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UN LAMENTO POR LA IGLÉSIA
Tristeza, dolor, gemido y llanto siento en mi corazón al contemplar el estado actual de la iglesia. Es un cuerpo sin cabeza, una novia que abandonó a su novio, un pueblo sin Rey, un rebaño sin Pastor, una congregación sin profeta. Un barco a la deriva cuya tripulación está amotinada contra su capitán y como resultado ha perdido el norte, no sabe a donde va, ni que derrotero lleva.
¿Dónde está la diferencia y en que se distinguen los elegidos del resto de los mortales?
¿Cuál es el ecuador, la línea divisoria entre el reino de este mundo y el de Dios?
Es como si no existiera, la hemos borrado de la cartografía, se ha perdido como el rastro que la nave en su curso ha dejado en el mar, o como la trayectoria que sigue el ave en su vuelo y no queda señal ni camino en su transcurso.
No distinguimos las señales que nos orientan, ni los tiempos en sus cambios, nuestros sentidos están embotados y no vemos claramente con nuestros ojos.
Todos ignoran los límites, hoy son desconocidos, pocos recuerdan ya sus linderos; sus murallas están caídas y sus puertas están quemadas, todo está derruido por el paso del tiempo, por una actitud complaciente y por una seguridad falsa.
No hay edificadores, no se hallan los obreros que lloren y lamenten y que se pongan en la brecha, y bajo la orden y dirección de Dios hagan la obra.
Los enemigos del pueblo acampan a sus anchas y actúan impunemente; la carne, el mundo y el diablo, hostiles contra Dios habitan confiadamente, entre sus filas se mueven y hacen de las suyas, merman sus fuerzas y les roban la vida.
Nadie hay que alce la voz y toque trompeta de alarma; todos duermen, reposan entre ruinas y montones de escombros.
Escasez de pan y de agua fresca, aire viciado que hace difícil el respirar, los pozos se han secado por las inmundicias echadas dentro.
Pero no pasa nada, todo está bien (en apariencia) opinan muchos, porqué vamos a alarmarnos, no seamos catastrofistas. Están ciegos y son guías de ciegos, no ven que están al borde del precipicio de la perdición eterna, no son conscientes del peligro que los rodea y que el enemigo ya está dentro.
El pueblo de Dios perece en su ignorancia, no tiene conocimiento, anda extraviado; por no recibir el alimento a su debido tiempo y en abundancia, pasa hambre, y carece de frescos pastos donde ser apacentado.
Pastores que así mismos se apacientan, que se cuidan con esmero, profesionales del pulpito cristiano que las más de las veces sobreactúan y hurtan las palabras de otros compañeros, porque ellos están huecos y vacíos sin tener contenido en sus entrañas, son nubes sin agua, estrellas fugaces extraviadas de su órbita sin dirección ni rumbo cierto.
La iglesia necesita de guías, mujeres y hombres espirituales que arrojen luz del cielo y que hablen sabiduría divina; profetas de Dios que hayan estado en su secreto y oído su voz y se dirijan al pueblo con poder de lo alto, con la unción del Espíritu Santo. No es necesario que los hijos de Dios sean entretenidos con cosas diversas, ni diversiones varias, filosofía del mundo, ni psicología humana, como si de un nuevo mover de Dios se tratara. Son invenciones humanas, ocurrencias de la mente natural, productos de una imaginación calenturienta y religiosa, no procede de la fuente espiritual, ni de Dios que da vida y arroja luz a nuestras almas y nos liberta con su verdad poderosa.
La cruz de Cristo ya no es alzada por los creyentes, no es llevada cada día como instrumento para hacer morir el yo y al Pilatos que todos llevamos dentro. Esta cruz que señala la frontera, que marca el punto y la diferencia, separando en dos mitades como el abismo que divide al cielo de la tierra, la muerte de la vida, la vida natural de la vida espiritual y eterna.
Esta cruz, la cruz de Cristo, ha sido hecha vana por la humanidad, su poder anulado por labios lisonjeros de falsos profetas y maestros, mujeres y hombres sin carácter santo, amadores del mundo y de sí mismos más que de Dios. Dan de lado la solución que Dios ha propuesto a los problemas del mundo, para la restauración, salvación, sanidad y liberación de las almas. Prefieren usar sus propios recursos, métodos y remedios inventados por ellos, con tal de no estar rendidos a Dios y darle gloria y honor al Crucificado.
Reconozcamos que el mensaje de la cruz ya no es bien recibido por nadie, eso de que “debes perder la vida para poder ganarla” es una locura, un disparate, cosa de otra cultura, doctrina de otros tiempos. Estamos en otra época y no se puede ser extremista; ese mensaje sería valido antaño, pero hoy no se entendería ¿Quién en su sano juicio se va a negar a sí mismo o amar a Dios sobre todas las cosas?
Estamos bajo la gracia, ya somos salvos y estamos seguros, no tenemos que hacer nada, Cristo lo hizo todo, Dios todo lo entiende. Palabras que con frecuencia se oyen, argumentos sin fundamentos que algunos paladines bíblicos esgrimen, la mayoría para justificar sus actos impropios, debilidades pecaminosas y responsabilidad propia.
Pero yo me pregunto de qué espíritu habrán bebido o de que fuente se han contaminado, de dónde sacan estas ideas tan fantasiosas, estos pensamientos tan desvariados y tan distantes de la verdadera senda. De Jesús, no creo, ni por asomo es la doctrina que él predicó, enseño o vivió. Nada tiene que ver con la verdad que en los evangelios se nos ha transmitido, ni con el contenido de las epístolas apostólicas. En ninguna parte de la palabra se nos invita a tal relax, estupor y negligente sueño, sino a velar y estar atentos.
Más bien la escritura nos exhorta a ser santos, orar sin cesar y esforzarnos en la gracia; obedecer la voluntad de Dios y servirlo con gratitud en nuestras almas. Estar en su presencia sabiendo que Dios está cerca de nosotros, muy cerca, muy dentro nuestro y que de el recibimos toda fuerza, todo don, todo recurso necesario y toda gracia.
Dios ha preparado las obras que tenemos que hacer de antemano, y los dones más apropiados se nos han concedido para llevarlas a cabo. Todo a su tiempo y en el momento señalado, según designio y providencia suyos.
Tenemos su manual, la biblia inspirada, palabra profética segura, que como una antorcha nos alumbra y guía en la oscuridad. La revelación de Dios que convierte el alma y la transforma esculpiéndola a su imagen y semejanza.
Es cierto que vivimos en la gracia, es el paraíso en que habitamos por fe, la prometida tierra donde fluye miel y leche, nuestra herencia; también es cierto que hemos de conquistarla combatiendo a nuestros adversarios que la circundan dispuestos a robarnos y devorarnos, serpientes, escorpiones y fieros leones que nos intimidan.
También hemos de entender que la gracia abundante, los recursos sin medida, las riquezas inagotables que permanecen en el reino de Dios establecida, debemos alcanzarla, no por obras, pero si con intención y entrega de nuestra voluntad y con disposición para hacer la suya. Aceptar su señorío es indispensable, no existe otra alternativa, permitir que él gobierne en nuestras vidas es fundamental para estar bajo su gracia inmerecida ¿Quién puede cuestionar esto? ¿Dónde está el que disputa lo que Dios ha dispuesto y establecido con fundamento?
Dios conserva un remanente fiel; escogidos que no doblan sus rodillas ante los dioses de este mundo, unos pocos que aunque se vean débiles a sí mismo, son fuertes y están firmes en el Espíritu. Ellos se identifican con Cristo en su muerte, llevan su cruz cada día y se niegan constantemente a sí mismos. Vencen al diablo porque están sometidos a Dios y lo resisten vehementemente. Son contritos de espíritu, y andan siempre humillados, están cubiertos por la sangre del Cordero vertida en el Calvario. Son más que vencedores porque saben que han resucitado juntamente con Cristo y con él están sentado en los lugares celestiales. Buscan las cosas de arriba, las inconmovibles, pues saben que todo en la tierra es pasajero y las celestiales son eternas. Son viajeros en el tiempo, peregrinos en su existencia que se dirigen a las moradas eternas y aguardan con paciencia el cumplimiento de las promesas.
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