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CRISTO VIVE EN MÍ (3ª parte)
Cristo viviendo en nosotros. “mas vive Cristo en mí”
Esta frase representa el meollo, el centro neurálgico de la vida cristiana. Esta es la definición más escueta y a la vez más profunda que se pueda dar en cuanto a lo que significa ser un discípulo de Cristo con todas sus implicaciones.
El cristiano madura en su vida espiritual en la medida en que es Cristo el que vive en él. Todas las virtudes cristianas como el amor, la humildad, la mansedumbre, la santidad, la sabiduría etc. están reunidas en la persona de Cristo. Así que cualquier manifestación de estas cosas en nuestro comportamiento y actitud es el mismo Señor dejándose ver desde nuestro interior.
En la carta de San Pablo a los corintios, les dice como Cristo ha sido provisto por Dios no solo para nuestra salvación, sino también como la fuente de las virtudes que honran y agradan a Dios.
“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1ª Corintios 1:30,31)
La idea no es que el cristiano tiene que producir por si mismo estos frutos porque entonces tendría de que gloriarse, sino que la propia sabia y vida de Cristo es el que los produce en él.
Así que tenemos dos aspectos que debemos considerar y tener en cuenta si esperamos que Cristo manifieste su vida en nuestro ser:
Por un lado hay un aspecto negativo y que ya lo hemos mencionado que es el estar crucificados con Cristo para no ser nosotros los que vivamos. Si no estamos muriendo a nosotros mismos, si no estamos negándonos a vivir la vida a nuestra manera, conforme a nuestros deseos y forma de pensar, entonces Jesús no haya lugar para vivir en nosotros.
Por otro lado vemos un aspecto positivo que es muy cierto y es que Cristo mora en nuestros corazones y podemos permitir que se manifieste en nuestras vidas en toda su plenitud y gracia. Dios quiere que en cada uno de sus hijos la vida de Cristo sea reproducida, que nuestro carácter sea el de Jesús.
¿Cómo se consigue que viva Cristo en nosotros? ¿Qué podemos hacer por nuestra parte para que esta declaración “mas vive Cristo en mí” sea una realidad en nuestra experiencia?
Una vida de fe.
En la segunda mitad del versículo que estamos considerando el apóstol nos da la clave para hacer posible que la vida de Cristo sea nuestra vida:
“y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”
Muchas veces nos sorprendemos pensando que vivir la vida cristiana es imposible. Que mientras estemos limitados en este cuerpo carnal y rodeado del mundo en que vivimos no podemos vivir una vida que agrada a Dios. Sin embargo San Pablo no está hablando en este texto de una vida espiritual en el cielo, ni fuera de nuestro cuerpo y del mundo que nos rodea.
En otro pasaje el escritor nos recuerda que Dios ha depositado su tesoro en vasos de barro, Él ha puesto su vida eterna e incorruptible en nuestros cuerpos mortales. “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2ª Corintios 4:7)
Lo que para nosotros es imposible, es posible para Dios. Es verdad que nadie por mucho que se afane podrá añadir un codo a su estatura. Y que por mucho que nos esforcemos e intentemos ser cristianos y verdaderos discípulos de Cristo no lo lograremos. Es como pretender levantar un peso que con mucho excede a nuestras fuerzas. Es como querer vivir en las profundidades del mar cuando no estamos dotado para ello como lo están los peces. Es como pretender volar como los pájaros pero sin alas.
Cristo vive en nosotros para hacer posible lo imposible, el es nuestra fuerza en la debilidad, el es nuestra riqueza en la pobreza, el es nuestro socorro en la tentación y nuestro refugio en la tempestad.
El Cristo resucitado habita por la fe en nuestros corazones, el Dios Todopoderoso ha hecho en nuestras vidas su morada. “Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efesios 3:17)
Tenemos un poder y una fuerza que brotan de la sencilla fe puesta en Cristo Jesús que vive en nuestro interior.
Cuando creemos en el Señor y estamos en dependencia de Él, el Espíritu Santo tomará el control haciéndose cargo de la situación.
Necesitamos aprender a vivir cada día con esta clase de fe que nos hace ser victorioso, frente al pecado, la debilidad y cualquier situación que se presente ante nosotros.
La vida espiritual esta basada en principios divinos que operan en el reino de Dios, la fe es la clave para que estos principios funcionen en nuestras vidas.
Cuando alguien pretende aprender a nadar intenta mantenerse a flote moviéndose enérgicamente, pero lo que consigue con eso es hundirse en el agua, el pánico no le permite quedarse quieto y puede ahogarse. Con el tiempo y cuando nos vamos familiarizando con el medio, nos percatamos de que el agua nos sostiene prácticamente sin que nos movamos, entonces es cuando empezamos a nadar y a sincronizar nuestros movimientos para avanzar y perfeccionar nuestra técnica y estilo.
En la vida cristiana la cosa funciona de la misma manera, es un medio en el cual no estamos acostumbrados a movernos, no estamos familiarizados con los principios divinos y no sabemos como funcionan. Tropezamos y nos caemos una y mil veces, luchamos y nos esforzamos pero no progresamos. Hasta que un día por la gracia de Dios recibimos el entendimiento necesario y descubrimos que en su bondad Él lo ha provisto todo, y que es por la fe que nos podemos mantener firmes, porque es Él quien nos sostiene. Entonces comenzamos a comprender que Cristo es nuestra vida, Él es nuestro todo y que sin Él nada podemos hacer.
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