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ALCANZANDO LA PLENITUD DE DIOS (1ª parte)
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Efesios 3:14-19)
Es la voluntad de Dios que sepamos todo lo que se nos ha concedido en el ámbito espiritual, de manera que lo podamos disfrutar.
En pasajes anteriores al que hemos leído y dentro de este mismo capitulo, se nos habla de un misterio que ha sido revelado, a saber el de que los gentiles somos coherederos y miembros de un mismo cuerpo y coparticipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.
En segunda de Pedro capitulo uno se menciona que Dios nos ha dado todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad por su divino poder. También que Dios nos ha otorgado preciosas y grandísimas promesas para que de esa forma seamos participes de su naturaleza divina.
En el pasaje que nos ocupa, San Pablo, como un albacea de la iglesia, está informando y declarando el testamento de la herencia que corresponde a los hijos de Dios.
¿Quiénes son los beneficiarios de estas riquezas? ¿Cuál es la abundancia de los tesoros espirituales? ¿Qué es esta fortuna espiritual a la que tenemos acceso? ¿Cómo la podemos disfrutar? ¿En que manera podemos ser llenos de toda la plenitud de Dios?
El apóstol da respuesta a todas estas cuestiones en este pasaje que vamos a estudiar.
La familia de Dios.
“ de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra”
El propósito eterno de Dios siempre ha sido tener una familia de muchos hijos semejantes a Jesucristo.
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” (Génesis 1:26-28)
A causa de la desobediencia, los hombres se apartaron de Dios, perdiendo todo el derecho al disfrute de las promesas hechas. Perdieron su posición ante Dios, un lugar de reconocimiento y privilegiado, respetado por toda la creación; habiendo renunciado a su dignidad, la autoridad que se les había conferido se disipó.
Por mucho renombre, distinción o posición social que tenga una familia o individuo en esta tierra, no tiene derecho a las bendiciones de Dios, ni a formar parte de la estirpe celestial.
Si bien, es cierto, que en un sentido natural, como dice la escritura, Dios ha hecho a todo el linaje de los hombres de una sangre, y en esto no existe diferencia de razas o etnias, excepto en la disposición que muestran unos de otros en buscar a Dios.
“Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.” (Hechos 17:26-27)
Sin embargo, Dios no ha desistido en ningún momento de llevar a término su plan ideado desde la eternidad. Dios sigue queriendo tener esa familia, compuesta de hombres y mujeres semejantes a Jesús. Una raza de hijos que poseen la misma naturaleza espiritual de Dios, un linaje santo, un pueblo escogido.
Los herederos de las riquezas celestiales son, todos aquellos que han venido a ser miembros de la familia de Dios.
Todos los que han tomado el nombre divino de Dios, reconociéndole como único Salvador, Dueño y Señor de sus vidas.
Para ser parte de la familia espiritual de Dios hay que nacer de ella, de otra forma sería imposible pertenecer a la misma.
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:11-13)
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:3-6)
Dios pone nombre a sus hijos, y eso los identifica diferenciándolos de aquellos que no lo son, él nos conoce por ese nombre que nos da.
“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” (Isaias43:1)
Las riquezas de su gloria.
“para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria”
A causa del pecado de desobediencia fuimos desheredados de todo lo perteneciente al reino de Dios, su gloria se desvaneció de nuestra existencia y caímos en una ruina espiritual.
La obra de redención llevada a cabo por Jesucristo, implica tanto el rescate de nuestras vidas, como la recuperación de la herencia espiritual y todo lo concerniente al reino de Dios. Satanás nos había despojado de todo lo perteneciente al reino de Dios. Pero Cristo en la cruz, despojó a los principados y a las potestades en las regiones celestiales para devolvernos todo lo que se nos había robado por su engaño.
“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32)
Dios desea compartir los tesoros de su reino con nosotros, riquezas incorruptibles, infinitas, inagotables, e imperecederas.
Las escrituras nos exhortan a no hacernos tesoros en la tierra donde todo desaparecerá en cualquier momento, sino en el cielo, porque esos no nos serán arrebatados.
“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:19-21)
La palabra de Dios también nos alienta a que busquemos todo lo que el Señor ha logrado para nosotros si es que nos hemos identificado con él en su muerte y hemos resucitado a novedad de vida.
Las riquezas espirituales se encuentran en el lugar más alto, en las cimas más elevadas, allí donde solo Cristo ha llegado, junto al trono de Dios.
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” (Colosenses 3.1, 2)
Nos llevaría muchísimo tiempo hacer un recuento de todo lo que Dios tiene preparado, de la abundancia y plenitud de sus riquezas, ni en toda la eternidad podríamos alcanzar a comprender toda la inmensidad de sus tesoros.
El apóstol San Pablo dijo:
“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo,” (Efesios 3:8)
Antaño, Dios mostró a sus siervos y profetas escogidos la visión de sus promesas, la herencia que tenía para su pueblo.
Dios guió a la nación que Él había elegido, después de haberla liberado de la tiranía de faraón, hasta las fronteras de Canaan, la tierra que había prometido a Abrahán.
Con el fin de reconocer la posesión fueron enviados doce espías, los cuales volvieron con reportes asombrosos y trayendo consigo las pruebas irrefutables del fruto de la tierra, es cierto que también era un lugar poblado por gigantes.
Solo dos de los espías contemplaron la situación desde una perspectiva de fe, animando al pueblo a seguir adelante a la conquista de Canaán.
Dios les había prometido pelear por ellos las batallas, solo tenían que avanzar y tomar la herencia por fe.
Jesucristo es nuestro Canaán, nuestra herencia y posesión, la vida abundante que el nos ha prometido está a nuestra disposición, solo tenemos que tomarla por fe, con decisión y con determinación.
El rey David decía:
“Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa;
Tú sustentas mi suerte.
Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos,
Y es hermosa la heredad que me ha tocado.” (Salmos 16:6)
¿Quién nos conducirá a esta tierra de Canaán? ¿Dónde están los hombres de fe que nos mostrarán sus frutos, porque ellos lo han gustado? ¿Dónde se encuentran esos siervos de Dios que enseñan a la iglesia, las riquezas de la herencia en Cristo y no sobre las riquezas de este mundo?
Contemplemos, y disfrutemos haciendo nuestras, algunas de las insondables riquezas de gloria que Dios nos ha concedido y que se mencionan en el pasaje que estamos examinando.
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