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LA INTEGRACIÓN DE LOS CREYENTES EN LA IGLESIA (1ª parte)

Salmo 133;  Efesios 1:9,10; Efesios 4:1-16; Hechos 2:42-47; 1Corintios 12:1-31

El tema de la integración de los creyentes en la iglesia es una necesidad fundamental y propia de lo que es y debe ser el cuerpo de Cristo, ello puede abarcar muchísimos asuntos importantes y necesarios. Además de ser algo vital para el desarrollo, madurez y utilidad de los creyentes en su servicio a Dios y a otros. También es importante porque da protección, o como solemos denominar, ofrece cobertura espiritual, reduciendo al mínimo el que los cristianos más débiles o que están en las primeras fases de su desarrollo se marchen de la iglesia por no ser atendidos.

En este escrito solo quiero mencionar algunas ideas que considero bíblicas y necesarias poner en práctica y esto sin animo de ser dogmático en mis planteamientos. Espero que puedan servir de algo, o al menos suscitar el debate por su interés, bien como base o punto de partida para conocer la voluntad de Dios al respecto o llegar a conclusiones más concretas y acertadas considerando el tema desde otras perspectivas.

Los propósitos de Dios

Creo que es importante tener en cuenta cuales son los objetivos de Dios para la Iglesia, que a mi entender son varios: Que sea una iglesia unida, un cuerpo cohesionado de creyentes que son semejantes a Cristo. Que cada creyente crezca espiritualmente y vaya hacia la madurez; que cada uno de los hijos de Dios descubra su función en la iglesia y que cumpla su ministerio y misión en la vida. Que sean uno con Dios en una perfecta unidad por siempre y para siempre.

En la oración que Jesús hizo por sus discípulos, mencionada en Juan capitulo 17, expresó cual era su deseo y voluntad respecto en que manera ellos iban a ser un testimonio de Dios, he iban a ser creídos por el mundo.

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” (Juan 17:20-23)


Que seamos uno como el Hijo y el Padre lo es y que lleguemos a ser uno con Dios.

No podemos hablar suficiente acerca de la importancia de la unidad de la iglesia, pero también es cierto que se habla y se enseña muy poco o casi nada acerca de la unidad con Dios. Y según la palabra lo uno está interrelacionado con lo otro. Jesús enseñaba a sus discípulos y les dejaba ver continuamente su unidad con el Padre como un valor importantísimo y como el secreto de su vida.

El se empeñaba en que sus discípulos entendiesen que su vida, sus palabras, sus milagros y todo lo que hacía, procedía de su relación y unidad con su Padre. El Señor les estaba trasmitiendo su secreto más valioso, y que así era como debían ellos actuar y vivir, en completa unidad y dependencia de Dios.

“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” Juan 14:20

Antes de su partida y ascensión al Padre, Jesús declaró a los discípulos lo que esperaba de ellos y les dio lo que llamamos la gran comisión. Instándoles a que predicaran el evangelio a toda criatura y que hiciesen discípulos en todas las naciones, así como él había hecho con ellos.

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” Mateo 28:18-20

Para que estos propósitos de Dios se lleven a cabo y se hagan realidad, Jesús hizo todo lo necesario por medio de si mismo, así como también nos trasmitió ciertas pautas o principios eternos.

Si no obedecemos y seguimos esos principios de vida espiritual jamás lograremos alcanzar o ver realizados los planes de Dios ideados desde antes de la fundación del mundo.

¿Podemos estorbar y retrasar o frustrar los planes de Dios? Si ¿Podemos incumplir y ser un obstáculo y estorbo para que se cumplan sus propósitos? Si.

Tenemos voluntad y capacidad para retrasar lo que Dios pretende hacer, ser de tropiezo para la obra que quiere realizar. Sin embargo no tenemos la capacidad para adelantar ni en el tiempo, ni en ninguna medida lo que solo él tiene en su mano como Dueño y Señor de la iglesia. “En sus manos están nuestros tiempos.” Pablo refiriéndose a la obra de Dios dijo: “Yo sembré y Apolos regó, pero el crecimiento lo da Dios”

Valga decir que el crecimiento que cuenta, el que vale para Dios, el que él estima, es aquel que él mismo produce. ¿Significa esto que debemos tomar una actitud pasiva? En ninguna manera.

Colaboradores con Dios

Las escrituras nos muestran que somos colaboradores de Dios, sus siervos, instrumentos con los que él cuenta para desarrollar sus planes en la tierra. Trabajamos y debemos trabajar a las órdenes del Señor.

Cristo es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y expresión en este planeta de sus más altos propósitos. De él emanan las órdenes, él dirige, él establece las reglas y condiciones; él es el único Señor. ¿Cómo llevamos esto a la práctica? Esta es una buena pregunta que nos debemos hacer.

Otra cuestión sería también preguntarnos si estamos pagando el precio necesario para que Cristo sea en verdad nuestro Señor y Cabeza. O por el contrario somos nosotros, el hombre, el que lleva las riendas de la iglesia.

Según las escrituras entendemos que Dios cuenta con nosotros, con nuestra aprobación, aceptación, así como con nuestra rendición a su voluntad. Dios espera a nuestro consentimiento, a que nos pongamos de acuerdo con él para así poder actuar.
Sin embargo aunque nuestra aprobación es importante, no es suficiente, necesitamos conocer lo que él se ha propuesto hacer, y como lo quiere hacer. Entiendo que esto es fundamental si queremos saber que espera Dios de nosotros, y cual será nuestra función.

Si no conocemos los objetivos de Dios o la finalidad de sus propósitos ¿Cómo nos vamos a encauzar para cumplirlos? Si los conocemos, o al menos tenemos una vislumbre, si los entendemos, aunque sea en parte, podremos orientarnos para poderlos realizar.

“Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.” (Efesios 5:17)

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”(Romanos 12:2)

Teniendo claramente establecidos cuales son los planes de Dios, o propósitos finales, todo cuanto hagamos, cualquier obra o actividad, toda decisión deberían ir encauzadas y orientadas hacia esos objetivos.

¿Podemos esperar que Dios nos muestre su voluntad? De otra manera como lo vamos a obedecer. Por toda la palabra de Dios encontramos referencias, testimonios, promesas y exhortaciones que nos muestra el interés que él tiene a que esto sea así.

“Mi pueblo fue llevado cautivo, porque le faltó conocimiento”

“El pueblo que no tiene visión perecerá.”

Estas son solo un par de frases escriturales que nos muestran la importancia de tener conocimiento de la voluntad de Dios, y del peligro de ignorarla.


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