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UN ESPÍRITU SIN ENGAÑO

“Bienaventurado aquel cuya trasgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad,
Y en cuyo espíritu no hay engaño.” (Salmo 32:1-2)
Leer: (Jeremías 17:9-10) y (1ª Juan 1:5-10)

Sobre el perdón de los pecados.

La sangre que fue derramada por Jesucristo ha cubierto todos nuestros pecados, los pasados, los presentes y los futuros. Toda trasgresión de la ley de Dios que hayamos confesado al Señor, él la ha perdonado. Que abundancia de paz y de gozo se experimenta al saber que hemos sido absueltos de todas nuestras culpas.
Porque es imposible ser feliz sintiendo sobre nuestras conciencias el peso de nuestros pecados, la carga aplastante de nuestros errores.
Este era un peso del que nadie nos podía liberar excepto el Señor, porque solo él lo llevó por nosotros sobre sí mismo en la cruz.
Dios no condenará a ninguno que haya puesto su confianza en Jesús para el perdón de sus pecados. Porque a partir del momento en que hemos depositado nuestra fe en su Hijo, el Padre nos ve y nos considera justos y puros, como Jesucristo es. No solo nos perdona, sino que todo pecado que ya hemos confesado y ha sido limpiado, no nos lo vuelve a recordar, ya no existe memoria de ellos delante de Dios.

La confesión de nuestras ofensas debe implicar arrepentimiento genuino, es decir, un abandono de las mismas, un cambio en la conducta y la actitud.
Hoy día se ha extendido mucho la práctica de una confesión fácil y poco profunda en algunos que profesan ser cristianos, una confesión sin el consecuente abandono de sus malos hábitos pasados, son muchos los que así continúan en las mismas prácticas de desobediencia a Dios. Esto es una incongruencia y un insulto a Dios, un engaño del corazón del hombre que no ha sido regenerado y que no ha entendido la obra de Cristo.
Las escrituras nos dicen: “No os engañéis, Dios no puede ser burlado, pues todo lo que  el hombre sembrare, eso también segará.”
Dice también la palabra de Dios: “El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”
Dios aborrece el pecado y El no comulga con aquellos que continúan enfrascados en practicarlos. Los que permanecen pecando de forma empecinada no avanzarán ni un centímetro mas en Dios, ni recibirán nada de el, excepto desaprobación y reprensión.

 La obligación que tienen los siervos de Dios de amonestar a todos con claridad para librarlos del engaño.

Es asombroso ver como personas que se dicen ser creyentes y que asisten a las iglesias con su Biblia debajo del brazo, que cantan hasta desgañitarse y levantan sus manos en los cultos, viven aun en sus pecados. Pecados de adulterio, de fornicación, de homosexualidad, así como de otras índoles, y todo esto sin que haya nadie que les amoneste en forma clara del peligro en que se encuentran, no sea que se ofendan y se marchen de la iglesia. Es patético lo que está sucediendo en lo que es y debe ser la iglesia del Señor.
La palabra de Dios dice:
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1Corintios 6:9-11)

El fin de todos los que practican la maldad, es que serán apartados de la presencia de Dios para siempre. Pero yo me pregunto ¿Que pasará con aquellos que tienen la responsabilidad delante de Dios de avisarles y no lo hacen? Leamos lo que dice la palabra de Dios al respecto en el libro del profeta Ezequiel:

“Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. Si el justo se apartare de su justicia e hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en memoria; pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma.” (Ezequiel 3:17-21)

Así como sobre el pueblo de Israel Dios puso profetas, atalayas que traían el mensaje del Señor y expresaban su voluntad, exhortando y amonestando. Dios ha puesto a sus siervos sobre su iglesia, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, a fin de que la conduzcan a la perfección de la santidad. Estos ministerios tienen la responsabilidad de exhortar, enseñar, corregir y conducir al pueblo de Dios según la guía del Espíritu Santo y conforme a las escrituras inspiradas. Ellos tienen el deber de anunciar todo el consejo de Dios, procurando no omitir nada del mismo.
La iglesia necesita escuchar el mensaje liberador de la palabra de Dios y ser convencida y convicta de su estado espiritual. La palabra de Dios debe actuar a través de sus siervos como la espada de doble filo que es, sajando el pecado, y separando la carne del espíritu.
El hombre de Dios no debería temer predicar la verdad de Dios sin rodeos, según la revelación dada del Espíritu y conforme a las palabras del Espíritu.

“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios.” (1ª Pedro 4:11)

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” (1ª Corintios 2:12,13)

El Espíritu tiene su propio lenguaje, su propia manera de expresarse, su propia intensidad, énfasis y autoridad al hablar. Las palabras de Dios dichas por medio del Espíritu traen luz y vida a las almas.
El hombre es el instrumento, el canal por donde debe fluir con libertad el mensaje de Dios, para edificación de la iglesia y la salvación de aquellos que están perdidos.
Para que esto sea así, el siervo de Dios debe estar rendido y sacrificar sus propios escrúpulos, sentimientos y pensamientos. El no debe estar atado por intereses personales, ni ser influenciado o presionado por nadie de la iglesia, ni tener favoritismos.
La palabra del Señor es clara, es directa, es sencilla; cuando Dios habla el quiere que todos le entiendan. El predicador debería ir al grano de lo que Dios le haya hablado para que comparta con la iglesia, y dejarse de retórica y de rodeos innecesarios, no marear la perdiz, de lo contrario los oyentes se perderán y no sabrán por donde van los tiros.

Un espíritu libre de engaños.

En el pasaje del libro del profeta Jeremías capitulo diecisiete leemos una descripción del corazón de todos los hombres:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.” (Jeremías 17:9,10)

Esta es la tendencia natural del corazón, auto engañarse, excusarse tras la mentira, poner barreras tras las que ocultarse. No reconocer su mal, su desobediencia, su rebelión, su injusticia, su pecado y perversión. El problema de esto es que lleva al corazón a su endurecimiento y a un punto donde es muy difícil retornar. La persona se encuentra enredada y perdida, en una densa oscuridad de tiniebla espiritual. Ella misma no discierne ya su propia condición y peligro en que está. Se haya en una pendiente que desciende a gran velocidad en un vehiculo sin frenos que se dirige a un  gran precipicio, que no puede ver.
No hay condición más triste que uno que se engaña así mismo en cuanto a lo que cree, piensa o hace.
El hombre por naturaleza es religioso, pero solo en un sentido especulativo, es motivado por su ansia de saber y conocer; su enfoque está orientado básicamente a la adquisición de información.

El auto-engaño es muy sutil, la persona no es consciente de ello en su mente natural, ni lo percibe con sus propios sentidos. Este auto-engaño priva a los creyentes de vivir la realidad espiritual y de experimentar la verdad de Dios.
Hemos podido adquirir ciertos conocimientos, o pensar que sabemos ciertas cosas por haberlas oído o leído de otros, pero aun  no son parte de nuestra experiencia espiritual. Existe un gran abismo y profundo vació entre lo que sabemos en teoría y lo que vivimos.

“Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis.” (Juan 13:17)

La perspectiva bíblica sobre el conocimiento y el saber es muy distinta, nadie sabe nada de Dios en verdad si no lo experimenta en su espíritu y si Dios no introduce algo de si mismo en el interior del hombre.
 
Si en este estado de auto-engaño del alma Dios no interviene, nadie más puede hacer nada, El alcanza la profundidad de nuestra miseria, El llega con su luz a nuestras más profundas tinieblas. Dios arroja una luz intensa hasta donde no alcanzamos ver, él nos conoce mejor que nosotros mismos.
Si bien es cierto la importancia del dicho-  “Conócete a ti mismo”-  nuestra opinión, nuestro concepto como creyentes a de tener su fundamento en lo que Dios dice.
En nuestra propia visión no alcanzamos a ver la realidad de nuestro estado o condición moral y espiritual. Necesitamos la luz y visión de Dios. Su perspectiva es necesaria para tener un diagnostico correcto de la enfermedad espiritual que nos aqueja.

“Fíate de Jehová de todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia”

El ha declarado que el corazón es engañoso más que cualquier otra cosa, que es perverso y malo, y es muy difícil conocer la raíz, la profundidad de toda su malicia.
Pero El  nos conoce, sabe lo que tenemos dentro, y a su tiempo El nos lo mostrará para que lo veamos y salgamos de nuestro engaño.
¿Cómo lo va a hacer? ¿En que manera nos sacará Dios de nuestras mentiras?
La respuesta la encontramos en el libro de Hebreos capitulo cuatro, que dice:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” (Hebreos 4:12,13)

Este es el medio que Dios va a utilizar para sanarnos, su palabra viva y eficaz, más cortante que toda espada de doble filo. Ella penetrará hasta lo más profundo de nuestro ser cual hoja afilada para cortar y separar todo lo que es de la carne y que está contaminado de lo que es del espíritu y es puro.
El engaño siempre está compuesto de una mezcla entre la carne y el espíritu, la verdad y la mentira. El Espíritu Santo aplica la palabra de Dios a nuestros corazones de manera que separa o divide todo lo que es de nuestra naturaleza carnal de lo que es espiritual, de modo que haya pureza en toda obra, pensamientos e intenciones de nuestro corazón. No debemos ocultar nada del escrutinio del Señor; es de vital importancia permitir que la luz de Dios nos alumbre, que nos quebrante haciéndonos ver nuestros defectos y pecados para que de esa forma podamos ser liberados.

En proverbios encontramos un pasaje de interés para este asunto que estamos tratando y dice:

“Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión;
Pero Jehová pesa los espíritus.” (Proverbios 16:2)

La idea o el concepto que pudiéramos tener de nosotros mismos están muy distantes de cómo Dios puede estar viéndonos y de cual es nuestro estado real ante él. La actitud y opinión que uno tiene de si mismo suele estar por lo común distorsionada y equivocada. Nos juzgamos a nosotros, no según como Dios nos ve, sino por nuestros propios sentidos, nuestro parecer, conforme a nuestra corta visión.
Creemos que somos justos y sinceros, que todas nuestras intenciones son puras, que amamos a Dios y que solo queremos agradarlo a él.
Porque pensamos que lo que deseamos es servir a Dios, todo debe estar bien, y no importa lo que hagamos, ni como lo hagamos. Sin embargo en este versículo observamos que Dios no piensa igual, él no nos juzga de forma liviana y ligera. Nuestra opinión propia es limita, es parcial, es conforme al sentir de nuestro corazón y alma.
¿Cuántos errores se cometen a causa de esto? ¿Cuántas decisiones se toman fuera del contexto de la perfecta voluntad de Dios? ¿Cuánto daño podemos estar causando a los que nos rodean y al pueblo de Dios?  Y ¿Hasta que punto podemos estar retrasando la obra genuina de Dios?

Dios no juzga las cosas según las apariencias, ni por la primera impresión que recibe ¡Gracias a él!

Dios mira las cosas y las ve como son en realidad, la apariencia no distrae su escrutadora visión.

Hemos leído en el pasaje: “Pero Jehová pesa los espíritus”  ¿Qué significa esto?
Quiere decir que Dios busca y requiere la pureza espiritual, sin mezclas, sin contaminación. El Señor desea conseguir en nuestras vidas el oro puro y fino, exento de toda escoria.
Dios quiere lograr que demos el peso espiritual, un peso de gloria, exento de carnalidad y de toda intención y obra humanas.

“El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha;” (Juan 6:63)

Dios es Espíritu, el dispone de la única balanza capaz de pesar los espíritus, y de determinar si le sobra o falta algo en su esencia.

En cierta ocasión el Señor reprendió a sus discípulos diciéndoles que no sabían de qué espíritu eran, porque ellos habían demostrado una actitud de juicio sin misericordia hacia una población que no les recibió. El Señor les hizo ver también  que él no había venido al mundo para condenarlo sino para salvarlo. De esta forma descubrió en ellos la  dureza y el engaño al que estaban expuestos.

Dios quiere que demos un cierto peso de gloria, una medida de lo celestial, en lo divino, en lo que es espiritual. Este peso lo determina el fruto que se está produciendo en nuestras vidas. ¿Estamos dando el fruto del Espíritu o de la carne?

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.” (Efesios 5:19-24)


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