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LA  MEDIDA  DE  LA IGLESIA (III Parte)

En segundo lugar, la medida de la iglesia está determinada por el altar. Esto representa en la vida del cristiano el sacrificio, lo que estamos dispuestos a entregar a Dios. 
En la antigüedad Dios había ordenado a su pueblo escogido que no podía faltar el sacrificio sobre el altar para la expiación por sus pecados, ni tampoco las ofrendas de paz. Esos sacrificios de animales, los cuales no podían tener defecto alguno, se hacían para reestablecer la relación de los hombres con Dios. Sin derramamiento de sangre no era posible la remisión de los pecados, ni una reconciliación con Dios.

Cuando Cristo entra en el mundo se ofrece como el Cordero de Dios para quitar los pecados de los hombres, llevándolos sobre sí mismo en la cruz. Pero Jesucristo hace mucho más que ofrecerse así mismo en sacrificio, Él se entrega sin reserva alguna al cumplimiento de la voluntad de Dios.

“Por lo cual, entrando en el mundo dice:
Sacrificio y ofrenda no quisiste;
Mas me preparaste cuerpo.
Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.
Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” (Hebreos 10:5-10)

La vida de Jesús era una continua entrega en el altar de la voluntad de Dios, para al final de sus días sobre esta tierra, darse totalmente al instrumento de su muerte, como la última expresión de su obediencia al Padre.
Dios quiere de cada uno de sus hijos que se entreguen sin reservas al cumplimiento de su voluntad, y sigamos de esta forma las pisadas de nuestro Señor. Dios no se contenta con menos de esto. La palabra de Dios nos dice:

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:1,2)

¿Cuál debe ser nuestro sacrificio a Dios? Según el pasaje que hemos leído, el de nuestros cuerpos, en una entrega de nuestras vidas, en una dedicación exclusiva. Esto es lo que significa “en sacrificio vivo”. Le ofrecemos a Dios no solo la carcasa de afuera, sino todo nuestro ser, nuestros sentidos, nuestra voluntad y nuestro espíritu.
En el altar le expresamos a Dios nuestra consagración por medio de Jesucristo quien nos ha hecho santos por su sangre. De nosotros mismos no hay nada que Dios pueda aceptar, pero Dios nos ha aceptado en Cristo Jesús. Es la única forma de agradar a Dios, a través de Jesucristo.

¿En qué estado se encuentra el altar de Dios en nuestras vidas? ¿Está derribado? ¿Hemos abandonado el continuo sacrificio? ¿Existe siquiera un altar en el pueblo de Dios?
Os ruego en nombre de Cristo que volváis ha renovar vuestro pacto con Dios, vuestro compromiso inicial, que piedra sobre piedra volvamos a edificar ese altar en ruinas.
En el templo de Dios no puede faltar el altar del sacrificio, no podemos pretender seguir a Cristo sin pagar un alto precio.

Ese altar representa la voluntad de Dios para cada una de nuestras vidas, y es todo aquello que hará que muramos a nuestra carne, al egoísmo, al orgullo, a los intereses propios. En el altar, así como en la cruz seremos atravesados por el sufrimiento, el dolor, para que todo lo que pertenece al hombre viejo sea destruido. El fuego descenderá del cielo sobre el sacrificio puesto sobre el altar de Dios, y Dios será glorificado y revelado como el único que tiene poder para dar vida nueva y hacer que resucitemos.

Es posible, que como a Abrahán Dios nos pida que sacrifiquemos algo muy querido y apreciado por nosotros. Incluso tal vez, como le sucedió a él, que Dios le pidió al hijo de su promesa, algo que el mismo Dios le había dado. Dios probó su obediencia y Abrahán salió aprobado no rehusándole a su hijo. La palabra de Dios dice que este siervo de Dios tenia fe de que el Señor podía devolverle a su hijo aún de entre los muertos. 
Si deseamos más de Dios, la única forma de conseguirlo es dándonos a Él sin reservas.

Es posible que debamos derribar otros altares donde el sacrificio que estamos ofreciendo no es para Dios.
En el pueblo de Dios de la antigüedad existían los lugares altos, donde se encontraban altares en los que los antepasados de Israel habían sacrificado a otros dioses. Estos santuarios representan cosas que tenemos en gran estima, ídolos a los que adoramos, que no son necesariamente tallas de madera o de metal, puede ser un deporte, el dinero, la comodidad, el trabajo, los amigos, nuestras vidas, en los que el tiempo y nuestros afectos son gastados como prioridad. Esos lugares deben ser destruidos, quitados de en medio. De lo contrario nos desviaran de nuestra sincera fidelidad a Cristo. El Señor es el único que merece el sacrificio y entrega de nuestras vidas. Solo Jesucristo tiene pleno derecho a estar por encima de todo y de todos, y sobre toda nuestra existencia, porque como dice la escritura:

“Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.” (Romanos 14:7-9)

P.Jurado Rodriguez.
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