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ALCANZANDO LA PLENITUD DE DIOS (3ª parte)
¿Cómo podemos llegar a esa abundancia?
¿En que manera vamos llegar a ser llenos de la plenitud de Dios?
Hasta ahora hemos podido ver por las escrituras que los que tienen acceso y derecho a las riquezas de Dios son la familia de Dios, sus hijos espirituales. Hemos hablado del carácter y la naturaleza de las riquezas en gloria, que no se trata de meras posesiones materiales, sino de toda riqueza de índole espiritual lograda por medio de la obra de Cristo. También hemos mencionado según el pasaje, cuales son algunas de estas riquezas de la herencia que se nos ha concedido, como la fortaleza interior y el hecho de la presencia de Cristo morando en nuestro corazón.
Pero el hecho más relevante y lo que constituye el meollo del tema que estamos tratando es la idea o principio de la última proposición que hemos apuntado. Jesucristo habitando en nuestros corazones.
“Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que,”
El fundamento de la vida cristiana, la experiencia y el crecimiento, el progreso en el conocimiento de Dios y el ser llenos de su plenitud, parten de aquí, de Cristo viviendo en nuestro ser.
Este “a fin de que”, es decir, “con la finalidad de”, o “con el propósito de que” es la transacción que hace Pablo para mencionar seguidamente el proceso y los logros que podemos alcanzar desde esta realidad.
De modo que el apóstol pasa a mencionar ahora de que manera, y como en base a nuestra relación con este hecho, el Cristo morando en nosotros, vamos a alcanzar la plenitud de Dios.
De manera que observemos en primer lugar, que Cristo nos habita con el fin de establecer una relación intima y profunda con cada uno en particular. “ a fin de que, arraigados y cimentados en amor,” La idea es que como un árbol que profundiza la tierra con sus raíces para tomar de ella las sustancias que necesita y alimentarse, así el cristiano plantado en Cristo, hecha sus raíces en una intimidad, en una relación de amor cada vez mas intensa y significativa con él. Estas dos palabras “arraigados y cimentados” nos hablan también de una firmeza, la del árbol que al estar cada vez mas profundo en la tierra es a su vez más firme, y la del edificio que al estar establecido sobre un buen cimiento o fundamento, será resistente a todas las inclemencias del tiempo. Esto implica que toda nuestra vida espiritual y su desarrollo dependerán de que tipo de relación tengamos con Cristo.
La vida cristiana no se basa en un sinnúmero de normas e imposiciones morales, sino en una relación de amor y de comunión con el Señor. Es una entrega constante de Jesús a nosotros y de nosotros a él.
Jesús nos menciona este mismo punto del que hablamos, en el capitulo 15 de San Juan:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:4,5)
En este pasaje de Juan tenemos el mismo principio que en efesios, el de Cristo morando en nosotros. Está expresado en forma de mandato para que entendamos que tenemos una participación, que de alguna manera somos responsables en la experiencia práctica de esta maravillosa realidad.
“Permaneced en mí, y yo en vosotros.” El Señor apela a nuestra voluntad santificada y a nuestro espíritu, para que persistamos, para que continuemos en la posición en que hemos sido colocados. Esto significa que es posible, que por nuestra entrega y la rendición de nuestra voluntad a la suya, en la unión de la voluntad de Dios con la nuestra, podemos vivir de continuo en la presencia de Dios.
El Señor nos explica también en este pasaje que el fruto espiritual que podamos producir, es decir, que todas las obras que agradarán a Dios en nuestras vidas, serán solo el producto de la vida de Cristo fluyendo en nosotros. Absorbamos la sabia de Cristo que es su vida morando en nuestro interior, tomemos de él todo cuanto necesitemos, por fe.
“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1ª Corintios 1:30,31)
Cristo es nuestro todo, en él está toda la plenitud de la deidad, él es todo cuanto necesitamos. Dios no nos da un poquito de aquí y otro de allí, el nos ha dado a Cristo y junto con él todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad.
De aquí pasamos a exponer el siguiente punto que nos menciona San Pablo en el versículo 18; “seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura,”
Hemos tratado anteriormente sobre como la vida de Cristo se manifiesta en la vida individual de cada creyente, Cristo habitando y dándose así mismo a cada uno de nosotros. Esto es una gran revelación de la verdad de Dios, una realidad que hacemos nuestra por la fe y que cuanto más profundizamos en esta relación con Cristo se hace más tangible y mejor la percibimos.
Sin embargo debemos entender que no podemos ser llenos de toda la plenitud de Dios fuera de la comunión y de la participación de los santos. Dios nos llena de su plenitud en la medida en que en nuestro espíritu, y a través de el entendimiento espiritual comprendemos todo lo que el nos ha provisto.
No obstante no podemos encontrar el significado de la revelación de Dios, no la podremos entender completamente, fuera del contexto de la iglesia.
Como miembros del cuerpo de Cristo somos participes de toda la plenitud de Dios, ahí es donde él nos capacita y nos llena del pleno entendimiento espiritual.
Dios ha revelado sus misterios a la iglesia a través de la historia y por medio de sus santos, todos los que nos han precedido y que aun en la actualidad están viviendo. Necesitamos de ellos, de sus testimonios, de sus ministerios y dones con los que Dios les ha utilizado; procuremos saber como alcanzaron el conocimiento de Dios, observemos su conducta, como lograron la madurez y como sirvieron a Dios.
Desde los profetas del antiguo testamento, los patriarcas de la fe y pasando por los apóstoles, y siguiendo por todos los creyentes de todos los tiempos Dios ha estado plasmando su voluntad y revelando sus secretos, el ha derramado su plenitud en su pueblo, sobre su iglesia.
Podemos encontrar banderas que están colocadas por todo lo que es la pendiente a los lados de las cumbres espirituales, señalando aquellos lugares que muchos de nuestros hermanos han alcanzado en su experiencia espiritual, y si prestamos atención podemos oírles gritándonos y alentándonos, e invitándonos a aprovechar el legado que nos han dejado.
“y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” (Efesios 1:22,23)
Solo la iglesia en su conjunto puede abarcar y contener toda la plenitud de Dios, Él se revela abundantemente en la pluralidad del cuerpo compuesto por sus numerosos miembros.
Es en la integración de la iglesia y la interacción de todos los creyentes, es mediante nuestra comunión con otros cristianos que vamos a comprender “cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura,”
Las dimensiones de la experiencia espiritual son muy extensas y amplias para que un solo individuo las pueda alcanzar en su totalidad. Pero el Señor ha derramado toda su abundancia, su gloria, sus riquezas y sabiduría sobre la iglesia, la cual es su cuerpo la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. En la comunidad cristiana el Señor suple a cada individuo todo lo que pueda faltarle de modo que llegue a estar completo.
En este proceso por el cual vamos adquiriendo todo lo que Dios nos ha dado y estamos siendo llenos de la abundancia de Dios. Debemos comprender que toda la obra de Cristo en su vida, muerte, resurrección y ascensión, así como en su manifestación presente en la iglesia y vida de cada creyente. Todo lo que Dios ha hecho y pueda hacer por nosotros, obedece al amor de Dios. Y no hay mayor expresión de este amor que el habernos entregado a su Hijo Jesús, no existe un don mayor que este.
Es por eso que en el versículo 19 de efesios el apóstol continúa diciendo, “ y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”
Entendiendo que estamos en Cristo y Él en nosotros y que somos conscientes de ello, que pertenecemos a una comunidad de amor que es la iglesia, donde amamos y somos amados. Que estamos como hemos mencionado, arraigados y cimentados en amor. Prosigamos en conocer este amor de Cristo, vallamos mas profundo en esta intimidad con el Señor. Sigamos hacia la perfección en esta relación con Cristo, este es el camino, conocer su amor, apropiarnos de Él. No es suficiente para tener la plenitud de Dios desear sus dones o recibir todas aquellas cosas que Él nos da, necesitamos poseerle a Él, experimentar su amor en plenitud.
Este amor sobrepasa y excede a cualquier otro conocimiento, está muy por encima de toda sabiduría. Amar a Cristo debería ser nuestra mayor prioridad, no como una imposición, sino como el resultado espontáneo del efecto que produce su entrega hacia nosotros. Le amamos porque él nos amó primero.
Es teniendo en cuenta todo lo que San Pablo nos expone en este pasaje, y principalmente este último punto que nos habla de conocer el amor de Cristo, que seremos llenos de la plenitud de Dios.
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