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El  RETO  DE  SEGUIR  A  CRISTO (3ª parte)

Requisitos concretos que nos exige el Señor para que podamos seguirlo.

Cuando se habla del costo de seguir a Cristo nos referimos a las implicaciones que esto tiene, las exigencias que conlleva, las actitudes adecuadas que debemos tener y la obediencia que el Señor nos pide.
Este tema no nos debe desalentar, si en verdad queremos ir tras el Maestro, pues su yugo es fácil, y ligera su carga.
También nos dicen las escrituras, que es Dios el que produce en nosotros así el querer como el hacer por su buena voluntad. Lo que es imposible por nosotros, es posible para Dios cuando lo dejamos obrar.

Hay un aspecto en el que somos únicos responsables y en el que Dios no se va ha inmiscuir, es en nuestra opción libre, nuestra capacidad de decidir.
La Biblia nos dice que es del hombre la disposición del corazón. La única manera en que podemos cumplir las demandas de la vida cristiana es uniendo nuestra voluntad a la de Dios, y consintiendo que el obre por su Espíritu en nosotros.
Es el mismo Jesús, el único que tiene derecho y autoridad de establecer las condiciones para aquellos que lo quieren seguir.

Hay un precio, existe un costo que hay que pagar si queremos ser seguidores de Cristo. La experiencia del discípulo, la vida cristiana autentica nos costará  nuestra propia vida y esto es algo que no todos están dispuestos a desembolsar, así como tampoco, muchos parecen tener los recursos necesarios para hacerlo, bien porque no entienden, o no saben recibir todo lo que Dios les ha concedido para que esto sea posible.
Si nuestra experiencia cristiana no nos está costando nada, entonces no tiene ningún valor. Si en nuestra manera de seguir a Jesús no estamos pagando un alto precio, entonces no le estamos siguiendo en verdad a él.
Representa un gran desafío ser un discípulo y seguidor de Jesucristo.

Veamos algunas de estas condiciones que el Señor pone a los que pretendan seguirlo. Pero antes analicemos un poco que incongruentes nos pueden parecer a simple vista esos requerimientos.

“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”……. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:26, 27,33)

A muchos, bien intencionados, les cuesta entender estas palabras de Jesús. He infieren que el Señor no estaba diciendo exactamente lo que quería decir con estas frases, es decir, que esta escritura no la podemos entender en forma literal.
La primera impresión que nos causa estas demandas es que son realmente duras y difíciles de cumplir.
Sin embargo en otra ocasión en la que el Señor desafió a las multitudes muchos dejaron de seguirlo y aun sus propios discípulos dijeron lo que se lee a continuación:

“Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende?”............. “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Juan 6:60, 61,66-68)

Existe un proceso decadente en la actitud de aquellos que chocan con las exigencias de Jesús.

  • Tachan a Dios de duro al mostrar tal actitud ante su palabra. “Dura es esta palabra”
  • Entran en murmuración y queja contra Dios. Se cuestiona la verdad de Dios.
  • Se sienten ofendidos. Existe un choque entre sus ideales cristianos y las demandas reales que Dios hace.    Jesús dijo: “y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.” (Lucas 7:23 b)
  • Todo lo anterior lleva a muchos al abandono, a la renuncia de seguir como discípulo a Jesucristo.
  • Por el contrario los que creen y abrazan la palabra del Señor sea cual sea, descubren la sabiduría espiritual y la vida que hay en ellas. En el contexto del capitulo 6 de Juan, Jesús dice que las palabras que el nos ha hablado son espíritu y son vida.

    Ahora bien, San Pablo, en su primera carta a los corintios dice:
    “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1ª Corintios 1:18)

    Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (1ª Corintios 2:14)

    Es importante comprender que siempre existe una oposición entre nuestros deseos y pensamientos naturales, y la mente de Dios, o deseo del Espíritu. Una de las primeras impresiones que tenemos es de contrariedad y confusión, porque somos incapaces de entender, o de descifrar con nuestra propia capacidad lo que Dios nos dice. Muchas de las cosas que Dios pide nos resultan ilógicas e incomprensibles. 
    Sin embargo debemos estar advertidos en que Dios no espera que lo entendamos todo para que lo obedezcamos. Y que si vamos a entender algo solo será posible por medio del espíritu a través del cual podemos discernir la voluntad expresa de Dios.

    En primera instancia, Jesús requiere estar por encima de cualquier afecto natural y humano.
    Comparemos el pasaje en estudio con este otro versículo de San Mateo capitulo 10.

    “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.” (Mateo 10:37-39)

    Es una cuestión de prioridad y orden espiritual. El primer mandamiento es, amarás a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Nuestro amor a Cristo debe ser superior al de cualquier criatura si es que queremos ser sus discípulos.
    Aborrecer, dentro del contexto de la enseñanza de Jesús en este pasaje significa no amar por nosotros mismos, sino amarle a Él para luego amar a los demás a través de Él. No hay otra forma de entenderlo puesto que toda la escritura nos muestra que debemos amar a nuestro prójimo y hermanos, y la palabra de Dios no puede contradecirse. De manera que lo que Jesús nos está diciendo es que rehusemos a todo afecto que no esté orientado por medio de Él. Cuando esto no es así nuestras relaciones afectivas suelen ser bastantes egoístas e imperfectas. Sin embargo, cuando amamos primero a Dios, el derrama su amor puro y sano en nuestros corazones, para que así amemos a los que nos rodean e incluso a nuestros enemigos.

    En segundo lugar, el Señor demanda que para seguirlo llevemos nuestra cruz. Esto significa que debemos tener una cierta disposición al sufrimiento. La cruz será lo que pruebe nuestra entrega y obediencia a Dios. Sin ella no puede existir el discipulado. La cruz expresa la perfecta voluntad de Dios para nuestras vidas y en ella será sacrificada nuestra propia voluntad, muchos de nuestros deseos y de nuestras aspiraciones. Tomar la cruz significará una muerte diaria a nosotros mismos, para que así la vida de Jesús se manifieste.

    En tercer lugar, el Señor exige que renunciemos a todas nuestras posesiones. Esto quiere decir que nuestras manos deben estar abiertas, no agarrarnos a nada excepto a Cristo. No nos hagamos tesoros en la tierra sino en los cielos, porque ahora nuestra vida está con Cristo en los lugares celestiales. Otra vez en todo este asunto la prioridad es muy importante. Si bien es cierto que tenemos diferentes necesidades, como son el alimento, el vestido, la vivienda y de una economía digna. La palabra de Dios una vez más establece el orden:

    “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:31-33)

    Las posesiones hacen también referencia a nuestras propias capacidades, dignidad propia, justicia propia, incluso a meritos académicos. El apóstol San Pablo lo tenía todo por basura con tal de conocer profundamente a Cristo y de ser semejante a Él. ¿Cuántas veces los creyentes se aferran a todas estas cosas y se sueltan de Cristo? Ellos aman más su posición y estatus que al Señor, prefieren conservar su buen nombre a ser identificados como discípulos de Jesús. Son débiles en la fe aunque parezcan fuertes y sabios en otros asuntos naturales. La palabra de Dios nos enseña que Moisés siendo príncipe de Egipto rehusó por la fe llamarse hijo de la hija del Faraón, escogiendo antes ser vituperado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales.

    Jesús dijo que no había nadie que hubiese dejado padre, madre, mujer, hijos y posesiones que no recibiera cien veces más y la vida eterna.


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