).
La historia de Zaqueo (Lucas 19,1-10)
Si colocamos juntos a un niño y a un árbol, la imagen que de inmediato se nos forma en la mente es la del niño trepado en el árbol y jugando. Es muy difícil imaginar lo contrario. Pero si colocamos a un empresario junto al árbol, muchas cosas pueden ocurrírsenos. Por ejemplo: si el árbol es frutal, hacer negocio con sus frutos; si la madera se puede usar, cortarlo para hacer muebles o darle algún uso que produzca ganancias.
Los niños se suben a los árboles de manera natural; porque son niños. Su mente está en el juego. Si los adultos lo hacen, de inmediato se piensa en una razón pragmática, productiva: “para bajar frutos”, “para cortar sus ramas”. Si ese adulto es un hombre rico y negociante, su mente está en hacer ganancias.
Zaqueo era un hombre adulto, rico, jefe de los recaudadores de impuestos para Roma, que se subió a un árbol. Pero Zaqueo no lo hizo con el fin de obtener ganancias de él, sino para ver a Jesús. Por un momento permitió que su atención no se enfocara en el poder, el dinero y las riquezas, sino en hacerse de un nuevo amigo, de conocer a Jesús.
La subida al árbol y la razón de hacerlo fue el primer acto que realizó Zaqueo, no como un adulto rico y corrupto, sino como un “niño”. Subió por la pura curiosidad de conocer a Jesús. Visualicemos un momento en la vida diaria de Zaqueo: era un día común, y este hombre sale a pasear por las calles de Jericó; era de edad avanzada, de complexión gruesa, bajito de estatura, con ropas lujosas, ampliamente conocido por todo el mundo, odiado por unos, admirado por otros. De pronto, aparece subido en un árbol de higos, sin otra razón que su curiosidad por ver quién era el visitante del día. En ninguna parte del Evangelio se nos informa que Zaqueo conociera previamente a Jesús. El relato, tal como nos lo presenta Lucas, no nos da otra alternativa más segura que concluir que Zaqueo no sabía nada de Jesús, ni lo conocía. Todo lo que ocurrió después de la subida al árbol fue realmente sorpresa para Zaqueo. La curiosidad fue la que lo llevó a subir al árbol y por ello, Zaqueo penetró al “mundo” infantil. Zaqueo no sólo subió al árbol, sino que también corrió para subirse a él. El sentido de urgencia lo da de nuevo, la curiosidad de conocer a Jesús, no la urgencia por asegurar un negocio o hacerse más rico.
Esa acción absurda atrajo la atención de Jesús. Porque todo aquel que se atreve a hacerse como un niño tiene abiertas las puertas del reino, pues se atreve a aceptar los “absurdos” del reino y de Dios.
La segunda acción absurda de Zaqueo fue la de obedecer la orden de Jesús de bajar de prisa del árbol y la de recibir gozoso al visitante desconocido. Más cualidades de niño no podía tener Zaqueo: obediencia a una orden de un adulto, bajar de prisa de un árbol, recibir en la casa a un desconocido.
La tercera acción absurda de Zaqueo fue la de ofrecer la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuadruplicado el dinero defraudado a otros. ¿Qué empresario sensato, de acuerdo con los cánones del mundo, ofrece la mitad de sus bienes a los pobres y promete devolver cuadruplicado un dinero que legalmente nadie le exige? Cualquier empresario sabe que no hay peor inversión que dar dinero a los pobres. Sólo quien se coloca en una perspectiva diferente, quien puede verse y definirse de manera fuera de lo “común», en la esfera del absurdo divino lo hace: “porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico” (2Cor 8,9). Hasta las empresas “cristianas” y las mismas iglesias modernas consideran fuera de lo sensato hacer lo que hizo Zaqueo. El razonamiento moderno es el siguiente: “Sí, queremos ayudar a los pobres, pero vamos a hacerlo con inteligencia.
Vamos a acumular varios miles o millones de dólares, los invertimos, y de sus intereses ayudamos a los pobres”. Así aseguran que nunca caerán en bancarrota, y siempre tendrán algo para darles a los pobres. Pero esas empresas e iglesias nunca quedan pobres, ni tampoco dan “todo”, ni la mitad a los pobres. Las cargas fiscales, los pagos de compra y mantenimiento de los edificios que albergan a los burócratas que manejan el dinero de los pobres, los salarios de los administradores del dinero de los pobres; todo ello se asegura, para poder ayudar a los pobres. Se invierte en el capital de grandes empresas multinacionales que pagan los intereses, pero que se embolsan jugosas ganancias del dinero reservado para los pobres. Y, de los intereses pagados, falta descubrir qué porcentaje realmente llega a los pobres y cuánto se va en salarios, edificios y otras cargas administrativas. Pero en la filosofía y razonamiento divinos, en el juego de Dios y la nueva imaginaria del ser hombre y humano, se puede “sin ser irresponsable, gastar recursos a manos llenas en un arranque de compasión”.
Es importante señalar que ninguna motivación egoísta o de beneficio personal movió a Zaqueo; ni siquiera la oferta de salvación personal. De hecho, la promesa de Zaqueo de dar sus bienes a los pobres sigue a la murmuración de los demás que acusaban a Jesús de haber entrado en casa de un hombre pecador. Zaqueo, como lo haría un niño, decidió dar todo como respuesta a la inmensa alegría de sentirse bien por haber recibido a alguien como Jesús, en su casa.
La decisión de Zaqueo de hacerse niño fue la acción que lo acercó a Jesús y le dio el acceso al reino: “De los niños es el reino de los cielos”. Jesús le abrió a Zaqueo las puertas del reino porque éste se hizo como niño. Es desde esa perspectiva que Jesús consideró a Zaqueo, y en ella definió el ser de aquel hombre a quienes otros veían de la otra manera, la del adinerado, poderoso y corrupto.
Es instructivo buscar en el relato los verbos y expresiones que definen a los personajes. Una vez se hace referencia a Jesús: “Zaqueo... procuraba ver quién era Jesús” (v.3). Cuatro veces se hace referencia a Zaqueo: En los v.2 y 3 el narrador Lucas dice que Zaqueo “era jefe de los publicanos, y rico” y que “era pequeño de estatura”, presentando así al personaje principal a los lectores. En el v.7, la multitud define a Zaqueo como “un hombre pecador”. En el v.9, Jesús dice de Zaqueo: “él también es hijo de Abraham”.
La presentación descriptiva de Zaqueo que hace Lucas tiene la intención de definir quién es el personaje principal del relato. Sin embargo, para cualquier judío de esa época, decir que un hombre era “jefe de los recaudadores de impuestos” y “rico”, significaba exactamente lo que se dice de Zaqueo en el v.7: “un hombre pecador”. A los ojos de la multitud judía, Zaqueo no podía ser más que un hombre malvado y pecador. Basta con descubrir qué dicen los historiadores acerca de los recaudadores de impuestos de la época de Jesús, para poder entender el sentimiento de las masas hacia aquellos.
Zaqueo no era un simple recaudador; era jefe de recaudadores. Es decir, él contrataba a hombres para que trabajaran para él recaudando impuestos en su provincia. Los comerciantes y agricultores que querían vender sus mercancías y productos en territorios vecinos, tenían que pagar tasas que les dejaba un margen casi nulo de ganancias. Como muchos de esos comerciantes tenían que pasar por varias provincias, el impuesto a sus mercancías se cobraba varias veces, al pasar por los diferentes puestos de recaudación. Los viajeros tenían la obligación de declarar lo que llevaban consigo, aun las cosas que estaban libres de impuesto, como sus pertenencias personales. Los recaudadores tenían el derecho de revisar y confiscar la mercancía no declarada. Además, como los recaudadores necesitaban hacer ganancias para ellos y para sus jefes, siempre cobraban más de lo legalmente establecido por Roma.
Los fariseos y rabinos consideraban a los recaudadores de impuestos como impuros, porque usaban maneras deshonestas para ganarse el dinero. El judío común los consideraba como bandidos y ladrones. Por ello, para un judío celoso de la ley y de su religión, la conversión de un recaudador, o publicano como le llamaban, era casi imposible.
La multitud ve en Zaqueo a un publicano pecador, impuro y corrupto; imposible de alcanzar la salvación. Pero Jesús dice de él: “es hijo de Abraham”, pertenece al Reino de Dios; “hoy ha venido la salvación a esta casa”.
La curiosidad infantil, los actos “irreflexivos” y “absurdos” de Zaqueo, lo acercaron a Jesús y éste le abrió de par en par las puertas del reino mesiánico y a definir su ser hombre de una manera totalmente diferente y radical.
No cabe duda de que mucha gente en Jericó siguió viendo a Zaqueo con el estereotipo ya conocido de su masculinidad hegemónica, sin embargo, tanto para él como para Jesús, había nuevas maneras de definirse como hombre y de actuar en contraste con la perspectiva reinante: una nueva forma de masculinidad, una nueva manera de relacionarse con otros y otras en equidad y armonía.
Conclusión
En este ensayo hemos intentado mostrar una vía o perspectiva de lectura bíblica en la que la búsqueda de nuevas maneras de definir la masculinidad la da la relectura desde el niño, desde la infancia. En ella se resaltan valores que muestran una vía alterna al tradicional imaginario hegemónico de la masculinidad. En la lectura de los textos desde esta perspectiva alterna, el ser hombre se define con rasgos que van contra la búsqueda del poder, de la riqueza, de la violencia y la marginación, pero que afirma las características que resaltan la vulnerabilidad, la solidaridad, la búsqueda de la paz por medio de alternativas no violentas y la justicia, el juego y las relaciones libres de todo propósito pragmático y mercantil.
Al acercarse a la Biblia y a la práctica de la fe, la relectura desde la perspectiva infantil, le da una nueva dimensión a nuestra manera de interpretar textos como el de Mateo 6,25-34, a la elaboración y ejercicio de la liturgia y los sacramentos (especialmente el bautismo y la eucaristía), a la consideración de la participación de todos y todas en el ministerio sacerdotal, y a la pastoral en toda su extensión.
Edesio Sánchez Cetina
Publicado en:
Consejo Latinoamericano de Iglesias - CLAI
TLA es la abreviatura de la Biblia publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas y conocida con el nombre de Traducción en Lenguaje Actual.
DHH se refiere a la versión Dios Habla Hoy, publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas, y conocida también como Versión Popular.
RV60 es la sigla de la versión hecha por Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera (siglos 16 y 17) en su revisión correspondiente al año de 1960. Es una publicación de las Sociedades Bíblicas Unidas.
Es importante señalar que Isaías 11,6, texto que habla del liderazgo infantil en la era mesiánica, tiene la misma frase que aparece dos veces en 2Reyes 5: “niño/a pequeño/a”.
Es interesante lo que dice del sicómoro: “el sicómoro [fue] empleado como frutal y madera” (George Adam Smith, Geografía de la Tierra Santa, Valencia, Edicep, 1985, p.42.
Robert D. Lupton, Theirs is the Kingdom - Celebrating the Gospel in Urban America, San Francisco, Harper & Row, 1989, p.91.
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