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EL SEÑOR ESTÁ CON LOS QUE LE AGRADAN (2ª parte)
“Porque el que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” (Juan 8:29)
Dios no nos ha dejado solos
Jesús dijo también: “No me ha dejado solo el Padre” El Señor tampoco nos ha dejado solo a nosotros. Él mora con nosotros, habita en nosotros, somos su templo. El Espíritu Santo es Dios viviendo en nosotros, en el centro de nuestro ser, es la presencia real de Dios nuestro Padre.
Al Señor no debemos buscarle fuera de nosotros, sino en nuestro interior. No es necesario buscar la señal de Dios como si fuéramos una antena, o como si se tratase de localizar un OVNI. Él está en nosotros, Cristo habita por la fe en nuestros corazones.
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? (Romanos 6:19)
“¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? (Santiago 4:5)
Somos morada de Dios en el espíritu. Que el Señor nos ayude a comprender esto en todo su significado. Que el Espíritu Santo nos abra los ojos para que podamos ver con claridad y entendimiento pleno esta realidad, y nos haga consciente de ella.
El Señor Jesús tenía en sí mismo el testimonio de la presencia del Padre, tenía la completa seguridad de que Dios el Padre estaba con él y que lo apoyaba en todo.
Procuremos agradarle siempre
Sin embargo, la confirmación que Jesús sentía de la compañía del Padre, esa seguridad estaba supeditada al hecho de que siempre hacia lo que a Él le agradaba. “Porque yo hago siempre lo que le agrada” Lo más importante para nuestro Señor era agradar a su Padre. Para Jesús, hacer la voluntad del Padre se había convertido en su comida y su bebida.
El Padre daba testimonio de que su hijo le agradaba, Él estaba contento con Jesús, su amado Hijo. Así también se lo manifestó a los discípulos cuando les dijo: “Este es mi Hijo amado, a Él oíd” También dijo el Padre en otra ocasión “Este es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia”.
Lo primordial para Jesús era satisfacer la voluntad de su Padre, obedecerle en todo. ¿Es éste también nuestro objetivo como hijos de Dios? ¿Deseamos y procuramos agradar al Señor siempre?
Agradarle nos hará tener el sentido de su presencia. Cuando estamos en el centro de la voluntad de Dios sabremos que Dios se agrada, porque tendremos su testimonio en nosotros. El gozo de Dios, la satisfacción de Dios nos alcanzará y se reflejará en nosotros como un eco en su retorno.
Nuestro propósito como hijos de Dios debe ser agradarlo solo a Él, y honrarlo solo a Él. Aunque agradando a Dios, no agrademos a los hombres. Es muy difícil que agradar a Dios, coincida con el agrado de los hombres. Pablo decía que si buscara agradar a los hombres no sería siervo de Cristo. No obstante cuando servimos a Dios y lo agradamos, aquellos que hacen la voluntad de Dios también se alegrarán con nosotros.
Existe una reciprocidad, hay una comunión espiritual entre aquellos que agradan a Dios haciendo su voluntad. “Si andamos en luz, como Dios está en luz tenemos comunión unos con otros”
Ahora bien la Escritura dice que “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8) Esto se refiere a los que siguen sus propios impulsos, los que se esfuerzan en su voluntad propia, los que siguen los designios de sus pensamientos y de sus deseos. No hay nada de nuestra parte que pueda agradar a Dios, nada en nosotros mismos con lo que nos podamos presentar ante Él. Toda nuestra religiosidad es como un trapo de inmundicia. Tenemos las manos vacías a no ser que el Señor nos las llene. Dependemos del Espíritu Santo si queremos agradar a Dios. Nosotros somos aceptos a Dios en el Amado. Jesús nos dejó dicho “sin mí nada podéis hacer” “Permaneced en mí y yo en vosotros”
Apropiémonos de la obra de Cristo, de su vida, que nuestra vida sea la suya; de hecho nuestra vida abundante y agradable a Dios está escondida en Cristo. Apropiémonos por fe la herencia de la tierra que el Señor ha conquistado para nosotros.
Miremos al rostro del Señor y cuidemos de agradarle siempre. No miremos a los que nos rodean buscando su aprobación y obedezcamos a Dios. El Señor se ocupará de los demás si nosotros estamos haciendo su voluntad. No es fácil obedecer a Dios sin que nos importe las consecuencias en nosotros y en otros, y aun en las circunstancias.
En cierta ocasión oí decir a una misionera: “Hacer la voluntad de Dios cuesta, pero más nos costará no hacerla”
¡Oh, que el Espíritu Santo nos haga valientes para que estemos firmes en la voluntad de Dios! ¡Que Él nos conceda como a los valientes de David, tener rostros como de leones y que no temamos a nada! Amen.
P. Jurado Rodríguez
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