Con Acento Poét.

  Enfermería

  ERE

  Evangelismo

  Marrruecos

  Misión Urbana

T por una Sonrisa

  Visita a los asilos

  Álbum de Fotos

  Arqueología

  Artículos

  Entrevistas

  Forwards

  Locura General

  Reportajes

  Testimonios

  Enlaces

Inicio



LA  RESTAURACIÓN  DEL  CRISTIANO (1ª parte)

“Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca.” (Jeremías 15:19)

Dios se está dirigiendo con estas palabras de una forma precisa y directa a Jeremías, un profeta  escogido, un creyente comprometido. Algo no andaba bien con el siervo de Dios cuando es interpelado con este mensaje que apunta derecho a su corazón.
En los versículos anteriores se deduce que Dios estaba tratando con él, y de esto era muy bien consciente Jeremías. Dios lo disciplinaba por medio de la oposición y persecución de los hombres, también a través del sufrimiento de alguna enfermedad. El se sentía menospreciado y menguado, se encontraba solo e indignado. Todo esto que estaba viviendo parecía estar justificado por el propio profeta, quién veía injusta la situación que atravesaba, pues él era un simple instrumento de Dios ¿Cómo es que todo se volvía en contra de él?

Bajo mi punto de vista, el ministerio y la autoridad de Jeremías era incuestionable, y en cuanto a su conducta irreprochable. No obstante era un hombre de carne y hueso, y con un alma, así como con ciertas debilidades en su naturaleza y carácter. El tenía un corazón como el nuestro, una voluntad propia, pensamientos, y emociones tan complejas como la de cualquier ser humano. Como hijo de Adán era heredero de la misma naturaleza pecaminosa que todos nosotros. 

Sin embargo Jeremías tiene su corazón abierto ante Dios y está dispuesto a oír lo que Él le tiene que decir, él entiende que puede estar siendo engañado por su propio corazón y que puede existir algo que esté mal y de lo que no se está percatando.
Jeremías conoce la importancia de mantener una relación correcta con Dios, como siervo de Dios e instrumento que es, y para poder seguir siendo usado, debe tener cuidado de si mismo. El profeta es como una potente luz que brilla en medio del pueblo de Dios, nada debe ocultar esa luz, ni bajar la intensidad de su resplandor.
También cada cristiano a de alumbrar sin que existan pantallas que lo opaquen, ni cortocircuitos que lo fundan, ni nada que lo oculte.
Analicemos con detalle las palabras de Dios dirigidas a Jeremías para volverlo a traer a un estado de restauración, con todas las implicaciones que esto puede tener según se desprende del pasaje que nos ocupa.

Conversión o vuelta hacia Dios.  “Si te convirtieres”

¿En que aspectos o en que sentido puede necesitar un cristiano convertirse?
La palabra conversión viene del griego: epistrophë = volverse a.

Hay muchos momentos en la vida de todo creyente en los que debe volverse a Dios de nuevo y convertirse. El crecimiento, la madurez espiritual, va sucediendo paso a paso en los cristianos a medida que enfrentan y responden a estas crisis positivamente. La conversión no es sólo una experiencia inicial de la vida cristiana en la cual nos entregamos a Jesucristo, eso fue nada mas el comienzo. La palabra de Dios está repleta de abundantes ejemplos en los que el pueblo de Israel y la iglesia son llamados al arrepentimiento y la conversión.

Existen tiempos en los que debemos volvernos a Dios de nuestro error, o de una postura equivocada o tal vez de actitudes contrarias a su carácter. Esto puede significar a veces que tengamos que renunciar a nuestro derecho de sentirnos ofendidos, aun habiendo motivos justificados y a pesar de que podamos tener razón.
También puede significar que debe haber un cambio en nuestra manera de pensar negativa respecto a las circunstancias que estamos viviendo. En muchas ocasiones necesitamos convertirnos a Dios en cuanto a nuestra continua resistencia al trato que El nos da. No estamos entendiendo lo que él hace con nosotros, y no lo aceptamos, sin embargo todo eso representa lo que en su sabiduría necesitamos.
Es muy importante que comencemos cuanto antes a entender los tratos de Dios, ha comprender sus caminos. En determinados momentos no vamos a intuir lo que nos está sucediendo, pero aún así podemos echar mano de la fe y confiar en Dios.

Una de las tentaciones más fuertes y sutiles en las que puede caer el siervo de Dios, así como cualquier creyente, es en la autocompasión. El puede estar cediendo a esta actitud que constituye un gran estorbo espiritual y que impide la realización de la voluntad de Dios. Una disposición de conmiseración puede parecernos algo inocente, sin embargo es muy paralizante y destructiva. Cuando el apóstol Pedro le dijo al Señor que tuviera compasión de si mismo, el Señor lo reprendió con duras palabras diciéndole: “Apártate de mi Satanás que me eres tropiezo porque no pones la mira en las cosas de Dios sino en la de los hombres.”
Si queremos ser restaurados es necesario que dejemos de auto compadecernos, y de mirarnos a nosotros mismos y de estar lamiendo continuamente nuestras heridas. Es de vital importancia que aborrezcamos esta actitud, y pasar de vernos como victimas de todo y de todos, a creer que estamos en las manos de Dios y en su perfecta voluntad.

Dios quiere restaurarnos, pero el volvernos a Él, el que cambiemos en cosas como las que he mencionado hasta ahora es un requisito necesario.

Otra actitud de la que debemos volvernos a Dios es de nuestra “santa indignación”. Nos sentimos contrariados porque otros no ven las cosas como nosotros las vemos, o no aceptan nuestras opiniones o tal vez no reciben las palabras que Dios nos ha dado y que en verdad son palabras de Él. Debemos entender que los que no acogen el mensaje de Dios lo están rechazando a Él y no a nosotros. La responsabilidad del siervo de Dios termina en el momento que ha transmitido el mensaje; las respuestas de cada uno y sus reacciones las juzgará Dios. El obrero de Dios no debe contender, ni imponer, ni tiene que pelear con la gente para que reciban sus palabras.
Tampoco el siervo de Dios debe proferir juicios de condenación, ni sentenciar, ni maldecir a nadie cuando es rechazado. Esta práctica puede llegar a ser muy común en algunos, pero no es conforme al Espíritu del Señor. Proferir maldiciones cuando alguien no acepta nuestro ministerio, o se va de nuestra obra, o como se suele decir sale de debajo de nuestra autoridad y cobertura espiritual.
El Señor nos ha ordenado bendecir a todos, aún a nuestros enemigos y no maldecir. Muchos creyentes se deben volver a Dios de este terrible pecado que es juzgar a los demás. Algunos objetan a esto, que a aquellos que se les opusieron y  a los cuales profetizaron que les sucederían calamidades les acontecieron en verdad. Pues tal hermano que me criticó y se marchó de la iglesia acabó divorciándose, o  aquel otro se murió de cáncer, o a ese otro le atropelló un camión, y a aquella hermana le cayó un meteoro en la cabeza y fue fulminada. ¿No se ha preguntado usted que tal vez ese obrero tiene más de brujo y adivino que de siervo de Dios?

Cuando los discípulos de Cristo quisieron maldecir, haciendo que descendiera fuego del cielo sobre una ciudad que no les recibió, Jesús les reprendió diciéndoles: “Vosotros no sabéis de que espíritu sois”  Que confundidos estaban los discípulos del Señor, parece que no hubieran aprendido nada. Misericordia quiero y no sacrificio dice el Señor. Todos queremos recibir un trato amoroso y comprensivo, sin embargo cuando se trata de los demás, no parpadeamos para ser los primeros en arrojarle piedras y lapidarlos.
Cada uno debe examinarse bajo la luz de la palabra de Dios, para ver de qué espíritu es y entender bajo la influencia de que sabiduría está actuando.

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Santiago 3:13-18)

Algunos creyentes deben convertirse a Dios de su engaño de infalibilidad. Bien por la posición o por la autoridad que ostentan creen que nunca se equivocan. Piensan de si mismos que son intocables, o de todas maneras actúan como si lo fueran. No están sometidos ni sujetos a nadie, están en la cúspide solitaria del poder.
En la iglesia del Señor debemos estar sujetos los unos a los otros y sometidos a nuestra cabeza que es Cristo.
Indiscutiblemente, nos hemos de convertir a Dios de todos nuestros pecados, ya sean de la carne o del espíritu. Pecados de orgullo y engreimiento, de falsa humildad, deseos de protagonismo, etc.
Es necesario dar lugar a que el Espíritu Santo nos convenza profundamente y no  resistirlo, porque el Señor quiere obrar maravillosamente en cada uno.
El Señor quiere repetir de nuevo el milagro que hizo en las bodas de Canaá, convertir el agua en vino. Dios desea que nuestras vidas aguadas se conviertan en vino. De ser creyentes insípidos e incoloros a una vida de gozo y llena del Espíritu Santo y de fruto.

“Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba: Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito; conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios. Porque después que me aparté tuve arrepentimiento, y después que reconocí mi falta, herí mi muslo; me avergoncé y me confundí, porque llevé la afrenta de mi juventud. (Jeremías 31:18,19)
 
Para ser restaurados es necesario que nos volvamos de nuevo a Dios, reconociendo nuestras faltas, en arrepentimiento profundo y avergonzados por nuestros pecados. Si no sentimos esto, siempre podemos apelar al Señor para que el produzca semejante actitud. Hemos leído como Efraín le dice a Dios: “Conviérteme y seré convertido”. El Señor puede poner esta disposición en nosotros y hacer que nos volvamos a Él.

    -Indice de artículos de Pedro Jurado
    -Indice general de artículos


   Para contactar con Pedro Jurado:
   pjrodriguez328@hotmail.com

© SentirCristiano.com

Quiénes somos      Contacto      Cómo llegar      Preguntas Frecuentes