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ALCANZANDO  LA  PLENITUD  DE  DIOS (2ª parte)

Fortaleza interior.
“el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”

Nosotros somos muy pobres en cuanto a la fuerza y la capacidad necesarias para vivir la vida cristiana. Ni aunque dispongamos de todos los recursos naturales, disciplina y conocimientos adquiridos, tendremos lo suficiente para lograr alcanzar las exigencias de la vida espiritual.
El que intenta lograr la madurez espiritual, o producir los frutos espirituales reuniendo todas sus fuerzas y empeño, el que procura ser victorioso sobre sus debilidades y sobre el pecado por si mismo, solo descubrirá la amarga derrota.
El secreto de la fuerza que necesitamos no la encontraremos en nuestra propia alma, quiero decir con esto en nuestra buena intención, determinación, o emociones.

San Pablo había descubierto por sí mismo esta gran verdad, que aunque su deseo era hacer el bien, no tenía el poder para llevarlo a cabo.

“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.” (Romanos 7:14-25)

El apóstol está hablando desde la perspectiva de un creyente nacido de nuevo, alguien que es salvo, pero que consciente de la contrariedad que está experimentando, entiende que existe en él una naturaleza pecaminosa que lo arrastra al fracaso.
Esta es una lucha interior que vive todo cristiano a pesar de que amen a Dios y deseen agradarle.
Debemos hacernos fuertes en el hombre interior, en el espíritu, si queremos ser más que vencedores.
Nos hace falta el revestimiento del Espíritu Santo que es lo que nos otorga el poder. Nuestro espíritu debe ser ungido, ese hombre interior debe ser hecho fuerte por la intervención del Espíritu Santo.

  “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo,”

Es siendo conscientes de la presencia de Cristo que mora en nosotros por el Espíritu Santo, y dependiendo de Él que somos fortalecidos.

“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.” (Efesios 6:10)

Necesitamos creer confiadamente que Dios es poderoso en nosotros y que Él nos suplirá conforme a la riqueza y la abundancia de su fuerza.

El apóstol San Pablo aprendió el secreto de la fortaleza espiritual, de la entereza y firmeza que debe caracterizar a un cristiano. Aunque él pudiera sentirse débil e incapaz, afligido y rodeado de adversidad, enfermo y necesitado, dependía de la fuerza y poder del Señor.

“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2ª Corintios 12:9,10)

Es el mismo Señor quien revela a Pablo en una manera muy especial este principio espiritual por el que opera la gracia de Dios. Algunos podemos sentirnos fuertes, vigorosos y con ímpetu en muchos momentos, capaces de realizar cosas y dispuestos a comernos el mundo. Sin embargo la mayoría de las veces esto es solo debido a la fuerza de voluntad y una gran tenacidad, es el poder de nuestra propia alma. Cuando viene el conflicto o aparece la enfermedad, cuando descubrimos que la obra de Dios nos sobrepasa, entonces nos damos cuenta de nuestras limitadas fuerzas. Entonces averiguamos cuan débiles somos, experimentamos nuestra gran impotencia e incapacidad. El apóstol aprendió a gloriarse en esos momentos, él se frotaba las manos en esas situaciones, y se gozaba, porque era en esas circunstancias en las que de una manera muy particular Dios obraba poderosamente.

En este pasaje vemos como el Señor nos dice: “mi poder se perfecciona en la debilidad”. Entiendo que la palabra “se perfecciona” significa aquí que alcanza la madurez, que crece hasta su punto máximo, de manera que se hace evidente que el poder es de Dios, no meramente humano.
Cuanto más débiles e incapaces nos sintamos ante Dios y sus demandas, y la tarea que tenemos por delante, la gracia de Dios actuará más libremente haciendo manifestar su poder en nosotros.

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros,” (Efesios 3: 20)

Cristo morando en el corazón.
“ para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones”

La mayor riqueza que tiene un cristiano es Jesucristo viviendo en su interior; es Él  su más valioso tesoro. Es la gran perla preciosa por la cual merece la pena vender todo lo que uno pueda tener para adquirirla. Es el tesoro que un hombre encuentra y renuncia a todo lo demás por obtenerlo.
Cristo ha hecho su residencia, y ha tomado posesión de aquellos que han entregado sin reservas sus vidas a Dios. Esto es mucho más que un adorno, o un bonito mueble que luce en nuestras casas y al que quitamos el polvo y lo enseñamos de vez en cuando a otros. Significa que es más que alguien al que hemos invitado por una temporada a quedarse con nosotros, y le hemos restringido a una zona de donde no se puede mover, ni acceder por todos los lugares de la casa.

No es posible experimentar la riqueza de tener a Cristo morando en el corazón si Él no tiene pleno control en nuestras vidas, si no es el dueño y Señor absoluto.

Esta gran verdad del Cristo presente era un misterio que había permanecido oculto por siglos a los creyentes del antiguo testamento, pero que Dios nos lo ha revelado y dado a conocer a nosotros. Esta riqueza no la tuvieron los antiguos, ni pudieron disfrutarla, porque Dios la tenía reservada como una herencia para los que íbamos a ser el fruto directo de la vida y obra de Cristo.
Creo que muchos creyentes no son plenamente conscientes de lo que significa y representa el hecho de que Jesús habite en sus corazones.

“el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria,” (Colosenses 1:26,27)

“Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros,” (2ª Corintios 4:6,7)

Por un acto de fe, Jesucristo vino a vivir a nuestro corazón, así fue como lo recibimos por primera vez como al Dios invisible. A través de la oración de fe lo aceptamos como Salvador y Señor de nuestras vidas.
Es también por fe que podemos entender que habita y permanece con nosotros. La fe es el recurso espiritual que Dios nos ha concedido para que podamos discernirlo, para que por medio de ella pueda sernos tangible y le experimentemos de manera muy real.
Este habitar de Cristo lleva implícito su Señorío y control en cada área de nuestras vidas. Si Él no es el dueño y soberano de todo, si no nos estamos dejando gobernar por su voluntad, entonces no está muy claro que Él more con nosotros.

Es necesario que nos apartemos de toda actitud que resista y coarte la libertad de acción del Señor en nuestros corazones.
El temor de no saber que nos puede exigir, la preocupación de que nos demande algo que no podamos entregarle constituyen un obstáculo para su actuación y su obrar.
Esta manera de pensar procede del mismo diablo con el objeto de bloquearnos, a fin de impedir que no avancemos en la vida espiritual.
Comprendamos que Dios nos ama; que cualquier demanda que nos haga, todo lo que permita que nos suceda en cualquier ámbito de la vida es por amor. Dios lo tiene todo preparado en su sabiduría, hasta el más mínimo detalle, para que seamos formados y crezcamos a la estatura del carácter de Cristo.

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:28,29)

Si sabemos que Dios nos ama, como es así sin lugar a dudas, y si nosotros le amamos a Él, no hay nada que temer.

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” (1ª Juan 4:18)

Hemos leído también en la carta de San Pablo a los colosenses capitulo 1, que Dios nos ha dado a conocer las riquezas de su gloria de este misterio que es Cristo en nosotros la esperanza de gloria.
Esta gran riqueza es la cercanía del Hijo de Dios, su presencia espiritual morando en cada uno de sus santos, aquellos que lo  han creído y recibido.

“Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” (Juan 14:22,23)

En este pasaje del evangelio de San Juan, Jesús hace referencia a la manifestación de su presencia en los creyentes, o para ser más exacto en aquellos que lo aman y guardan su palabra poniéndola por obra. El Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo vienen a hacer su morada, a habitar en cada cristiano. Dios en toda su deidad y plenitud, Dios Todopoderoso, El Admirable, el Consejero, el Padre eterno, el Príncipe de paz viviendo en nosotros.

Ahora bien, la voluntad de Dios es que seamos llenos de su plenitud, que lo abarque todo, que lo llene todo en nosotros. Como dice en otra escritura, que seamos perfectos y cabales sin que nos falte cosa alguna de todo aquello que Dios nos ha concedido.


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