Con Acento Poét.

  Enfermería

  ERE

  Evangelismo

  Marrruecos

  Misión Urbana

T por una Sonrisa

  Visita a los asilos

  Álbum de Fotos

  Arqueología

  Artículos

  Entrevistas

  Forwards

  Locura General

  Reportajes

  Testimonios

  Enlaces

Inicio



LIMPIEMONOS  DE  TODA  CONTAMINACIÓN (1ª parte)

(2ª Corintios 6:14-18)

“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2ª Corintios 7:1)

El titulo que encabeza el texto que hemos leído en la palabra de Dios es: “Somos el templo del Dios viviente” esto está tomado del versículo dieciséis. La clave central para todo el argumento y la exhortación que hace el Apóstol San Pablo en este pasaje se hayan en ese hecho, de que somos el templo de Dios. Es de importancia vital que entendamos esta realidad espiritual y que seamos plenamente conscientes de ella.
Es decir, que nada de lo que nos expone el apóstol en toda esta escritura tiene ningún  sentido si no comprendemos que su razón está en que Dios nos ha escogido para que seamos su pueblo y su morada.

“Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo:
Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” (vs. 16)

Ahora bien, existen otras razones que nos expresa Pablo en estos textos por las que nos exhorta a la santidad y a una limpieza de vida. En el vs. 1 del capitulo 7 dice: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas”

Existen promesas que Dios nos ha dado en su palabra por las que bien merece la pena que obedezcamos las demandas que las acompañan. Es muy importante notar en las escrituras que siempre junto a las promesas de Dios hay condiciones que obedecer para que esas cosas prometidas se cumplan y las vivamos en la experiencia.
Vamos a mencionar brevemente algunas de las promesas que tenemos en esta porción de la biblia y después vamos a analizar lo que nos está pidiendo Dios que hagamos para que las veamos cumplidas.

Las promesas que Dios nos hace:

“Templo del Dios viviente”

Ya hemos mencionado el hecho de que somos templo de Dios, esto en si es una promesa cumplida y es algo maravilloso e indescriptible. Este es un gran misterio que ha sido revelado y manifestado a los creyentes. Dios ha venido a habitar por la fe en nuestros corazones. Sin embargo este morar de Dios o habitar, es mucho mas que una estancia estática y pasiva de su presencia. Esto nos habla de una realidad viva, de un mover de Dios en nuestras vidas, pues él es el Dios viviente. Dios no es un ídolo estático y mudo, ni habita en templos hechos por manos de hombres. El es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de vivos, no de muertos.

Ser el templo de Dios lleva implícito tener una relación intima y de comunión estrecha con él. “Mi casa será llamada, casa de oración” Así Dios, quiere hacer de cada uno de aquellos que creen en él su santuario, un lugar donde el se manifieste y desde donde se comunique con cada individuo. Ser templos de Dios significa que ha habido una previa consagración, una dedicación, una entrega de nuestras vidas en cuerpo y alma para hacer su voluntad.
El templo es un lugar de culto, dedicado para  la adoración y el servicio a Dios. La vida de un cristiano es un continuo darse a Dios, es un continuo rendirse a la voluntad de Dios y a su señorío.

“Y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”

La promesa en estas palabras es que Dios será nuestro Dios personal, el estará por nosotros y a nuestro favor siempre y cuando cumplamos con sus condiciones. Observemos que cada cosa prometida está antecedida por esa “Y” que condiciona la promesa a las demandas que Dios ha hecho con anterioridad. Lo que Dios nos dice aquí es que el se dará a nosotros, nos cuidará y nos protegerá. San Pablo dice en su carta a los romanos:

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:31,32)

Esta promesa no solo nos dice que él será nuestro Dios sino que también nosotros  seremos su pueblo.

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.” (1ª Pedro 2:9,10)

“Y yo os recibiré”

Cuando atendemos a las demandas de Dios, a las condiciones que el requiere, entonces el también nos recibirá y escuchará cuando clamemos por su ayuda y socorro en nuestras necesidades.

“Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas”

La relación e intimidad con Dios va en aumento y en forma progresiva con sus criaturas. Hemos visto que seremos su templo y el lugar de su habitación, hemos considerado el hecho de que Dios nos tenga como su pueblo y de que nos reciba y atienda cuando lo buscamos. Y ahora, en esta última promesa él nos promete ser nuestro Padre y tratarnos como a hijos.

Es importante entender que siendo el templo de Dios y su pueblo ya somos hijos e hijas de Dios. Esto fue realizado en el momento en que creímos en Jesucristo como Hijo de Dios y nos arrepentimos de nuestros pecados recibiéndole en nuestros corazones como nuestro salvador. El primer capitulo del evangelio de San Juan nos dice que todos los que recibieron a Jesús, a todos los que han creído en su nombre les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios.

Ahora bien, el que seamos llamados hijos de Dios no significa que debamos darlo todo por sentado, y que Dios está obligado a darnos todo lo que queremos sin que tengamos en consideración sus demandas. Dios espera nuestra obediencia, que nos sometamos a su voluntad, que tengamos en cuenta en cualquier ámbito de la vida cual es su propósito y lo que quiere de nosotros.

“Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.” (Marcos 3:35)

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14)

“Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.” (Hebreos 12:7,8)

En estos versículos encontramos varios aspectos que debemos tener en consideración para que Dios no solo nos tenga como a hijos sino que nos trate como a tales y en nuestra experiencia se confirme que en verdad tenemos esa identidad de hijos.
a) Hacer la voluntad de Dios,
b) Ser guiados por el Espíritu de Dios,
c) Soportar la disciplina del Señor.

Ya hemos mencionado las promesas que Dios nos ha hecho en esta escritura, ahora vamos a estudiar las condiciones que se nos exige en este pasaje para que tales bendiciones nos alcancen. “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”

Las condiciones que Dios establece:

Limpiémonos de toda contaminación

Dios nos ha provisto de diferentes recursos espirituales para que podamos ser limpiados de la contaminación cualquiera que sea su naturaleza y el origen de donde proceda.
Debemos usar los recursos que Dios nos ha dado para quitar la contaminación de la carne y del espíritu.
En primer lugar la biblia nos está indicando que el limpiarnos es una acción que debemos realizar nosotros mismos. Sin embargo esto no quiere decir que lo podamos hacer independientemente de Dios y de su provisión.

¿Qué nos ha provisto Dios para que podamos limpiarnos? ¿Cómo se realiza esta limpieza de forma profunda? ¿Cómo vamos a impedir que seamos contaminados?

Las fuentes de contaminación y corrupción provienen del pecado en nuestra carne, del mundo y de Satanás.
Podemos estar contaminándonos por nuestra carne, por pecados con nuestro cuerpo, o en nuestra alma; por el viejo hombre, cuando somos dominados por nuestro propio yo pecaminoso. También podemos estar contaminándonos en nuestro espíritu, en nuestra alma y corazón por influencias espirituales, por espíritus inmundos y malignos. Es necesario discernir la causa de la contaminación y la corrupción existente en nuestras vidas.

Por la boca, por lo que expresa una persona por sus labios se puede saber como está su corazón y el grado de contaminación que existe en ella.

“Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre.”
(Mateo 15:18-20)

Según las palabras de Jesús la contaminación se hace manifiesta en las personas através de sus labios, la boca es la puerta por donde sale lo que está latente en el corazón de los hombres. Esto no solo es perjudicial para el individuo sino para todos los que le rodean y escuchan, todos los que están a su alcance son influenciados por la corrupción que sale de los labios de alguien.
En la epístola del apóstol Santiago capitulo 3:1-12(leerlo) encontramos una exhortación sobre el uso de la lengua y su poder, así como la del alcance de su influencia.  

¿Cómo se puede controlar la lengua? ¿Qué remedio nos ha dado Dios? La respuesta a estas preguntas las vamos a considerar algo mas adelante.


    -Indice de artículos de Pedro Jurado
    -Indice general de artículos


   Para contactar con Pedro Jurado:
   pjrodriguez328@hotmail.com

© SentirCristiano.com

Quiénes somos      Contacto      Cómo llegar      Preguntas Frecuentes