|
PROTESTANTE DIGITAL
¿Quiénes somos todos?
Todos pensábamos que “todos” éramos todos, pero ahora resulta que “todos” no somos todos. Mira lo que le pasó a Juan, un joven inteligente que aspiraba a casarse —ya ves tú, casarse, en los tiempos que corren— llevar una vida sencilla, sacar adelante su familia y disfrutar de las cosas buenas de la vida sin aprovecharse de nadie y ayudando a quien pudiera.
Cuando acabó sus estudios y ganó una plaza fija de funcionario decidió meterse en un piso. Para sus padres alquilar era tirar el dinero, pero comprar era pagar algo que un día sería suyo. Los bancos daban las hipotecas con alegría por el precio del piso y hasta algo más. El vendedor decía que sólo tenía que mirar si podía pagar la cuota mensual o no. Juan se metió en un buen piso y en una hipoteca a cuarenta años.
Al poco los intereses empezaron a subir y la hipoteca a pesar cada día más. Eso no se lo había dicho nadie.
La crisis financiera llegó mientras los políticos le buscaban nombre, que si desaceleración, que si recesión, que si parón, o lo que sea. Ellos se peleaban y se echaban las culpas unos a otros pero sin hacer nada de nada.
Poco después los intereses bajaron y Juan se sintió aliviado, a pesar de la crisis, porque la cuota volvía a ser más asumible.
Un día triste para él se enteró que el preció de mercado de los pisos había bajado y de qué manera. Hizo números a ojo de buen cubero y el suyo valía 60.000.- € menos. Contó los intereses de esa cantidad en cuarenta años y subían otro tanto. Total, 120.000.- € que se habían convertido en humo pero que él tendría que pagar en euros contantes y sonantes.
Alguien —no se sabe quién o sí se sabe quién— se iba a quedar veinte millones de las antiguas pesetas, así por la patilla, de sus ingresos de toda la vida en detrimento de sus necesidades personales y familiares.
Llegó el momento de la verdad y sus ingresos se iban a reducir sensiblemente, tampoco cobraría el cheque-bebé de 2.500.- € cuando naciera su hijo y se podía ir olvidando del dinero adelantado a sus padres en espera de la subvención pendiente de la ley de dependencia.
En definitiva, lo que ganaba por la reducción de la cuota hipotecaria alguien —no se sabe quién o sí se sabe quién— se lo llevaba otra vez. Lo entendía porque era razonable y había que hacerlo para reducir el déficit público.
Cayó en la cuenta de que, como no hay mal que cien años dure, un día se acabaría la crisis y entonces los intereses subirían, la cuota volvería a aumentar y otra vez —no se sabe quién o sí se sabe quién—seguiría ganando dinero a su costa. Nadie le había dicho si recuperaría su sueldo automáticamente.
¿Alguien le podría explicar cuál era el esfuerzo de especuladores, entidades financieras y rentas más altas?
Cuando llega el momento de apretarse el cinturón resulta que todos no son todos sino sólo todos los que les toca. Cuando llegan las vacas gordas todos tampoco son todos sino sóo todos los que ganan. Y no nos olvidemos de que hay quien gana cuando todos ganan y también gana cuando todos pierden.
Luis Ruiz es ingeniero y escritor
Publicado en P+D:
http://www.protestantedigital.com
sentircristiano.com
|