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Oasis o Espejismos
Parece que hablar de la crisis en estos momentos es el tema más socorrido para esos encuentros de unos pocos minutos o segundos de un encuentro casual, dejando el tema de la climatología en suspenso hasta que la crisis haya pasado. Para verle el punto positivo, si es que lo tiene, se dice a menudo que es en las épocas de crisis cuando surgen las oportunidades, se pone a funcionar la cabeza y salen las ideas para afrontar situaciones, oportunidades nuevas. A menudo hemos escuchado a grandes empresarios contar como fue en situaciones difíciles de trabajo cuando comenzaron sus empresas con mucha imaginación y con no menos esfuerzo.
Yo creo que lo mismo vale para la Iglesia, es en momentos difíciles donde se pone a prueba nuestra fe, nuestro ser y hacer y entonces tendríamos que decir que es un buen momento para la labor de la iglesia.
En una época donde la frustración por la falta de trabajos, por negocios que se van a pique, por relaciones deterioradas, etc. La gente, probablemente más que nunca, necesita sentir cierta seguridad, cierta esperanza, y si esta no la puede encontrar donde antes la encontraba la buscará en otros lugares, en otros espacios de su vida; por ejemplo vemos cada día como todos los negocios relacionados con el cuidado del cuerpo no parecen sufrir la crisis; la gente cuando se siente mal o tiene problemas... intenta verse más guapo, guapa. Otra forma para olvidar los problemas es irse de compras y está estudiado como las compras compulsivas son cada vez más frecuentes, claro que en tiempos de crisis como el que vivimos no está al alcance de muchos.
Es ahí donde entra la iglesia, pero no la iglesia como un lugar donde ir a llorar, donde ir a aceptar lo que viene en una actitud de resignación o de actitud mística que engañe a nuestro estómago vacío, sino una iglesia que se moviliza y pone a trabajar también su imaginación y sus recursos, humanos y económicos para cumplir su misión de ayuda al necesitado, primeramente a los del pueblo de Dios, pero ser de bendición también a los de afuera.
Me venía estos días la imagen de la iglesia como un oasis. Todos hemos visto, en películas al menos, la importancia tan grande que tiene en el desierto saber donde está el oasis más próximo y al encontrarlo poder descansar, beber hasta saciarnos, comer, reponer fuerzas y para la siguiente etapa del camino. Veo una oportunidad inmejorable para que la iglesia tenga una expansión como hace muchos años que no ha tenido, una repercusión producida desde lo más íntimo y profundo de su ser. La pregunta que me hago, que debemos hacernos, es si somos ese oasis de agua fresca que la gente busca y necesita, o somos un oasis agotado que tan solo se mantiene de recuerdos de lo que fue y de las pocas palmeras moribundas que lo rodean y donde aquellos que se acercan en busca de calmar su sed solo encuentran la decepción del espejismo, de las apariencias de las historias antiguas de cómo Dios obraba, lástima, pensamos, que ahora Dios no hace los grandes milagros que antes hacía; pero nosotros nos quedamos sentados tranquilamente esperando que Dios actúe para entonces adherirnos. Olvidamos que los grandes milagros de Dios solo aparecen cuando su pueblo se pone en marcha, por fe, sin tener claro todo el camino, aunque sepamos que delante de nosotros se extiende del mar rojo y no sabemos como lo vamos a cruzar, o el desierto y no sabemos como vamos a alimentar a la multitud. Solo si optamos por salir de Egipto, por fe, aunque todas las cosas parezcan en contra, veremos y experimentaremos el poder tremendo de Dios y podremos ser de bendición a las naciones. Dios está esperando a que nos pongamos en marcha, que decidamos salir de la mediocridad en la que vivimos la mayoría de los cristianos, de la tibieza de nuestro corazón y ser auténtica sal y luz para este mundo. Amén.
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