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Angeles cargados de alas

La cola de fracasados aumentaba y crecía desmesuradamente.
La oficina de reclamaciones por daños y perjuicios no daban abasto a tanta multitud.

Las horas pasaban con rapidez y los burócratas escribían pausadamente en sus ordenadores, fechas, direcciones objeciones, sin levantar la vista de la pantalla, sin esbozar ninguna sonrisa, con un eterno fastidio en la mirada.

Abundaban en esta cola los ancianos decrépitos que habían dejado las trincheras de su hogar, y habían bajado a la calle con sus achaques, que enumeraban lentamente ante la sorda desesperación de los oyentes.

También había desempleados de larga duración con los ojos vidriosos, que fumaban nerviosos como intentando hacer señales de humo, buscando una segunda oportunidad.

Se arremolinaban cientos de madres, llenas  de críos y  de quehaceres, maldiciendo la vida, la política, el marido, la vecina.

Había artistas de escaso éxito y había políticos botados con B por los votantes.

Empresarios con el agua al cuello sin saber nadar, estudiantes con la mochila llena de suspensos, sin saber nada.

Emigrantes de mirada huidiza, huidizos de la justicia que emigraron. Futbolistas de tercera, prostitutas envejecidas de cuarta regional. Universitarios con carreras…frenéticas por los pasillos kilométricos de los almacenes, reponiendo artículos  a destajo.

Alcohólicos conocidos por todos los camareros, solitarios escritores de poesía en una firma de libros.

Marineros sin nada en las redes.

Hombres separados, mujeres separadas, niños divididos.

Mujeres violadas, enfermos terminales, parapléjicos en su silla de ruedas que miraban perplejos, ancianos a la deriva embarrancados en oscuras  residencias.

Cantantes con la voz rota.

Solteros de carbón, solteronas sin remedio

Chicos llenos de sida, señores llenos de amargura, no se que es peor…

Y la fila interminable  seguía y seguía y le daba vueltas  y más vueltas a la manzana. Una manzana de la discordia donde todos se lamentaban  de su situación y todos portaban un amplio expediente donde informaban del por qué, donde, cuando, como, quien...sobre todo quien. Un expediente grueso donde se registraba  todos los pormenores de sus desdichadas vidas con sus más mínimos detalles.

Al atardecer, después de un día calurosamente pegajoso, ocurrió un milagro. En realidad era un milagro cotidiano que sucedía todas las tardes, pero pocos eran conscientes del suceso. Bajaron del cielo como una lluvia de verano, cientos de ángeles, risueños,  provistos de enormes cantidades de alas que agitaban con estrépito ante las  cabezas cabizbajas. Lamentablemente eran pocos... eran muy pocos los que hacían caso de la singular oferta. Con la mirada fija en el suelo y el alma llena de despecho, la larga cola de fracasados apretó con fuerza su expediente sobre su pecho, movió insistentemente la cabeza y no cesó de  reclamar sus derechos.

Los ángeles se miraron sorprendidos, y  muchos con un suspiro, cargados de alas nuevamente, volvieron al regazo de Dios.

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José Luis Estéban.
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