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NO ES ESTE EL LUGAR DE DESCANSO (II Parte)
“Un lugar contaminado, corrompido grandemente”
“¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en sus manos el poder!
Codician las heredades, y las roban; y casas y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad.” (Miqueas 2:1-2)
“A las mujeres de mi pueblo echasteis fuera de las casas que eran su delicia; a sus niños quitasteis mi perpetua alabanza.” (Miqueas 2:9)
En estos versículos vemos reflejada la condición precaria e injusta a la que estaba expuesto el pueblo de Dios. Imperaba la ley de los más fuertes. Los que ocupaban posiciones de liderazgo y autoridad abusaban desde su superioridad. Ellos tenían el poder para ejecutar los planes que ideaban. Extorsionaban, oprimían y robaban al pueblo escogido. La codicia era su apetito insaciable, y profundo como un abismo.
Las injusticias que Dios aborrecía y que eran habituales en otras naciones, ahora estaban sucediendo en Israel. El señorío y el abuso de los poderosos. El poder de hacer con los pobres y los subordinados lo que les viniese en ganas, desde desposeerlos hasta matarlos. Todo ideado y llevado a cabo en un proceso minucioso y maquiavélico.
“El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir, yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia.”
El príncipe de este mundo que, según la Biblia es el diablo, no cesa en su intento por desposeer a la iglesia de Cristo de la herencia que le pertenece, impidiendo que los hijos de Dios conozcan los derechos adquiridos por la obra consumada de Cristo. La bastedad y plenitud de la riqueza espiritual a la cual tenemos acceso por fe. O bien, devaluando la superioridad de la vida cristiana, como vida divina y victoriosa. Vida que es posible vivir aquí y ahora, pese al entorno que nos rodea, y al materialismo imperante. El enemigo puede usar diferentes argucias y estrategias para mantener al creyente donde le interesa a él. No ignoremos sus maquinaciones. Ni permitamos que nos engañe, pues somos hijos de luz y debemos saber por donde andamos.
“Un lugar que está contaminado y corrompido grandemente”. Esta frase hace referencia a un lugar determinado pero también a un estado o condición moral y espiritual que se puede estar dando.
En primer lugar se refiere al mundo tal y como lo conocemos. Al mundo físico y material. Nuestra propia existencia en este planeta, llamado Tierra. La naturaleza ha sido contaminada y afectada toda ella por el pecado de los hombres.
Desde la flora y pasando por todo animal terrestre y marítimo; las entrañas de la tierra; la atmósfera; el clima... Toda la creación gime con dolores de parto, dice la Escritura; ese gemir se oye amplificado por muchos decibelios en nuestro siglo XXI.
Según la comunidad científica en el siglo XX, el reloj de vida y existencia de la tierra marcaba las doce menos cinco. Los últimos estudios han demostrado que debido a la contaminación atmosférica, al efecto invernadero y el deshielo de los glaciares, el reloj biológico se ha adelantado dos minutos.
Llegará el día en que Dios liberará a la tierra y a los cielos de su sufrimiento. El día en que sean juzgados todos los hombres impíos recibiendo su merecido castigo.
“Pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos….en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2ª Pedro 3:7,10)
Los que creemos a Dios estamos como extranjeros y peregrinos en esta tierra. Sabemos que no residiremos permanentemente encerrados en el medio físico, limitados por nuestra carne y humana naturaleza. Esperamos un lugar mejor, aguardamos cielos nuevos y tierra nueva donde reinará la justicia, y donde nada corrompido ni contaminado puede entrar. Un cielo y una tierra que tendrá su ciudad, la nueva Jerusalén y que será habitada por los hijos de Dios, aquellos que han recibido la vida divina y que han sido revestidos de Jesucristo.
“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.
Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria;
Pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver.
Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad.” (Hebreos11:13-16)
En segundo termino, la frase sobre la que estamos meditando hace alusión al estado deplorable en que se encuentra la humanidad. La Biblia nos expresa que el mundo se ha constituido en enemigo de Dios. Los hombres se han declarado abiertamente en rebelión contra su creador.
“Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.” (Romanos 3:10-18)
En todas las cosas que vemos a nuestro alrededor, en este mundo, podemos advertir reflejado el carácter corrompido y depravado de los hombres.
En todas las esferas y ámbitos de la vida: como en la política, la economía, el arte, la religión, la educación, la familia, el deporte, la diversión, la ciencia, se manifiesta lo que hay dentro del corazón. Contaminándolo todo y pervirtiéndolo.
El mundo que nos rodea, con sus malos hábitos y costumbres, el ansia por el consumo, la ambición de poder, el triunfalismo, el anhelo de éxito y de obtener riqueza. Todo eso surge del engañoso corazón humano, es el resultado, el producto de la naturaleza caída del hombre.
La Biblia nos manda: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2)
No debemos adaptarnos a las formas y rutinas del mundo de nuestro tiempo, sino permitir que el Espíritu Santo nos transforme y renueve dándonos una mente espiritual, capaz de discernir los propósitos de Dios. Esto es mucho más valioso que todos los tesoros del mundo juntos, cuando podemos ver las riquezas espirituales, los tesoros celestiales, la vida abundante que Dios nos quiere dar y hacerlo nuestro.
En tercera instancia la expresión que estamos analizando hace referencia a un estado en que la persona es dominada por el pecado y que aún no se ha arrepentido. No ha habido un cambio profundo y genuino, todavía está subyugada por sus malos hábitos y practicas pecaminosas. El pecado está aún reinando y controlándole en diferentes áreas de su vida. Ese es un estado muy peligroso para estar tranquilo, es el descanso de los necios. El pecado es la gran puerta que conduce al infierno, a la separación eterna de Dios.
Las escrituras dicen: “No hay paz para el impío”
Muchos no experimentan la liberación de la culpa y el perdón de sus pecados por dos razones: primera porque no sienten profundamente el dolor y la gravedad de sus pecados, no están convencidos de su maldad y de lo terrible que es.
Se arrepienten, o mejor dicho sienten remordimiento porque tienen una sensación de malestar, no porque tengan conciencia de su pecado, y piensen que han ofendido gravemente a Dios. Seguramente porque no han comprendido y creído en el valor de la sangre de Jesucristo. No han entendido que la sangre derramada por Jesús en la tierra llegó hasta los cielos y satisfizo completamente a Dios. La sangre de Cristo limpia nuestras conciencias de todas las obras muertas. Cuando por el Espíritu Santo la preciosa sangre se nos es aplicada somos hecho perfectos a los ojos de Dios. De los tales dice la palabra:
“Bienaventurado aquel cuya trasgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa e iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.” (Salmo 32:1-2)
En cuarto lugar, la oración en estudio, señala hacia la presencia y control del viejo hombre, la influencia persistente del yo o hombre natural. En muchos creyentes, el viejo hombre es el que lleva la voz cantante, aún no están bajo el señorío de Cristo. Cuando esto es así, se puede entender, según nos enseña las Escrituras, que el creyente es carnal. Él vive en el ámbito de su voluntad, pensamientos y deseos, todavía se apoya en sus propias fuerzas y habilidad para vivir la vida cristiana. Y está descubriendo, que vivir dependiendo de si mismo lo lleva a una existencia muy miserable, muy inestable, una vida de derrota en lo espiritual.
Esta situación puede alargarse durante años y años en los creyentes, tanto en los individuos, como en la iglesia en su conjunto, e incluso entre los ministros y obreros. Muchos no se han limpiado de la vieja levadura, ella sigue estando presente, contaminando todo lo que es del Señor.
Debemos hacer desaparecer todo vestigio de levadura en nuestras vidas y en la iglesia del Señor, pues Dios no acepta nada que esté leudado. Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24)
Cuando Cristo fue crucificado, también lo fuimos nosotros juntamente con él, su muerte y sepultura fue también la nuestra. Hemos sido total y completamente incluidos en la obra de Jesucristo como un hecho concluyente y consumado. Lo que le ocurrió al Señor también nos sucedió a nosotros, porque por la voluntad de Dios así fue dispuesto. Y ahora podemos declarar con certeza junto al apóstol Pablo:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Galatas 2:20)
“Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” (Romanos 6:5,6)
P.Jurado Rodriguez.
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