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LAS BODAS DEL REINO
(Mateo 22:1-14)
¿Dónde está la novia? ¿Dónde se encontrará la esposa del Cordero?
La buscó sin descanso. Anduvo por caminos, por valles y montañas, recorrió reinos y ciudades, examinó cuidadosamente cada lugar de la tierra. No era empresa fácil la misión de dar con ella, pues se escondía; en su apariencia se confundía con el entorno y ambiente en que vivía. Su aspecto era desaliñado; veíase tan deshecha, herida y maltratada, que nadie ofreciera por ella nada. Era vil y menospreciable, un desecho, sin amante.
Quien la buscaba era Príncipe, único heredero al trono de su Padre. Ni en la corte, ni entre sus súbditos o entre las familias más cercanas de su reino se halló esposa para él.
Ansió encontrar entre los suyos a su amada, mas por ninguna era correspondido. En su tesón por descubrirla no estimó su posición, se despojo de sus honores, se hizo un siervo, se humilló, se hizo pobre, y aun entre los muertos la buscó.
El Padre decidió ayudarle haciendo lo imposible, y enviando a sus sirvientes les dijo:
“No paréis hasta encontrarla, no vengáis sin ella. Mirad en cada rincón del mundo, buscadla por todas las naciones, hasta que aparezca la que será la esposa de mi Hijo, la que compartirá el reino con mi Unigénito. Sabed que todo está preparado y la boda ha de celebrarse”
Los invitados fueron llegando por cientos, por miles. Muchos en su semblante se mostraban preocupados, inseguros, preguntándose ¿Cómo nos presentaremos a las bodas de un rey? ¿Qué ropa vestiremos? ¿Qué le vamos a ofrecer?
Pero los siervos recibiendo indicaciones le dijeron: “No os preocupéis, todo está previsto, los vestidos, los adornos, nada os hace falta, ya todo está ordenado, el rey es espléndidamente generoso”
Pero ella no sabia que era la escogida, y en parte por eso lo había rehuido. “¿Cómo yo? Se decía, habiendo tantas más hermosas y de mejores familias entre sus parientes.” -El corazón que ama, no entiende, no ve defectos, no repara en clases, no se fija en el color- pero Él la conocía profundamente. “Aunque morena soy porque el sol me miró, tu me amaste”
Llegado el momento, cuando ya todo estaba dispuesto y la multitud de invitados sentados a las mesas, algunos inquirían y se preguntaban: “Ya es la hora ¿Dónde está la novia? Se está retrasando ¿Cómo puede hacer esperar al monarca?
El Padre intuyendo la situación y conociendo a todos, viendo la inquietante expectativa de los presentes, ordenó con voz profunda y clara diciendo a sus siervos:
“Ya estamos todos, el numero se ha completado, cerrad las puertas y comencemos”
Mirando a los congregados en el banquete observó a uno que no estaba indumentado para la ocasión y señalándole dijo: “Un momento ¿Quién es ese? ¿Cómo ha entrado aquí?” Los siervos contestaron: “No sabemos Señor como ha podido entrar, pero seguro que es un intruso, pues antes de que todos accedieran al recinto fueron vestidos con los atuendos que tu mismo proporcionaste”
“Traedlo a mi presencia” reclamó el Rey.
El hombre comenzó a inquietarse y a moverse con actitud de fiera acorralada, pero siendo dominado por el poder de los siervos fue llevado a la presencia del Monarca.
¿Cómo osas presentarte aquí con ese aspecto? ¿No sabias que a este lugar solo se podía acceder de una forma, y que para participar era necesario estar vestido de ropas de gala? ¿No se te ofreció todo lo necesario gratuitamente, sin tener en cuenta tu condición, si eras noble o plebeyo, si eras rico o pobre? Lo rechazaste todo, no aceptaste mi gran ofrecimiento, ya no hay tiempo para cambios.”
Entonces dijo a los siervos: “Sacadle fuera, a las tinieblas”
Dirigiéndose ahora a la gran multitud les hablo diciendo:
“Incontables son los que no aceptaron la invitación que le extendimos, prefirieron atender a sus propios asuntos y compromisos, no supieron valorar el esfuerzo y el sacrificio que hicimos por todos. La humanidad entera habría tenido parte en esta ceremonia de haber querido, pero muchos son los llamados y pocos los elegidos, la puerta es estrecha y el camino angosto para entrar en este lugar y solo los que se esfuerzan logran acceder a este recinto.
Vosotros todos, los que habéis venido, sabed que sois escogidos, habéis elegido bien. Bienaventurados los que son convocados a las cenas de las bodas del Cordero. Ustedes sois los llamados y nacidos en el reino de mi Hijo. Ustedes sois su esposa, su amada por la que el tanto suspiraba. Vosotros sois la iglesia de la cual Él ha sido y es cabeza y seguirá siendo por los siglos de los siglos. Mi Hijo os ha amado y entregó su vida por vosotros; se hizo hombre, siervo y despreciado por ustedes, pero su amor ha sido al fin recompensado, su sacrificio no ha sido en vano. Compartid con Él su reinado eterno, habitad en sus ciudades, gozad junto a mi Hijo de todas las riquezas celestiales.”
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