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UN OBRERO APROBADO (2ª parte)
¿Cómo llegamos a ser obreros aprobados?
En primer lugar, y como ya he mencionado de pasada, nos debemos centrar en Dios, si es que queremos ser aprobados. Nuestra presentación es hacia Él. Nuestras obras y todo cuanto podamos y nos sea permitido hacer representan nuestra adoración a Dios. Corremos la carrera de la vida por él y para él, con los ojos puestos en Jesús quien es nuestra meta.
Esto implica que debemos aprender a estar conscientes de la presencia de Dios, pues estamos delante de él. El apóstol Pablo nos hace ver en su mensaje en hechos de los apóstoles a los atenienses que Dios nos envuelve.
“Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28)
Cada aliento de nuestra existencia es gracias a él; él es la fuente de nuestra vida natural y espiritual. Cualquier acción que realicemos, todo esfuerzo, nuestros movimientos, son motivados, iniciados y promovidos por su Espíritu. Lo que somos se lo debemos a él; tenemos el sello de su imagen y su naturaleza divina, somos sus hijos y somos sus siervos.
En segundo lugar, aprendamos a depender de Dios confiadamente para ser aprobados por él. La Biblia nos habla de Cristo como un varón aprobado por Dios, y eso es debido a que Jesús dependía completamente del Padre. El no actuaba por su cuenta ni hablaba su propia doctrina, sino que hacia todo cuanto veía en su Padre y hablaba todo cuanto su Padre le enseñaba que hablase. Esto era posible en la vida del Señor debido a su relación íntima con el Padre por medio de la oración. La vida de Jesús se caracterizaba por una comunión estrecha y comunicativa con Dios; Él pasaba largos periodos de oración, oraba sin cesar. Así también se hace necesario en la vida y ministerio de cada obrero de Dios, que ore, que mantenga una comunión intima y constante con Dios. Las escrituras enseñan que Dios revela su voluntad y sus palabras a los que entran en su íntimo secreto.
“Porque ¿quién estuvo en el secreto de Jehová, y vio, y oyó su palabra? ¿Quién estuvo atento a su palabra, y la oyó?” (Jeremías 23:18)
“Pero si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras.” (Jeremías 23:22)
En tercer lugar, seamos llenos del Espíritu Santo, controlados y guiados por él. Esto nos conduce más allá del paso anterior. El Espíritu Santo viene a morar en todos aquellos que lo reciben como la promesa del Padre. Es necesario que cada obrero sea revestido del poder del Santo Espíritu.
Antes de que Cristo ascendiera al Padre, ordenó a sus discípulos a que aguardasen la promesa del Espíritu diciéndoles:
“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días…..pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:4, 5,8)
Hay una gran diferencia en la vida espiritual y el ministerio de aquellos que han sido bautizados en el Espíritu Santo y los que no. También existe gran diferencia entre el que ha recibido el Espíritu Santo como solo una experiencia inicial y los que son llenos de Él. Ni la experiencia inicial es algo que debamos dar por sentado, ni la llenura y rebosar del Espíritu tampoco. No obstante hay algo muy claro si queremos ser aprobados como obreros de Dios y ser efectivos en su obra, y es que debemos servirlo desde la llenura del Espíritu Santo. De otra forma careceremos del poder necesario y los dones adecuados.
Todos tienen acceso a esta llenura del Espíritu, esto es una necesidad, y una responsabilidad de todo siervo de Dios. Pero para recibir esta promesa hay que pedirla, esperarla y recibirla por fe.
En la medida en que un creyente se llena del Espíritu, este va siendo cada vez más impulsado y llevado por su influencia. Será como esa visión que recibió el profeta en Ezequiel 47 de un río que sale de debajo de la casa de Dios el cual va creciendo y aumentando en su caudal y en su fuerza. Es necesario avanzar en la profundidad de la experiencia con el Espíritu hasta el punto en que nuestros pies no toquen el fondo sino que seamos llevados por sus corrientes y nos hallemos nadando. Esto demandará una gran confianza en Dios y una entrega absoluta a su voluntad, entendiendo que todo está bajo su control.
En cuarto lugar, es necesario que para ser aprobados por Dios le sirvamos según los dones que el nos ha dado. El punto que hemos tratado anteriormente nos introduce a este otro. No podemos servir a Dios mas, ni mejor que con los dones que en su gracia nos ha concedido.
“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (2ª Pedro 4:10,11)
Cuando los creyentes tratan de servir a Dios y a su pueblo con los dones que no tienen, esto trae un gran desorden en la iglesia. La obra de Dios se estanca, no crece, la vida de los cristiano no es edificada conforme a los planes de Dios, y los propios obreros experimentan una gran frustración.
A todos los creyentes les han sido entregados dones, talentos, capacidades especiales, para que contando con ellas sirvan a Dios. De manera que unos de una forma y otros de otra, cada cual en el lugar que le corresponde cumplan todos con su misión.
Pablo exhorta a Timoteo al comienzo de esta carta a avivar el don que Dios le había dado.
“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2ª Timoteo 1:6,7)
El apóstol le está diciendo a su discípulo que le eche leña al fuego, que de ninguna manera permita que se apague el fuego que Dios ha puesto en él representado en ese don. La forma de avivar un don es usándolo, ejercitándolo cada vez que tengamos alguna oportunidad. En este sentido yo estoy convencido de que Dios ha preparado un camino de obras en los cuales serán útiles los dones que nos ha dado y es según ellos que debemos actuar. Damos lo que tenemos y hemos recibido, no lo que no poseemos. El Señor ha hecho entrega a cada creyente de ciertos dones y talentos los cuales deben invertir en la vida de otros, para la edificación y extensión del reino. En los dones del Espíritu Santo está encerrado el poder y la capacidad, todo el potencial necesario y la riqueza espiritual para suplir las necesidades del pueblo de Dios y de un mundo hambriento.
Hay aún, un par de cosas más que me gustaría mencionar respecto a este asunto de ser aprobados por Dios y que se mencionan en el pasaje que estamos estudiando.
Este versículo Vs. 15 nos señala dos aspectos en los que un obrero de Dios ha de tener un cuidado especial. Por un lado no debe tener nada de lo que avergonzarse en su vida, y esto en al menos tres sentidos: uno en cuanto a menoscabarse a si mismo en su valía contemplando sus propias limitaciones, dos en cuanto al trabajo que desempeña, y tres con respecto a su conducta, testimonio y ejemplo. También es muy importante como nos menciona el versículo, hacer un buen uso de la palabra de verdad.
Un obrero de Dios no debe tener nada de lo que avergonzarse, el realiza la tarea que Dios le ha encomendado, es un siervo de Dios. El obrero del Señor no hace las cosas por su propia cuenta, el no actúa independientemente, sino que sigue las ordenes del Señor. Dios capacita a sus obreros para realizar la obra que les encomienda.
El apóstol declaró que el no se avergonzaba del evangelio, ni de todo cuanto sufría por causa de su fe en el Señor.
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16)
Nos ha sido encomendada la palabra de su gracia, el evangelio de la salvación. Es el único mensaje por el que los hombres pueden salvarse, es el evangelio del reino. De modo que debemos poner el estandarte del evangelio bien alto. No debemos avergonzarnos en nada por la fe que profesamos y defendemos, creemos en la única y eterna verdad.
Por otro lado, Timoteo era un ejemplo de obrero para todos, porque el no buscaba lo suyo, el no perseguía sus intereses personales. Su preocupación era la obra de Dios, obedecer a Dios sirviendo a otros, y no agradarse a si mismo.
Pueden haber muchos obreros trabajando en la obra de Dios, pero ello no significa que sean aprobados, hacen mas daño que bien, son una vergüenza para el reino de Dios.
Una mala representación de Dios y de su reino por los obreros, desprestigia a la iglesia y trae deshonra a la misma.
Los obreros que son avaros, que usan la piedad como fuente de ganancia, los que maltratan al pueblo de Dios y abusan de su posición de autoridad deben avergonzarse y arrepentirse de su conducta, tal vez Dios tenga misericordia de ellos.
Además no nos tengamos en poco, ni suframos de complejos de inferioridad, porque estaremos poniendo obstáculo al mover de Dios con esa actitud. El sentir vergüenza porque no nos consideramos aptos, o porque no tenemos toda la preparación que pensamos que deberíamos tener no somos nosotros quienes debemos juzgarlo, sino Dios. Dios capacita con todo lo necesario y por medio de sus recursos a sus obreros. El nos provee su sabiduría, él nos da sus dones, y nos da su visión; todo su poder está a nuestra disposición.
En quinto lugar, un obrero es aprobado cuando usa bien la palabra verdadera.
Dios ha entregado a sus trabajadores la palabra de verdad, como la herramienta principal que deben usar; es necesario saber emplearla, y hacerlo correctamente.
Nuestra salvación y la de nuestros oyentes dependen del uso que hagamos de la verdad.
¿Qué significa usar bien la palabra de verdad? Quiero compartir cuatro conceptos que están involucrados en un uso adecuado de la verdad de Dios.
- Primeramente, es primordial para que hagamos un buen uso de la verdad el conocerla.
- Segundamente, si vamos a hacer uso correcto de la verdad necesitamos comprenderla.
- Terceramente, si queremos usar bien la palabra de verdad es esencial que la vivamos, que sepamos aplicarla en nuestra propia experiencia. Debemos andar en la verdad.
- En cuarto lugar, hacer un buen uso de la verdad significa además de lo expuesto anteriormente, saber comunicarla y enseñarla a otros de forma comprensiva.
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