|
LIMPIEMONOS DE TODA CONTAMINACIÓN (2ª parte)
Ahora vamos a ver en el contexto de la escritura que estamos examinando algunas cosas que ensucian la vida de un cristiano y lo contamina.
En primer lugar, se nos menciona que debemos evitar la contaminación no uniéndonos en yugo desigual con los incrédulos.
“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? 15¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? 16¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” (2ª Corintios 6:14-16)
En la unión intima de un creyente con alguien que no lo es, hay pecado, esto no agrada a Dios, es una desobediencia explicita. Ya en el antiguo testamento Dios había prohibido a su pueblo escogido que los hombres y mujeres que el escogió se unieran en matrimonio con aquellos que no pertenecían al pueblo de Dios. La razón era porque serian influenciados y arrastrados a prácticas pecaminosas, a costumbres y hábitos que Dios no permitía a su pueblo.
Toda prohibición en la biblia es para nuestro bien espiritual, Dios nos quiere evitar de esa manera perdida y sufrimientos innecesarios y daños irreparables.
Esta orden afecta también a la unión o asociación voluntaria en negocios y con asociaciones diversas compuestas por personas no creyentes.
San Pablo nos explica y nos da las razones de porque no debemos mantener esa unión desigual y unión intima con los incrédulos, al mismo tiempo que nos enseña lo que esa relación implica.
La escritura nos da a entender en estos pasajes que en la unión de las personas entran en juego ciertos valores o principios, que en el caso de un creyente con un incrédulo es imposible que concuerden.
La unión significa que hay un “compañerismo” Pero como dice la escritura: ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? El cristiano o creyente ha sido declarado justo por Dios en virtud del sacrificio y la sangre derramada de Jesucristo. Por medio de la fe en la obra de Jesús en la cruz ha sido justificado, limpiado y perdonado de todos sus pecados pasados. La vida justa y santa de Jesucristo está puesta a su favor de manera que ya no será mas juzgado por sus pecados porque Cristo ya fue juzgado y ajusticiado en su lugar. El creyente ha sido rescatado de su vana manera de vivir, y como nos enseña la palabra de Dios es una nueva criatura. La persona incrédula sigue viviendo en sus pecados e impiedad, persiste en su actitud de rebeldía y desobediencia a Dios.
Esa unión implica tener “comunión” Pero como dice la escritura: ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? El cristiano ha sido trasladado de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios. Los incrédulos siguen en la oscuridad y practicando obras ocultas en las tinieblas bajo la potestad del príncipe de este mundo que es el diablo. La vida del cristiano, de aquel que ha sido justificado, es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto. La luz y las tinieblas no pueden permanecer juntas, la oscuridad se aleja de la luz y la luz desplaza a la oscuridad, son elementos totalmente opuestos.
La unión implica “concordia” Conlleva armonía, concierto, sinfonía. Pero: ¿Y qué concordia Cristo con Belial? La palabra Belial significa aquí Satanás, esta palabra viene del hebreo y significa también inútil. Por supuesto que entre Cristo y Satanás no hay ninguna concordia o armonía. Satanás fue antaño un querubín, un ángel de luz que servia a Dios en la alabanza y adoración angelical. Pero un día se rebeló contra Dios queriendo ser igual a él y queriéndole desplazar, entonces comenzó a desentonar con el coro celestial, con los propósitos y voluntad de Dios y se alieno de su creador y se volvió inútil. Pero Cristo era uno con el Padre, sujeto a su voluntad y obediente en todo. Jesús agrado a su Padre en todo; en su encarnación, el no estimó el ser igual a Dios como algo a lo que aferrarse, sino que se humilló hasta lo sumo. El dijo que Satanás no tenia nada que ver con él, no existía ningún punto que los uniera. Jesús dijo de Satanás que era el padre de las mentiras, un engañador, un acusador y embaucador y un ladrón que vino a robar matar y destruir. Pero Cristo vino a deshacer todas las obras del diablo, el vino a sanar y a liberar a todos los oprimidos por el diablo y a dar vida. Cristo vivió en armonía con Dios, siempre consultando todo con él, siempre en obediencia y se convirtió en el instrumento perfecto de Dios para nuestra salvación. Este mismo paralelismo es el existente entre un discípulo de Cristo y alguien que no lo es.
Esa unión implicaría una misma parte, en la herencia, promesas y bendiciones tanto presentes como futuras. Pero: ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? Evidentemente el destino de los creyentes no está unido para nada al de los incrédulos. El pan de Dios, las promesas, los dones espirituales, la vida eterna son para los hijos de Dios, para los que se han arrepentido y han creído en Jesucristo e invocado su nombre. La biblia nos dice que el que cree en el Hijo de Dios tiene vida eterna, pero el que no cree en el Hijo, no verá la vida. Los hijos de Dios son herederos y coherederos juntamente con Cristo de todas las riquezas del reino de Dios. Los incrédulos serán juzgados y sentenciados a una existencia separada de Dios por la eternidad, porque eso es lo que han elegido al no querer creer y obedecer a Dios y a Jesucristo. Los creyentes podemos unirnos al rey David en la declaración del Salmo 16 (Leer todo):
“Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa;
Tú sustentas mi suerte.
Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos,
Y es hermosa la heredad que me ha tocado.” (Salmo 16:1)
Para finalizar la argumentación del apóstol a lo que implica esa unión y por lo que al ser desigual es imposible, el habla de “acuerdo”. “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” Sinónimos de la palabra “acuerdo” son: Pacto, alianza, contrato, compromiso y convenio. El templo de Dios es el creyente nacido de nuevo y en el que Dios ha puesto su naturaleza divina y en el cual el habita, es la iglesia de Jesucristo compuesta universalmente por todos los creyentes. La palabra de Dios indica que cada creyente en si es templo de Dios, pero que además es una piedra viva que forma parte del gran edificio espiritual que es la iglesia, el pueblo y templo de Dios en al tierra.
El ídolo es algo inerte, sin vida, estático, sin espíritu. Como dice la biblia, el ídolo tiene manos, pero no palpa, tiene ojos, pero no ve, tiene boca, pero no habla, tiene pies pero no anda etc.
El que no es un templo de Dios, el que no cree a Dios y lo tiene en su corazón, tiene otros ídolos semejantes a su condición espiritual. El que no está sirviendo al Dios verdadero, está sirviendo a dioses falsos e ídolos inútiles. Dios nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros pecados, él da vida a los muertos porque es el único Dios viviente, los ídolos no tiene nada que ofrecer. Los incrédulos hacen pactos con los ídolos, les hacen promesas, le sacrifican cosas y se consagran a ellos, pero de que sirve todo eso, sino para decepción y desengaño.
El creyente y el incrédulo van en direcciones totalmente opuestas, no hay ningún punto vital que los una. El cristiano a hecho pactos con Dios, cree la palabra de Dios, obedece a Dios, está comprometido con la fe que profesa; el incrédulo rechaza el pacto con Dios y no quiere contar con él, prefiere continuar con el engaño de sus ídolos.
Como hemos observado, existen diferencias vitales, tanto de carácter moral como espiritual, así como de creencias objetivas entre un cristiano y alguien que no lo es. Por lo tanto no hay compatibilidad, no existe nexo de unión entre dos vidas tan diferentes. Si pretendemos hacer caso omiso de estas advertencias, solo será para un daño y perjuicio de la vida espiritual del cristiano en la que su relación con Dios se deteriorará y se perjudicará gravemente.
En segundo lugar nos dice el contexto de este pasaje que debemos salir de en medio de la contaminación del mundo y no tocar lo inmundo.
“Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo;” (2ª Corintios 6:17)
Debemos entender que esto no significa que no tengamos ninguna relación con el mundo o las personas que viven en él, pues estamos en el mundo. Pero si debemos aborrecer lo que Dios aborrece, y no debemos amar ni al mundo, ni las cosas que hay en el.
“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1ª Juan 2:15-17)
En la oración que Jesús hizo por sus discipulos dijo: “Padre no te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del mal”
El Señor, durante su estancia en la tierra no vivió apartado de la gente, el no se mantuvo al margen, sino que convivió entre las personas; el se acercó a los pobres, a las prostitutas, a los ladrones cobradores de impuestos, a los leprosos y a todos los desechos de la sociedad. Sin embargo Cristo no fue contaminado por ese acercamiento, nadie pudo acusarle jamás de algún pecado que se veía en aquellos a los cuales el quiso ayudar.
En los versículos que cito a continuación de la carta a los romanos podemos observar cuatro aspectos que son la clave para mantenernos en el mundo de forma que agrademos a Dios, en una vida de santidad y limpieza.
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:1,2)
- Consagración, una entrega absoluta de nuestros cuerpos y almas a Dios.
- No conformarnos al siglo en que vivimos, no adaptarnos a el. No debemos identificarnos con los hábitos, costumbres y formas pecaminosas del mundo.
- Ser transformados profundamente por medio de una renovación de nuestras mentes. Nuestras perspectivas, nuestros pensamientos y nuestra imaginación deben ser cambiadas por la revelación de la palabra de Dios y mediante el Espíritu Santo.
- Por el conocimiento y la comprobación experimental y práctica de la voluntad de Dios en nuestras vidas nos guardamos de contaminarnos con el mundo.
La contaminación de la carne
“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Galatas 5:19-21)
Según esta escritura la contaminación en la vida de una persona se evidencia por las obras que realiza, por su conducta y por como se relaciona con otros. Lo que hay dentro de cada corazón, sea bueno o sea malo se manifestará en cualquier momento. Ya sea por las palabras, ya sea por ciertas acciones, o bien por como interactuamos con otros se revelará de alguna forma el estado de nuestras almas.
“Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él.” (Proverbios 23:7)
En esta corta frase del sabio Salomón se nos enseña la estrecha relación, la conexión vital que existe entre lo que pensamos (lo cual incluye nuestras creencias) y lo que somos. Esto es muy interesante considerarlo aunque sea brevemente, somos lo que pensamos y pensamos conforme a lo que somos.
“El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.” (Mateo 12:35)
“Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20)
Los hombres son pecadores por naturaleza, de nacimiento, es una herencia genética espiritual que hemos recibido de nuestros primeros padres Adán y Eva y que nos a sido transmitida de generación en generación. No hay nadie que sea un buen árbol, ni que produzca buenos frutos; por la sabia de los hombres, es decir por su mente, por sus emociones, en su predisposición, corre una fuente de vida maligna. En lo más profundo de la medula y personalidad humana está el pecado.
¿Entonces que remedio tenemos y como puede cambiarse esa tendencia hacia lo malo?
La única solución nos la ha dado Dios por medio de Jesucristo. El Dios que se hizo hombre, que murió en una cruz y resucito de los muertos nos da la respuesta que soluciona nuestra humanamente imposible y precaria situación.
“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.” (1ª Juan 3:4-6)
Jesús vino a la tierra para quitar nuestros pecados, para limpiarnos, perdonarnos y liberarnos de todo mal. La biblia nos dice que Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Pero Jesús no solo perdona nuestros pecados, sino que nos da una nueva naturaleza que contiene su vida divina. Dios nos hace participar de su naturaleza pura, santa, limpia de pecado, por medio de un nuevo nacer espiritual. Esto es un milagro de Dios hecho real para todos aquellos que creen en Jesucristo y han lavado sus pecados en su sangre derramada.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12,13)
Los hombres son como olivos silvestres, árboles con frutos amargos e incomibles, cuando creemos en Cristo somos injertados en él, de tal manera que a partir de entonces la sabia, la vida de Jesús fluye por nuestro ser dando frutos buenos. Eso es un principio de la naturaleza y que funciona en el cultivo de árboles frutales y es también un principio que Dios ha establecido en la vida espiritual.
Hay otro remedio que Dios ha provisto para acabar con la contaminación de la carne en la vida de los cristianos que trataremos cuando hablemos de los diferentes recursos a nuestra disposición.
-Indice de artículos de Pedro Jurado
-Indice general de artículos
Para contactar con Pedro Jurado:
pjrodriguez328@hotmail.com
© SentirCristiano.com
|