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PROCLAMANDO  EL  EVANGELIO (3ª parte)

Dios nos ha conferido un mensaje relevante.

Lo relevante del mensaje no debería ser determinado o juzgado por la exigencia de la gente. Unos querrán escuchar una cosa y otros buscarán oír otra. Los gustos son tan diferentes como personas hay en el mundo.

El hombre es incapaz de diagnosticar su propio mal espiritual, es Dios quien conoce el corazón humano y su profunda necesidad. Mediante el evangelio eterno Dios ha revelado su plan para la salvación del mundo. Por medio de la obra de Jesucristo en su vida, muerte y resurrección Dios nos ha provisto de todo lo necesario para nuestra salvación y perfección  cristiana.

San Pablo decía en uno de los pasajes que hemos mencionado anteriormente, que unos piden señales y otros buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para unos tropiezo y para otros locura.
El mensaje del evangelio es significativo en cuanto a su propósito de salvación, porque establece claramente las condiciones y medios por los cuales podemos entrar al reino de Dios y ser restaurados en nuestra relación con Dios.

Dios nos ha delegado un mensaje actual.

La actualidad del evangelio es la misma que cuando fue predicado por Jesucristo y sus apóstoles hace veinte siglos.
Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” (Mateo 24:35)
La verdad de Jesucristo es lo que todos los hombres necesitan oír, la palabra viva y eficaz.

El mensaje del evangelio del reino no ha caducado, pues nos habla de aquel que es el mismo ayer, hoy y por todos los siglos.
Tenemos, como decía el apóstol Pedro la palabra profética más segura, a la cual haríamos bien en estar atentos.
La palabra de Dios hace un diagnostico real de la situación en que se encuentra todo ser humano, no importar su cultura, posición social, o lo sofisticada que puedan ser las sociedades en la que se encuentren.

La condición de los hombres y mujeres de nuestra generación con respecto a Dios, en su situación moral y en relación con otros es la misma en su esencia. Ha habido avances tecnológicos, grandes descubrimientos científicos, mejoras en la calidad de vida, pero todo esto no ha ayudado a nadie a ser más justo, honesto, ni a amar y respetar a su prójimo, y por supuesto muchísimo menos a amar a Dios.
En la carta del apóstol San Pablo a los romanos tenemos una descripción  de la situación de los hombres con relación a Dios, sus semejantes, y sus avances en inventos. (Romanos 1:18-32)

Dios nos ha encomendado un  mensaje directo y claro.

Jesús predicó un mensaje de arrepentimiento desde el comienzo hasta el final de su ministerio en la tierra.

“Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.” (Mateo 4:17)

También enseño sobre la necesidad de creer o tener fe en él, como condición para ser salvos.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Juan 3:16-18)

El mensaje del evangelio apunta directamente a la raíz del problema del hombre con Dios, a lo que lo separa del reino de Dios, es decir, su pecado. El pecado está incrustado hasta la medula, es como una infección que lo ha contaminado todo.

“Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.” (Isaías 1:5,6)

Cuando el mensaje que se predique sea directo y claro producirá resultados sorprendentes. En hechos de los apóstoles encontramos el primer mensaje de Pedro, un mensaje que apuntaba al corazón de los oyentes. Leamos las últimas palabras de este sermón:

Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hechos 2:36-39)

Dios nos ha confiado un mensaje comprensible.

Estoy plenamente convencido de que si echamos mano de los recursos provistos por Dios, el evangelio será comprendido y aceptado por muchos que aun no lo conocen.

En este punto es necesario mencionar que la comprensión de la verdad está estrechamente relacionada con la fe. Si la fe nace en el corazón de los que oyen el mensaje, entonces la luz de Dios los alumbrará.

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Romanos 10:17)

Algo que deberíamos tener en cuenta y de lo que nos avisa la palabra de Dios es que el diablo ha cegado la mente de los hombres.

“Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.” (2ª Corintios 4:3,4)

Los medios que Dios nos ha provisto son los adecuados, son eficaces, son poderosos, y son los únicos capaces con los cuales podemos llevar a cabo la gran comisión y librar a los hombres de su ceguera espiritual.

“Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.” (Hechos 26:16-18)

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P.Jurado Rodriguez.
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