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Salvación y ¿cura de almas?
En todos los años que llevo en el Señor he visto muchas personas entregar sus vidas a Jesús, personas que han abrazado la fe de muy diferentes maneras, personas que he visto crecer y madurar de una forma milagrosa, personas a las que les ha cambiado la expresión del rostro, verdaderos milagros del poder y la grandeza de Dios. Pero también he visto personas que habiendo dado el paso de fe, con no menos conocimiento de lo que hacían que cualquiera de nosotros, no avanzan , y no sólo no avanzan sino que da la impresión de que retroceden, vuelven a su antigua manera de pensar, de vivir, y el evangelio se vuelve rutinario, vacío, sin ilusión para ellos. Están convencidos de algunas cosas pero les falta vida, o fuerza para vivirla.
Muchas veces me he preguntado que hace que los que una vez disfrutaron de la miel hoy tengan un regusto amargo; ¿las luchas de la vida?, ¿las decepciones?, ¿los problemas?, ¿las debilidades?, ¿la falta de constancia, de fe, de paciencia…? Seguramente cada persona, que es un mundo, tiene “sus razones”, pero pensando en ello llegué a una expresión muy evangélica y muy antigua, que está en desuso, y me pareció de una profundidad y conocimiento del ser humano fantástica. Y es exactamente esta: “Salvación y Cura de Almas”. Lo que siento no es que esté en desuso la expresión sino la práctica que implica, que es mucho más importante. Hay muchas personas que llegan al Señor con problemas profundos, heridas hondas y de mucha resonancia en sus vidas, se encuentran con el Señor y reciben el mayor y más grande regalo que nadie pueda recibir. Pero resulta que la salvación no es sólo un suceso, algo que ocurre puntualmente en un momento determinado de la vida, sino también un proceso, y parte de ese proceso es al que en otro tiempo se le llamó “cura de almas”.
Efectivamente, es una necesidad imperiosa en nuestros días fijar la atención en este tema. Hay mucho dolor y sufrimiento innecesario entre nuestras filas, dolor y sufrimiento del que, en ocasiones, fuimos o somos responsables y, en ocasiones, fuimos o somos víctimas de otros. Dolor y sufrimiento callado que se convierte en una cárcel oscura, fría y solitaria para quien la vive, y que se refleja en cambios de actitud, de carácter, de trato con los que le rodean, además de los posibles efectos físicos de todos conocidos. Dolor y sufrimiento del que algunas personas no saben cómo salir y al que pueden llegar a acostumbrarse.
Y una se pregunta: ¿Por qué no se habla de esto? ¿Por qué no existe el ambiente apropiado para hablar de estas cosas? ¿Por qué no hay confianza? ¿Por qué la mayoría de las personas que se han acercado al Señor no han oído hablar de que deben mirar en sus vidas, sus dolores, sus errores, sus pecados, perdonar, pedir perdón y dejar obrar al Espíritu Santo en ellos?
Es por todo esto que, desde hace más de tres años, formo parte de un grupo de autoayuda a mujeres que han recibido abuso sexual, físico o emocional y he visto que aunque no es fácil y en ocasiones es doloroso, el primer paso para salir de eso es reconocerlo y el segundo, hablarlo. Hablarlo en un ambiente en el que te sientas segura, querida, comprendida y aceptada. En este grupo hay una mayoría de creyentes pero también hay quienes aún no conocen al Maestro, y todas juntas trabajamos en la dirección de encontrar cura para los dolores del alma basándonos en el mensaje del Evangelio y teniendo la obra del Espíritu como principal soporte.
¿Has encontrado tú cura para las heridas de tu alma?
Con mis mejores deseos para ti.
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Araceli Díez
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