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Memorias en la intimidad de un pastor
Un pastor de ese país que llamamos España
(A VECES SOLO, A VECES BUENO, A VECES AGOTADO)
Lo que vas a leer no es un relato
estrictamente autobiográfico del autor.
Pero sí está basado en las vivencias del
que escribe, y en las de tantos
pastores de nuestro pueblo protestante.
Esto no es un diario, no son notas escritas con la frescura de la inmediatez, con esa virginidad de lo que aún no ha sido procesado y reelaborado por las muchas veces que fueron invocadas por el recuerdo. ¡Ojalá hubiera escrito un diario en su momento! Quizás, así, podría encontrar más fácilmente las respuestas a las agotadoras preguntas que no cesan de revolotear en mi cabeza, ¡o en mis tripas! ¿Dónde se perdió la alegría?, ¿dónde gasté, sin saberlo, el penúltimo cartucho de energía? ¿En qué momento comenzó a hacer su agujerito la oruga de la decepción? ¿Cuándo comencé a pensar que todo daba igual, que nada de lo que hiciera cambiaría el rumbo de las cosas?
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¡¡Haalllllaaaaaa!! Después de leer estos primeros párrafos, me ha entrado un escalofrío por la vertebral que me ha asustado. Cualquiera que los lea (menos mal que nunca nadie lo hará) no podrá evitar el llevarse la impresión de que el autor de esas palabras está al borde de la desesperación, si es que no la ha alcanzado ya. No me reconozco, al menos no con esa carga de sentimientos rotos. También hay recuerdos de risas y de alegrías; también encuentro las marcas que dejaron los momentos sublimes en los que supe que fui útil para alguien. Entonces, ¿por qué he escrito lo anterior? Tengo que recordarme la primera regla que me impuse cuando se me presentó la idea (¿o la necesidad?) de escribir estas «Memorias en la Intimidad de un Pastor»: no borrar nada de lo que escriba, no “reelaborar” los recuerdos. Me he propuesto retratar mi vivencia del Ministerio en el marco de mi familia y procuraré hacerlo con honestidad, sin trampas ni atajos.
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El día de la Ordenación. ¡Fue un bonito día! Al menos lo recuerdo bonito. La iglesia engalanada, mucha gente, pastores veteranos que me imponían, compañeros de Seminario que me acompañaban, algunos miembros de mi iglesia natal… ¡y la familia! La familia al completo: papá y mamá, los hermanos y sus “respectivos/as”, los tíos, también mi suegra y mis cuñados. Y mi esposa; mi compañera en el periodo del Grupo de Jóvenes, en el activismo político, en el Seminario, en la vida… También allí. Ahora recuerdo su sonrisa y sus frases de ánimo que escondían un cierto velo. Sabía que a ella le hubiera gustado compartir de otra manera este momento, no como espectadora y acompañante, sino con su propia toga, juntos también en el presbiterio. Yo le decía que era cuestión de tiempo, que había que trabajar la estrategia en una iglesia que todavía no había asimilado el ministerio femenino, pero que muy pronto sería ella la que recibiría el reconocimiento y la encomienda. Ahora recuerdo que su mirada y su sonrisa querían darme aliento y ánimo para ese importante momento de mi vida, pero que al mismo tiempo estaban velados por las dudas, o por el convencimiento de que, a su pesar, ese momento prometido nunca llegaría. Recuerdo cómo me miró para decirme “no prometas lo que no está en tus manos conceder o lograr”. Tenía razón, ¡cuántas renuncias a lo largo del camino!, ¡cuántos sacrificios callados! Su mirada (aún la llevo conmigo) quería advertirme que la “estrategia” es la palabra que a menudo utilizamos para ocultar nuestra falta de coraje y de convicción. Ese día no lo supe entender, posiblemente no era el momento. Tarde mucho tiempo, muchos años en darme cuenta de lo que aquella mirada de sonrisa velada me estaba diciendo. ¡Demasiado tiempo! Y en medio, muchas otras renuncias no reconocidas.
Ese día ella fue mi pastora, me comunicó seguridad, tranquilizó mis nervios, compartió mis inseguridades, me dio la mano. No tenía toga, no le impusieron las manos, no le leyeron emotivos versículos, pero allí estaba, ejerciendo.
No recuerdo a mi hijo (tendría a penas cuatro años), seguramente los abuelos se ocuparon de él todo el día “para que no molestara”, y lo mantuvieron en un segundo plano. Ni él ni yo advertimos el aviso premonitorio: los hijos ocupan un segundo plano. ¿En todas las familias? ¿También en la de los mecánicos, profesores de universidad o cultivadores de margaritas? No lo sé, pero, en el fondo, ¿qué importa si en otros también? Lo que sí sé es que el tiempo pasado no lo recuperas, y que las historias que no se vivieron no generan recuerdos. Mi hijo nunca podrá recordar las tardes de sábado en la plaza con su padre; esas tardes no existieron porque “papá tiene que estar con los jóvenes de la Iglesia”.
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Los traslados, un reto nuevo para mí… un sacrificio para la familia. Pero, en mi caso (nuestro caso), el mayor sacrificio fue para ella.
Durante varios años ejercí el ministerio en aquella iglesia. No fue fácil, aunque la ilusión superaba todas las dificultades. Mi recuerdo más gratificante: el gran despacho que montamos en la habitación principal de la casa, con dos mesas en las que trabajábamos mi compañera y yo juntos. Me gustaba preparar con ella las series de los Estudios Bíblicos, y el Curso de Preparación de monitores de Escuela Dominical. Mi peor recuerdo: las discusiones sobre cómo afrontar los problemas “ocultos” de la congregación, especialmente las disputas entre las familias históricas de la congregación.
Pero llegó el momento del traslado. Los “jefes” habían considerado que nuestro trabajo “muy prometedor y muy valorado, sería mejor aprovechado por el bien de la Comunión Nacional, en otra zona con posibilidades de expansión”. Traducido al “román paladino” que teníamos que marchar a cubrir una vacante en una zona poco apetecida para el común del cuerpo pastoral. Lo hablamos, ¿lo hicimos o fue un hecho consumado, uno más? Fuera como fuere, en tres meses estábamos en el nuevo destino. Nuevos retos, nuevas planificaciones, volver a empezar. Pero nunca es un empezar de cero, llevas contigo una maleta cargada de cuestiones previas, algunas de ellas no resueltas, y que tarde o temprano (y casi siempre temprano) reclaman el salir de la maleta. Una de las cuestiones no resueltas salió con fuerza: el reconocimiento de la vocación de ella, de mi compañera y colaboradora.
Sé que piso terreno resbaladizo. Aunque ella me dice que todo está cerrado y superado, yo sé no es así y todavía hoy, cuando sabe que una estudiante va a ser ordenada pastora, no puede evitar hacer el comentario con el amago de una lágrima que quiere aflorar y que se empeña en reprimir: “¡Ojala tenga más suerte que otras que nos quedamos en la cuneta! Cuidadla bien”. Su lágrima abortada es como un puñal, se clava hasta lo más profundo. Y grita, sí, esa lágrima grita “¿por qué no hiciste causa conmigo y peleaste contra ellos en lugar de apagar mis fuerzas con tus famosas “estrategias”? ¿Tenías miedo de perder tu puesto?, ¿tan poca confianza tenías en ti mismo? Pues yo nunca he tenido puesto.” Sé que esas palabras no han sido oídas por nadie, por la simple razón de que nunca han sido articuladas; es su lágrima, esa lágrima abortada quien me lo grita, y los oídos de mi conciencia lo captan muy bien… sin interferencias… claramente.
En la nueva iglesia ella continuó colaborando, pero cada vez con menos entusiasmo, con menos ilusión. Y llegó la crisis de fe. Y acudió a mí, al pastor de su iglesia, ¿a quién si no? Buscaba respuestas a sus preguntas “¿Por qué Dios había hecho nacer una vocación que no tenía posibilidades de desarrollarse? ¿Dónde estaba Dios en esa lucha? ¿Me ha dejado sola? Sí, me ha dejado sola. ¿Pero, por qué?” Y poco a poco, las preguntas dejaron de esperar respuestas y se convirtieron en afirmaciones. “¿Le importo a Dios? ¿Y si le importo, por qué me ha dejado sola? ¡A Él le da igual lo que pasa por aquí abajo!”
¡Qué impotencia cuando no puedes acompañar a tu compañera! ¡Qué tremenda paradoja! Cada vez que ella buscaba la orientación y la escucha del pastor, afloraba por en medio el marido conocedor de intimidades y de resortes; por el contrario, cuando buscaba la complicidad y la afectividad del esposo, aparecía el pastor con sus consejos y argumentaciones. ¿Quién podía curar esa alma dolorida por tantas desilusiones y que arrastraba tantos sentimientos de abandono? Un médico no puede curar la dolencia de su propia esposa; hay demasiada afectividad, demasiada cercanía. En ese caso la deriva a otro médico que asegure una necesaria distancia emotiva para llegar a un diagnóstico fiable. ¿Ir a otro pastor? El compañero más cercano estaba a 250 Km. ¿Un pastor de otra denominación? Difícil solución, los pentecostales no entenderían el conflicto, es más, tratarían de convencerla de que lo que le pasaba es el resultado de enfrentarse a la voluntad de Dios, ya que “Él nos dice en su Palabra que la mujer no puede ejercer autoridad sobre los hombres, y mucho menos en la Iglesia”. El pastor bautista, no entró en el fondo de la cuestión, ya que “aunque siempre he defendido el derecho de la mujer a ocupar cargos eclesiásticos, no puedo entrar en las situaciones internas de una denominación que no es la mía. Y menos siendo la esposa de un compañero. No, no sería ético.” ¿Ético? ¿Cuándo la ética se convirtió en excusa para no complicarse, para no verse afectado? ¿Habría sido ético que el samaritano pasara de largo porque considerara que no podía intervenir en un problema interno entre judíos? ¡Qué impotente me siento! ¡Que sólo me encuentro!
El problema entró en un estado de “latencia misericordiosa”. No se solucionó, simplemente se aparcó porque corroía demasiado y cercenaba nuestra propia convivencia y, ¡gracias mil veces a Dios!, ella siempre ha valorado mucho nuestra relación, al punto de hacer las grandes concesiones, las mayores renuncias.
Volvimos a trasladarnos. De nuevo cruzamos el mapa de arriba abajo. Y vuelta a empezar… Ella dejó ocupación profesional, amigos, compañeros de trabajo, una tierra que le enganchó desde un principio. Dejó ilusiones y proyectos. Lo dejó por acompañarme. Y vuelta a empezar… Bueno, algo sí había cambiado. Un día me dijo que tenía que hablar con toda sinceridad. Recuerdo los sudores fríos que recorrieron mi espalda. “He reencontrado la fe; bueno, mejor diría que Dios es cabezota y no ha parado hasta que nos hemos reencontrado. Sé lo que quiero, que no es esto que me ofrece la Iglesia, pero por obediencia a Dios y amor a estos hermanos, cuenta conmigo para colaborar, pero no pidas nada que no sea en el marco de la iglesia local, no pidas que vaya a Sínodos, o Asambleas. No lo resistiría.” Y aquí anda ahora, predicando (le cuesta más que un parto, porque ha de luchar contra sí misma), trabajando con niños y organizando la acción social, y sigue siendo mi “Pepito Grillo”, la conciencia que no me deja dormirme ni acomodarme. ¡Y doy gracias a Dios, aunque a veces…!
De vez en cuando, las nubes vuelven a aparecer en el horizonte, como recordando que aún puede llover mucho, pero que de momento la tregua sigue vigente.
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Mi hijo ha crecido. Ha crecido con una pregunta siempre en los labios: “¿Dónde está papá?” Y siempre la misma respuesta: “Papá está en la otra iglesia”. La otra Iglesia distaba 200 km, y allí debía permanecer media semana. Siempre he sido pastor de dos iglesias, de dos realidades diferentes y, a menudo, muy alejadas. Una iglesia con un carácter abierto, integrador, en el buen sentido liberal; la otra más pausada, intimista, en muchas cosas conservadora. Había que hacer muchos equilibrios para no caer en el agua y mantenerse en la barca, o en eso que un compañero llamó, muy gráficamente, “la esquizofrenia pastoral”. Quien peor lo llevaba era mi hijo; ¡cuántos cumpleaños papá pasó en “la otra iglesia”!, ¡cuántas fiestas del cole papá se perdió porque “estaba en la otra iglesia”!
¿Quién ha dicho que los milagros no existen? Yo puedo hablar de varios, pero de todos ellos, el más grande es que con todo lo que la “otra iglesia” le ha privado, hoy mi hijo mantiene un vivo compromiso con el proyecto de la iglesia. Escribo esto procurando no caer en la imparcialidad, no dejándome llevar por el desequilibrio de las emociones. Sé que para él no fue fácil (¿lo ha sido para alguien?) Tuvo que superar las exigencias de las “buenas gentes de la congregación”, aquellos que le tenían en el punto de observación.
“Mira, pequeño, el hijo del pastor no puede hablar así” (“papa, ¿y los demás sí pueden?)
“Un buen hijo de pastor no falta a la Escuela Dominical por un partido de futbol” (“papá, y si el equipo del cole se clasifica, ¿no puedo ir jugar si es domingo?”)
“Yo creo que esa chica no le conviene, ¡no es creyente!, y menos siendo su padre el pastor” (“claro, a lo mejor la chica que me interesa es su nieta, que, aunque tampoco viene mucho a la iglesia, al menos pertenece a una de las mejores familias de la congregación, ¿verdad?”)
Muchas veces nos hemos reído recordando frases como estas. Yo creo que la risa nos salvó; salvó mis ausencias, el que no le recordara en el día de mi ordenación, los cumpleaños que no pasé con él, los días de Navidad que no pudimos ir a la Feria porque había culto, los partidos a los que no le acompañé porque estaba “en la otra iglesia”.
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Mañana será el día. Mañana se cierra una etapa. Y quería recordar el trayecto hasta aquí. En el culto de mañana seré, oficial y realmente, jubilado. Ya no seré el pastor de la iglesia, ya no me llamarán para que les acompañe en sus problemas, ni para decirme que qué hacen con esta chiquita, ni para pedirme que bautice a sus hijos. ¿Qué me queda? Me queda la familia, esa que conmigo vivió mi ministerio, la que conmigo se alegró y conmigo sufrió el ministerio. Me queda la familia, a pesar de todo. ¿O gracias a todo?
http://www.lupaprotestante.com
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