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EL SEÑOR ESTÁ CON LOS QUE LE AGRADAN (1ª parte)

“Porque el que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” (Juan 8:29)

El tema de este mensaje nos puede parecer condicionante en principio. Sin embargo, no debemos quitar o añadir nada a aquello que es la verdad de Dios por más crudo que ello nos parezca. Muchísimas de las promesas de Dios expresadas en las escrituras están condicionadas a algo que Dios pide y espera que cumplamos. Es Dios quien ha puesto los requisitos y condiciones para nuestra salvación, así como para el cumplimiento de cualquiera de sus promesas. No nos toca a nosotros enmendarle la plana a Dios. Debemos tener mucho cuidado de no quitarle al hombre la responsabilidad que tiene para con Dios cuando hablamos de la gratuidad de la salvación, o de las bendiciones que Él quiere otorgarnos.
Aunque la salvación es por gracia e inmerecida, no debemos ignorar que para recibirla media la fe como una condición. De otra manera todo el mundo sería salvo si eso no fuera así, ya que Cristo murió por todos. Pero no es de todos la fe, por tanto no son todos salvos. Lo mismo sucede con las promesas del Señor, no es cosa de que Dios tenga preferidos a los cuales él da más dones o regalos que a otros. Sino que unos llenan los requisitos de Dios y otros no. Unos se ajustan a las demandas de Dios y otros no prestan atención a las condiciones que Dios establece. Hecha esta aclaración, nos ocupamos ahora del versículo citado.

Jesús es nuestro ejemplo perfecto

Con esta seguridad en sus palabras podía Jesús dirigirse a los que le escuchaban. Los judíos siempre estaban buscando una ocasión para acusar al Señor. Ellos siempre estaban procurando cazarle en alguna palabra fuera de lugar, y por eso continuamente le bombardeaban con preguntas suspicaces, para poder pillarle en algún error. Sin embargo, nunca pudieron sorprenderle en ninguna torpeza, ni en ningún pecado. En una ocasión Jesús les retó diciéndoles: ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Es por esto, que el Señor les enseñaba con autoridad y todos le escuchaban, aunque no todos le creían. El Señor era santo, y su santidad era manifiesta a todos.
El Señor es el modelo de vida para el cristiano de todos los tiempos. Dios el Padre nos escogió para que seamos semejantes a Jesús. Él nos hizo hijos suyos, nacidos por el Espíritu, él nos justificó de nuestros pecados, y derramó sobre nosotros el Espíritu Santo  sellándonos así para la redención.
El Espíritu Santo nos transmite todo lo que es de Cristo, su vida, su carácter, sus virtudes. En todo hijo de Dios hay un fuerte anhelo del espíritu en ser como Cristo, a su imagen y semejanza, en todo sentido y aspecto de la vida.

Todos los cristianos somos enviados

En las palabras del texto que nos ocupa, hemos leído “Porque el que me envió, conmigo está”. Jesús sabía que Él fue comisionado; Él no vino al mundo por su propia cuenta y riesgo. Dice la escritura que cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su hijo nacido de una mujer y nacido bajo la ley. Él era el Mesías, el enviado. Y ese nombre designaba una identidad, no sólo una misión. Jesús no hacia nada por su propia cuenta, o por sí mismo; Él no hacia nada, ni hablaba nada que previamente el Padre no le hubiera indicado.
El Señor dijo. “Como el Padre me envió, yo os envío”. Desde el momento en que creímos y nacimos de nuevo del espíritu, somos enviados. Desde el instante en que somos constituidos hijos de Dios, ya no vivimos para nosotros, ya no actuamos por nuestra cuenta. La identidad de hijos de Dios nos ha convertido automáticamente en enviados. Dios nos escogió para cumplir un propósito, un plan y una obra a través de nosotros. Jesucristo es nuestro Alfa y Omega, nuestro principio y fin; Él es el autor de nuestra fe. Esto quiere decir que Jesús es el origen de todos nuestros movimientos y acciones, de nuestras palabras y nuestras obras. “Porque en él vivimos y nos movemos y somos”
El origen y la fuente de nuestra fuerza y de nuestra vida proceden del espíritu. Él es nuestra única razón de ser, Jesús. Y sin Él nada podemos hacer que sea agradable a Dios.
Como Dios estaba con Cristo el Mesías, así Él está con nosotros, es un compromiso de Dios con todos los que son enviados. De la misma manera que el Señor estuvo con sus profetas y ellos podían declararlo con firmeza, podemos hacerlo también nosotros; “Vive Jehová en cuya presencia estoy”. El Señor acompaña a todo el que envía, y a todo el que va en obediencia a su mandato.

P.Jurado Rodriguez.
© SentirCristiano.com

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