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CRISTO VIVE EN MÍ (2ª parte)
No vivimos nosotros. “y ya no vivo yo,”
Hay dos razones por las que San Pablo podía pronunciar estas palabras:
La primera la hemos considerado ya, el apóstol se veía a si mismo crucificado y muerto junto con Cristo.
La segunda es, que renunciaba continuamente a vivir su propia vida, siguiendo su voluntad, según sus pensamientos y conforme a sus deseos.
Este hombre de Dios tenía un “Yo” como todo cristiano y todo ser humano. A lo largo de su vida, y a pesar de ser muy religioso, antes de convertirse a Cristo, y tal vez durante algún tiempo después, vivía centrado en su “Yo”.
En la carta a los Romanos capitulo 7 nos cuenta su amarga experiencia en la derrota espiritual como hombre religioso y en sus primeros inicios de convertido. El nos habla de dos fuerzas en su interior que tratan de dominarlo, el hombre espiritual y el hombre carnal que es el “Yo” dominado por el pecado. En otras de sus epístolas nos menciona la batalla continua que existe en todo creyente entre la carne y el espíritu.
“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo......... Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7.18, 21-24)
Ahora bien, no es el apóstol el primero que nos habla de esta doctrina sino nuestro Señor Jesucristo.
“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:6)
“El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha;” (Juan 6:63)
La carne y el espíritu no hacen una buena mezcla, ni es posible que estén perfectamente unidos. La carne es terrenal, corrupta, natural; el espíritu es eterno, santo, celestial. Cuando la palabra de Dios nos habla de la carne no se está refiriendo a nuestro cuerpo, sino al alma, a nuestra voluntad propia a nuestros deseos y a nuestra manera de pensar. El alma que es seducida por los sentidos a través de los cuales presta atención al mundo que le rodea, y es gobernada y controlada por estos, no puede agradar a Dios. El deseo de la carne es contra el espíritu y el deseo del espíritu es contra la carne, dice la escritura. Si solo vivimos para nuestra alma, es decir para nosotros, vamos a estar pecando y desobedeciendo a Dios continuamente. Nos será imposible vivir para Dios.
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.” (Romanos 8:5-8)
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.” (Galatas 5:16,17)
¿Cómo podemos saber si estamos en una posición natural y carnal o espiritual? ¿Cómo discernimos nuestro estado y condición delante de Dios? ¿Cómo se que ya no vivo yo?
En primer lugar son los pensamientos los que delatan cual es mi estado espiritual. Lo que ocupa nuestras mentes determina lo que somos. Si lo que domina en nuestros pensamientos son las cosas de este mundo, si nuestras ideas giran en torno a nuestros deseos egoístas, si lo que queremos es preservar nuestra voluntad y conservar nuestra razón, entonces estamos en la carne.
Si nuestras motivaciones e intenciones no pasan el escrutinio de la palabra de Dios, en cuanto a todo lo que hacemos y para quien lo hacemos somos carnales. No todo lo que realizamos por muy bueno y religioso que parezca agrada a Dios, ni es conforme a su voluntad. Se puede ser muy religioso y también muy carnal, aunque parezca contradictorio, “y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”
“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.” (Galatas 5:24)
El discípulo de Cristo está crucificado; el creyente maduro muere cada día a sus pasiones y deseos tanto de su alma como de su cuerpo.
Desde luego no es esta una doctrina que sea popular, ni que la oigamos muy a menudo, pero son cien por cien bíblicas, predicada por nuestro Señor y afirmada por los apóstoles. Esta es la sana doctrina de nuestro Señor Jesucristo la cual muchos no están dispuestos a sufrir, prefieren prestar atención a otros temas más suaves.
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. (2ª Timoteo 4:3,4)
San Pablo, hablando también al respecto, nos advierte del peligro en la enseñanza de ingente numero de maestros que excluirán esta doctrina del evangelio.
“Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal.” (Filipenses 3:18,19)
La sana doctrina trae sanidad a la iglesia, liberación y santificación en el Espíritu Santo. Con la predicación de la cruz se hace manifiesto el poder de Dios y la autoridad de Jesucristo. Creo firmemente que una gran parte del pueblo de Dios sufre carencias y está enfermo y corre a otros lugares a buscar ayuda porque no se les ha administrado un evangelio completo. Muchos “maestros” pretenden dar sanidad y liberación a los creyentes por medio de sabiduría humana, y consejos de carácter psíquico y emocional, en vez de ir a la raíz del problema que es espiritual.
Dios ha provisto en la cruz de Cristo y en el entendimiento de todo su significado la solución para todas las necesidades del ser humano.
Necesitamos una comprensión completa de lo que entraña la obra de la cruz, así como una apropiación practica de esta doctrina.
El apóstol decía que el no predicaba con sabiduría de hombres, ni de invención humana, sino que su mensaje era sobre la cruz de Cristo para no restarle poder y eficacia a Dios.
Pero tristemente en nuestra actualidad el mensaje de la cruz es nulo, y en muchos casos se ha hecho vana la cruz de Cristo por la introducción de psicología y filosofía humanas en el evangelio.
“Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo.” (1ª Corintios 1:17)
En el siguiente pasaje podemos observar el sumo cuidado que pone el apóstol San Pablo en el evangelio que predica, procurando no introducir nada extraño o ajeno al mensaje de la cruz y con la intención de que los creyentes pusieran su fe en el poder de Dios.
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.” (1ª Corintios 2:1-5)
Hoy tenemos la necesidad de que la verdad de Dios se proclame con demostración del Espíritu y de poder, para que de esta manera la iglesia reciba todos los beneficios de la obra de Cristo.
Cito a continuación una porción del Salmo 103 en el cual el rey David adora a Dios reconociendo y declarando que en Él se encuentra todo cuanto necesita.
“Bendice, alma mía, a Jehová,
Y bendiga todo mi ser su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Jehová,
Y no olvides ninguno de sus beneficios.
El es quien perdona todas tus iniquidades,
El que sana todas tus dolencias;
El que rescata del hoyo tu vida,
El que te corona de favores y misericordias;
El que sacia de bien tu boca
De modo que te rejuvenezcas como el águila.” (Salmos 103:1-5)
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