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Ver salir el sol cada mañana
Como cada día, en un rato libre de mi horario, me puse a mirar en internet las noticias de algunos periódicos. En primera plana aparecía el gran violonchelista Mstislav Rostropóvich y el titular sobre su muerte en un hospital de Moscú. Me emocioné. No sabía ni siquiera que llevaba ya enfermo un tiempo. Tenía 80 años, tampoco era joven, pero, a pesar de la lógica de las cosas, la noticia tocó mi sensibilidad.
No es que sea un gran conocedor de su trayectoria musical, aunque lo oí en varias ocasiones. Disfrutaba especialmente con su interpretación de “Els oisels” (los pájaros) de Pau Casals, por la vida y la emoción que transmitía. Sabía de sus problemas con el régimen comunista de la Unión Soviética, que le llevaron al exilio. Conocía la admiración y amistad por parte de la Reina de España. Y poco más.
Pero había algo que me unía a él de una manera mucho más profunda y no tenía que ver directamente con su genialidad musical. En una ocasión, hace una decena de años, vi una entrevista que le hacían en televisión, aunque no recuerdo a propósito de qué. El entrevistador, consciente de la magnitud de la persona que tenía delante, le hizo esta pregunta:
“Sr Rostropóvich, para alguien como usted que ha logrado tanto reconocimiento a nivel mundial, qué es lo que le mueve a seguir creando belleza?”
La pregunta era de profundo calado. Cualquiera esperaría una respuesta que hablara de grandes proyectos profesionales, de conciertos, de ambiciones y metas por lograr.
Pero no, su respuesta no respondió a esas expectativas, fue muy breve, nada altisonante y con ese tono de sencillez que caracteriza a los sabios. Y dijo:
“ Mire usted, es tan hermoso ver salir el sol cada mañana…”
Me conmovió. Y desde entonces, cuando voy caminando al amanecer hacia mi trabajo, hay un momento en que veo salir el sol entre las montañas y trae a mi recuerdo esta frase del genial violonchelista. De ahí que la noticia de su muerte despertara en mí una profunda emoción. ¡Me identifiqué tanto con esta expresión! Porque los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento proclama la obra de sus manos. Probablemente en esa belleza de la salida del sol que tanto le cautivaba pudo ver la gloria de Dios hablando a su corazón y mostrándole su calor en cada amanecer, como una sinfonía … de amor.
Pedro Gutiérrez.
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