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BAJO LA DISCIPLINA DEL SEÑOR (II Parte)

El propósito de la disciplina del Señor.

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (Hebreos 12:9-11)

En primer lugar, el Señor nos corrige para que aprendamos a obedecerle desde lo más profundo de nuestro espíritu. La necedad y la obstinación están muy incrustadas en nuestros corazones, no es algo natural el obedecer a Dios. Desde que el pecado tomó posesión de los hombres, él no quiere sujetarse ni obedecer a nadie, y menos aun a Dios. Pero Dios sabe cuan necesario es que lo obedezcamos en todo, es para nuestro bien eterno espiritual. Él nos ha creado como seres espirituales y eternos, Dios es nuestro Padre, el que nos ha engendrado en espíritu; de modo que si queremos ser sus hijos debemos obedecerlo, de otro modo no seríamos hijos suyos.
 
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” (Romanos 8:14)

Los que son hijos de Dios, aquellos que han recibido la naturaleza divina, se sujetan al Espíritu de Dios y lo obedecen, siendo guiados por su influencia. Los que obedecen son confirmados en un testimonio interior de que en verdad son hijos espirituales de Dios.
Sin embargo, como la escritura nos enseña con respecto a Cristo, que aun hasta él debió aprender la obediencia, siendo sin pecado, pero por lo que padeció aprendió. Así también cada creyente aprenderá a obedecer a Dios a través del sufrimiento, por medio de la disciplina, situaciones y cruces que Dios trae a su vida.

La segunda apreciación, es que el Señor nos disciplina, porque de esta manera nos imparte su vida. El se da de esta manera así mismo hacia nosotros. Él pone delante de nosotros la vida y la muerte, y nos da a elegir, aunque nos insta a que escojamos la vida. Él quiere fluir con su vida abundante en nosotros, derramarse completamente en nuestro ser, pero para que esto sea así debemos desechar nuestra propia vida, nuestras maneras, nuestra voluntariedad, así como todo lo que pertenece al viejo hombre y a la naturaleza carnal. Dios quiere hacer morir todo lo que es terrenal en nuestras vidas, es por eso que Él nos corrige. De esa manera nos limpia, podándonos como el agricultor hace con los árboles para que den mucho fruto y que éste sea de calidad superior.

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.(Colosenses 3:5-11)

“Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”(Romanos 8:12,13)

En tercer lugar, el Señor nos aplica su disciplina para algo que nos será muy provechoso y es para hacernos participes de su santidad. La santidad es muy conveniente para la iglesia del Señor, si es que quiere ser desposada con Cristo.
Como nos enseña las escrituras, Él está preparándose una novia pura, sin mancha y sin arrugas.
El Señor se dio así mismo para lograr este fin, el de purificarnos  y hacernos santos. Hemos sido lavados en la sangre del cordero, hemos sido limpiados por la palabra que nos ha dado y que hemos recibido, hemos sido renovados por su Espíritu, y seremos transformados conforme a su santidad por su obra continua y la operación de su gracia en nuestras vidas.

Nadie puede ver al Señor si no es desde la santidad; ésta es una virtud fundamental en la vida de todo cristiano.
No se profundiza ni un centímetro en la vida espiritual si no hay santidad de pensamiento, santidad en los deseos y santidad en todos nuestros actos. Ser santo es tener la misma pureza y limpieza de motivos que Dios tiene. La voluntad de Dios es la santificación de todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo.

  “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” (Mateo 5:8)

                               “¿Quién subirá al monte de Jehová?
                                 ¿Y quién estará en su lugar santo?
                                 El limpio de manos y puro de corazón;
                                El que no ha elevado su alma a cosas vanas,
                                Ni jurado con engaño.
                               Él recibirá bendición de Jehová,
                               Y justicia del Dios de salvación.
                              Tal es la generación de los que le buscan,
                              De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob.”
                                                                              (Salmos 24:3-6)

Dios abre el velo de su santuario para aquellos que viven en santidad, ellos serán los únicos que lo podrán contemplar. La continua presencia de Dios se haya en el camino de la santidad.
En cuarto y último lugar, quiero mencionar el descanso y la paz que traerá como consecuencia la corrección del Señor en nuestras vidas.
           
                     “Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, corriges,
                Y en tu ley lo instruyes,
                      Para hacerle descansar en los días de aflicción,
                      En tanto que para el impío se cava el hoyo.”
                                                                                 (Salmos 94:12,13)

Este pasaje revela un interesante propósito de la disciplina, corrección e instrucción del Señor, a saber el de prepararnos para los días de prueba, de aflicción y de tribulación, para que cuando atravesemos por ellos tengamos la paz y el descanso en nuestra alma y espíritu.

El que ha sacado provecho cuando Dios lo ha corregido y ha aprendido las lecciones que Dios le ha querido enseñar, no será conmovido en los momentos más difíciles de la vida.
De esta manera el Señor nos entrena, cuando de continuo nos corrige, para que cuando llegue el fuego y el horno sea calentado siete veces, no suframos daño alguno, sino que solo se queme lo que se ha de quemar.

La disciplina espiritual es el ejercicio al que son sometidos los santos de Dios para que se desarrollen y crezcan en las virtudes espirituales. Para que los creyentes avancen en la gracia de Dios, Él los debe tratar bajo su mano. ¡Que descanso, que paz y seguridad tenemos cuando sabemos que estamos bajo la mano de Dios!
Cuanto amor nos transmite nuestro Padre celestial cuando nos aplica su castigo. Hay esperanza en los azotes que Dios nos da. Significa que no nos ha desechado, ni se ha apartado de nosotros, sino que aun tenemos muchas posibilidades.

“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo;” (1ª Pedro 5:6)

Procuremos aprobar los exámenes de Dios de buen grado.

Dios usará diferentes métodos de corrección para así sacarnos de nuestros errores y desvíos, para arrancar de nuestros corazones la obstinación y la rebelión. Si Él no lo hiciera así, nos apartaríamos con gran facilidad de sus caminos y nos extraviaríamos. Sin embargo el Señor está siempre atento y observando nuestro caminar, viendo nuestras actitudes, para intervenir cuando es necesario.
Dios usa la instrucción y nos da a conocer su ley, su verdad, su voluntad. Nuestro Padre celestial nos enseña antes, durante y después de cada corrección. Esta es una escuela por la que todos los cristianos deben pasar y graduarse.

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” (2ª Timoteo 2:15)

La única forma de hacer uso de la verdad correctamente, es grabarla en nuestros corazones y vivirla. No existe otra manera de aprobar los exámenes de Dios, sino obedeciendo lo que nos manda, practicando lo que nos ha enseñado.
Junto con la instrucción Dios nos da la capacidad, la gracia necesaria para que hagamos lo que nos pide. Si con la enseñanza de la verdad no recibimos la revelación de cómo hacerla nuestra, de cómo experimentarla, entonces solo será una gran carga, un peso difícil de llevar. Por eso es importantísimo no quedarnos en el umbral de la puerta del conocimiento y de la teoría teológica, sino pedirle a Dios la revelación, el pleno entendimiento espiritual. Por medio de la revelación, la verdad obra con todo su poder alcanzando nuestro espíritu y haciéndola nuestra experiencia.

Es mejor tener o poseer un poquito de revelación espiritual que mucho conocimiento intelectual acerca de Dios.
La revelación de Dios nos lleva a amarlo de forma indescriptible y a entregarnos a Él incondicionalmente. En la revelación actúa el Espíritu Santo de forma poderosa, nos subyuga, nos atrae, nos transforma con su luz.

Quisiera concluir este mensaje diciendo que es rentable y muy provechoso para nuestra vida espiritual, soportar y aceptar de buen agrado los tratos de Dios y cuantas veces seamos corregidos o castigados por Él. Porque al fin, todo lo que Dios haga dará su fruto, una cosecha espiritual perdurable, un desarrollo y crecimiento espiritual imparable, y un conocimiento de Dios experimental.
Procuremos no rechazar la mano que nos castiga; propongámonos no menospreciar el trato que Dios nos quiera dar aunque en principio nos desagrade. Seamos en esto como el patriarca Job, que con todo lo que pasó no atribuyó a Dios despropósito alguno.

P.Jurado Rodriguez.
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